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La participación es, posiblemente, uno de los elementos más fundamentales para el funcionamiento de una sociedad, pero también uno que no se consigue tan fácilmente de los otros. ¿O sí? Pablo Doberti nos expone su opinión desde la perspectiva de los educadores.

comunidad

El problema no es del que participa, sino del que provoca la participación. El problema es nuestro, quiero decir; de los educadores.

Primer giro clave para hacer de la agenda de la participación una agenda educativa, y no moral; propia, y no ajena. El arte de hacer participar. Que no es el arte de permitir la participación (porque ése no es ni arte ni logro).

La participación que nos ocupa es la del disenso y la propuesta; no la otra. La participación que nos importa solo aparece cuando se la fuerza; cuando hay habilidades magisteriales para forzarla.

Hablar para callar o hablar para poner a hablar. ¡He aquí el dilema! Escribir para silenciar o escribir para poner a escribir.

Sé que para que quien lee, escriba, debo molestarlo. Es decir, moverlo de su lugar. Desestabilizarlo. Si no, no pasará nada, como siempre. Nos movemos si nos han movido. Y solo fuera de su vertical, uno realmente es quien es.

Pensemos en nuestros alumnos… Cuando yo, maestro, logre que en el aula esté en juego su estabilidad y su confort, entonces su carácter responderá con su resto. Solo así tendremos nuevos alumnos. Habremos puesto rumbo al cambio que anhelamos…

Ese maestro del que hablo nunca quiere tener razón, aunque la tenga. Lo que quiere es tener participación. Esa es su unidad primera de éxito. Y para tener participación lo primero que debo deponer es el monopolio de la razón.

Ahora, el problema de molestar es que molesta. Y el problema de que yo moleste es que generará en los otros molestias. Y el problema de la molestia es que rompe las zonas de confort, abre nuevas agendas, pone en crisis, apura, tensa, enrarece, compromete, saca pasiones y apasiona… y a ver cómo acabamos luego.

Vamos a hacer una extrapolación a una anécdota familiar suficientemente reiterada. La familia decide comprar un perro. O peor, un amigo de la familia acaba de regalarnos un irresistible cachorro... ¡Hermoso!, pero no querido. ¡Se armó el lío! Goces, angustias y molestias por doquier cubren la atmósfera otrora apacible del hogar familiar. Claro, el perro es perro, y es cachorro (porque tienen la mala costumbre de empezar siendo cachorro), y rompe los cojines, ensucia las alfombras, gime de noche, rasca las puertas, devora calcetines… Ya saben.

La casa ha perdido su homeostasis; la familia está compelida a una nueva configuración. Todos opinan. Todos se sienten con derechos. Nadie es responsable y todos buscan culpas. Nadie se calla. Tal vez todos gritan… Y el cachorro es hermoso. Y no sabe lo que generó. El perro nos ha molestado.

Se ha puesto en marcha un ambiente de aprendizaje en la casa. Eso es una familia, y no la de antes. Ahora todos interactúan, porque el problema es de todos e incide en todos. Es un problema de todos y para todos.

Los revulsivos (el perrito) son los elementos que un nuevo modelo educativo debe introducir. Debemos regalarle cachorros (de perros, monos y más) a las escuelas, para que se líen, nos liemos y a ver cómo le hacemos. ¿Aceptan? Vamos a fisurar los muros pulidos de las prácticas anquilosadas y ponernos a trabajar juntos para administrar la nueva casa. Una casa con problemas, es decir, una casa viva.

¡No es fácil! Todos tendemos a esa actitud refleja que llamamos aquiescencia. Debemos trabajar mucho, poner a rodar revulsivos internos a diario, para que entonces sí seamos creadores de revulsivos eficientes, de buen calado. Por eso también en las oficinas y en nuestras juntas desde ahora soltamos cachorros por todas partes, ¡y a correr! Estamos todos metidos en este lío hermoso que es cambiar nuestras prácticas.

El proceso será intenso, y de intensidad creciente. Habrá de todo en el camino. Habrá que ver y sostener. Habrá que creer.

