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Telégrafo hecho de caracoles telepáticos rebasa la imaginación y la velocidad de la luz

Por: pijamasurf - 03/29/2013

La historia de las telecomunicaciones tuvo en sus inicios algunas ideas descabelladas que, sin embargo, guardan profunda relación con nuestro entendimiento cotidiano del amor y la sincronía.

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Una de las más curiosas invenciones realizadas durante la Revolución Industrial fue obra de un inventor llamado Jaques Benoit, el cuál creyó posible (y sus inversionistas también) la realización de un telégrafo hecho de caracoles.

Benoit era un fanático del ocultismo, en una época en la historia (mediados del siglo XIX) donde la ciencia y la magia volvían a estar muy vivas, y en ocasiones muy cercanas una de la otra: los viajes de exploración sembraban las dudas en las mentalidades ilustradas acerca de fenómenos como las hadas, los vampiros y el redescubrimiento del exotismo oriental. 

La lógica del extraño telégrafo de Benoit consistía en lo siguiente: para él, los caracoles eran seres sumamente fieles, por lo que si dos de ellos se apareaban, siempre estarían unidos por un "hilo invisible", de manera telepática. En el siglo XX, la física cuántica descubriría que dos partículas que han estado en contacto y luego se separan efectivamente mantienen una especie de unión invisible, donde lo que le ocurre a una de ellas afecta a la otra, aunque esté a una enorme distancia de la primera. No sólo de manera instantánea, sino incluso más rápido que la luz.

Benoit pensó que si juntabas 24 caracoles y los apareabas, lo siguiente era dividirlos y llevar lejos la mitad, incluso al otro extremo de la Tierra. Si picabas a uno de los caracoles, su pareja, al otro lado del planeta, recibiría los impulsos y le permitiría a alguien que supiera interpretar esas señales transcribir un mensaje. Esta idea recibió el nombre de brújula pasilalínica-simpática de caracoles, o más comercialmente, telégrafo de caracoles.

A pesar de lo extraño de la idea y la originalidad de la aplicación, la aparición de los "telégrafos de carne" estuvo en el mindscape desde el siglo XVI. Incluso hoy, el vox populi piensa que si alguien que quieres habla de ti estornudarás tres veces. En el nudo de la superstición y la locura se encuentra también el concepto de "miembros fantasmas", las sensaciones físicas que experimenta una persona a la que se la removido del cuerpo una extremidad, pero que le pica o le duele como si esta aún estuviera en su lugar. En términos míticos, los telégrafos caracoles pueden recordarnos a la "media naranja", esa completud dividida al inicio de la vida la cual buscamos reconstruir, y que da lugar a la creencia en la telepatía (el "dolor lejano", la comunicación inmediata y trascendente) y a la serendipia, la correspondencia de los que se buscan sin saberlo.

Por desgracia el telégrafo de caracoles de Jacques Benoit no prosperó comercialmente. El locuaz inventor desapareció cuando uno de sus críticos solicitó pruebas rigurosas de su parte. Pero tal vez haya sido lo mejor: la historia de las telecomunicaciones habría sido completamente distinta si en lugar de teléfonos inteligentes lleváramos a todas partes pequeñas jaulas con caracoles.

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Constancia facial del fantaseo diurno: emotiva serie fotográfica de personas soñando despiertas (FOTOS)

Por: pijamasurf - 03/29/2013

Distracción quiere decir: atracción por el reverso de este mundo

Octavio Paz, El arco y la lira

En inglés existe un verbo, “daydream”, que no tiene un equivalente exacto en español. Al menos no si quisiera conservarse esa unidad en la que se funden dos palabras para significar una cosa: el acto de “soñar despierto”, el fantaseo diurno que en un momento de distracción nos lleva por gracia de la imaginación a una realidad distinta a esa en la que nos encontramos.

Y si bien, como en todo sueño, la pesadilla es una posibilidad siempre latente, lo cierto es que el “daydream” se caracteriza con más frecuencia por la ensoñación placentera, el montaje o el recuerdo de escenarios complacientes y gozosos y de situaciones que mucho tienen de felicidad y de alegría.

Tomando esta acción simple y al mismo tiempo sumamente compleja, cotidiana pero con cierto elemento milagroso, la fotógrafa Alexandra Sandu puso en marcha el proyecto Daydreamers, una serie de retratos que fija en una imagen la evidencia gestual de los sueños soñados en consciencia plena.

La instrucción de Sandu a sus modelos es sencilla: solo cierra los ojos y piensa en algo bonito. Liberada así la imaginación, el resto es obra de la fotógrafa, la encargada de fijar ese instante en que por la sonrisa dibujada, por la expresión de los ojos que no vemos, por la serenidad del rostro, sabemos que esa mente ha dejado este mundo para adentrarse en uno mejor ―del que acaso, como si se tratase de alguno de esos ríos de mitologías remotas, salga purificada y renovada.

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Imágenes vía PetaPixel