Empecemos, ¿no? ¿Tú (ocupes el rol que ocupes en la escuela) suscribes este “contrato”? ¿Te lanzas a esta aventura?

… Decir para poner a decir; escribir para poner a escribir. Estamos ante un nuevo arte. Arte del artista, cómo no, pero también –y tal vez esencialmente- arte docente, de educador. Este es el saber moderno esencial del maestro del XXI. Saber que no es saber de algo; es un saber hacer, que es el saber que más nos importa hoy.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

La pereza como motor oculto de la creatividad: Kafka y William James la recomiendan

Por: pijamasurf - 04/30/2013

El mito de la productividad puede desecharse o verse desde otra perspectiva cuando consideramos los hábitos perezosos de Kafka, Wilde y Wiliam James.

kafka

Es mentira que las grandes mentes hayan sido un dechado de productividad: muchos y muchas se percibían a sí mismos como francamente flojos. Edgar A. Poe dijo una vez "Soy excesivamente perezoso e increíblemente industrioso—por turnos." La procrastinación es un pecado de nuestros días porque se contrapone a la idea de que el tiempo es dinero, y que por ende perder tiempo es perder dinero; un hábito culposo y sumamente disfrutable en el que grandes nombres de la literatura no dejaron de incurrir.

En 1908, Franz Kafka obtuvo un puesto en una dependencia de seguros en Praga, donde trabajaba de 8 o 9 de la mañana hasta las 2 o 3 de la tarde. Esto representó una mejora en cuanto a su trabajo anterior, el cual requería de largas jornadas e incluso de tiempos extra. ¿Cómo usaba el autor de La metamorfosis este tiempo de sobra? Al salir del trabajo, almorzaba, a lo que seguía una siesta de cuatro horas; luego, unos 10 minutos de ejercicio; una caminata; cena con su familia; finalmente, alrededor de las 10:30 u 11:30 de la noche, algunas horas de escritura, mucho del cual pasaba escribiendo lo que ha sido llamado la escritura del yo, a través de su diario o en cartas.

En las cartas uno puede leer cómo Kafka se quejaba de que su trabajo le quitaba tiempo, pero según la estudiosa Louis Begley, esto era sólo un pretexto: "Es raro que los escritores de ficción se sienten detrás de sus escritorios a escribir más de unas pocas horas al día. Si Kafka hubiera utilizado este tiempo eficientemente, el horario de trabajo en la oficina le hubiera dado suficiente tiempo para escribir. Como él mismo reconoce, la verdad es que perdía el tiempo."

Pero no se trata de un incidente aislado: el filósofo William James fue otro gran procrastinador. James dijo en una de sus clases: "Conozco una persona que jugará con el fuego, acomodará las sillas, recogerá las motas de polvo del suelo, arreglará su escritorio, echará un vistazo al periódico, tomará cualquier libro que vea, se picará las uñas, que perderá toda su mañana, de cualquier forma, y sin ninguna premeditación, simplemente porque la única cosa que tiene que hacer es preparar una clase vespertina de lógica formal, la cual detesta."

La procrastinación puede no ser del todo mala. Como decía el gran Oscar Wilde, "No hacer nada es una de la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual." Después de todo, estrictamente "hacer nada" es francamente imposible. Contemplar puede ser un trabajo de tiempo completo para una persona sensible. Además, trabajar bajo presión puede ser una gran fuente de energía. Edward Abbey expresó en una carta a su editor: "Odio los compromisos, las obligaciones y trabajar bajo presión. Pero por otro lado, me gusta que me paguen por adelantado y sólo trabajo bajo presión."

Tal vez el secreto sea ser disciplinadamente indisciplinados, es decir, dedicar una medida precisa de tiempo a actividades no relacionadas con el trabajo creativo o la franca dispersión --pero detenernos en el momento en que sabemos que hay que trabajar u ocuparnos de algo importante. La procrastinación y la productividad no tendrían por qué estar peleadas si nos conocemos a nosotros mismos y somos conscientes de nuestros propios procesos.

[Slate]