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Las reglas favorecen la supervivencia de un grupo social pero también aletargan, entre sus individuos, el acto de pensar.

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Para muchos de nosotros el acto de 'seguir' reglas a lo largo de la vida ha sido algo poco viable. Más allá de promover la "anarquía", no siempre es fácil respetar limitaciones que, en muchos casos, parecen haber sido inauguradas arbitrariamente y firmadas por misteriosos desconocidos. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, lo cierto es que la existencia de una cierta reglamentación –quizá traducida como una serie de acuerdos–, parece algo necesario para el funcionamiento colectivo.

Por momentos esa abstracción que llamamos ‘las reglas’ emerge como un incómodo capricho de una autoridad distante, pero simultáneamente sería difícil imaginar un escenario social carente de ellas –incluso si apuntamos al utópico ejercicio de una sociedad regida por principios y no por reglas–. En este sentido Albert Camus advertía que “la integridad no requiere de normas”, mientras que Einstein aseguraba que para trascender es fundamental “aprender y seguir las reglas del juego”.

Recién leía un artículo de Piero Scaruffi, publicado en el Institute for Ethics and Emergent Technologies, donde se reflexiona alrededor de la ambivalente naturaleza de las reglas. El científico italiano enfatiza en la relación de una normatividad con la supervivencia: las reglas favorecen la conservación de la vida. Por otro lado, advierte que su existencia puede mermar la capacidad de pensar en los individuos que se someten a ellas.

En cuanto a lo primero, debemos aludir a la histórica lucha del ser humano por controlar el caos natural, el cual básicamente se refiere a sucesos inesperados que generan consecuencias imprevistas. Al reglamentar su entorno, los seres humanos nutrimos nuestra capacidad de predecir y por lo tanto de eliminar eventuales amenazas. Curiosamente una buena porción de ese caos al que nos enfrentamos surge de la propia interacción entre personas –y por lo tanto tendemos a acotarla mediante normas. Y en pocas palabras, a través de las reglas, buscamos, además de la supervivencia, estabilidad, seguridad y eficiencia (tres de los grandes pilares culturales).

Ahora procedamos al otro lado de la moneda, es decir las anti-mieles de vivir sujetos a un entorno reglamentado. Las normas limitan, o mejor dicho aletargan, diversas cualidades del ser humano. Entre más reglas existan menos tendremos que usar nuestro cerebro para reflexionar, hallar espontáneamente soluciones, o cuestionar realidades heredadas –de hecho en sociedades radicalmente reglamentadas el pensar se torna, incluso, en una amenaza contra la estabilidad reinante. Además, se corre el riesgo de caer en patrones conductuales automatizados, lo cual diluye la posibilidad de honrar nuestra propia existencia.

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Scaruffi nos recuerda que a fin de cuentas las reglas son imaginadas a través del pensamiento, pero paradójicamente una vez que son activadas, reemplazan fragmentos del acto de pensar (por ejemplo, emplear el sentido común, o sopesar situaciones de acuerdo a nuestro código de principios o ética personal). Y en este sentido el reglamentar constituye una especie de acto suicida adoptado por el propio pensamiento humano.

Más allá de entrar en un abstracto recorrido en torno a las bondades y los perjuicios de las reglas, parece que lo más apropiado es, de entrada, reconocer esta naturaleza dual de las reglas. Por otro lado, es importante remarcar que, si bien llegar a acuerdos resulta prácticamente imprescindible para el funcionamiento de un grupo social, también es vital cuestionarlas, desde un afán evolutivo, no solo para evitar absolutizar las virtuales verdades que soportan dichas reglas, también para afinarlas.

Muchas reglas ostentan un sentido práctico hasta el momento en que alguien logra acuñar una regla ‘mejor’. Pero si nadie hubiese cuestionado esta limitante en un principio, entonces la posibilidad de pulirla jamás habría existido. Y supongo que de acuerdo a las reflexiones anteriores, podríamos concluir que es importante adaptarnos a las reglas, con ganas de respetar acuerdos colectivos presuntamente establecidos para procurar el bienestar colectivo, pero a la vez mantener siempre una postura crítica ante ellas, conscientes de que no todas están en sintonía con ese fin, y que en todo caso sin duda serán perfectibles: los tontos obedecen las reglas, mientras que los sabios las utilizan como una útil referencia. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar 

 

Lo que nos dice el adulterio sobre nuestra evolución social

Por: pijamasurf - 03/24/2013

La formación de alianzas para la sobrevivencia depende de la confianza entre los individuos de una misma tribu. La prohibición del adulterio tendría, pues, bases evolutivas y no sólamente éticas.

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¿Podría la prohibición del adulterio entre miembros del mismo clan ser una fase de nuestra evolución social? Al menos eso parece sugerir una investigación sobre mecanismos hormonales, regulación de la agresión y formación de alianzas publicado en la revista Human Nature, el cual afirma que los niveles de testosterona se reducen cuando un hombre interactúa con la pareja sentimental de un amigo cercano, previniendo que este realice avances sexuales sobre ella.

El estereotipo masculino afirma que los hombres siempre están tratando de competir entre ellos para alcanzar el rango de "macho alfa", pero olvidamos que para que exista uno de tales líderes de la manada primero necesita una manada. Es decir, la oportunidad de tener relaciones sexuales se subordinaría, en el caso de las parejas de los amigos, a la importancia de mantener la cohesión del grupo.

Mark Flinn, profesor de antropología del College of Arts and Science afirma que "los niveles de testosterona generalmente aumentan cuando ellos interactúan con potenciales parejas sexuales, o con parejas de enemigos. Sin embargo, nuestros descubrimientos sugieren que la mente de los hombres ha evolucionado para fomentar situaciones donde los vínculos estables de los amigos sean respetados."

Esto no es sólo una curiosidad en el oscuro mundo del deseo y las relaciones interpersonales: también nos permite comprender cómo funcionan los mecanismos de cooperación humana, desde los vecindarios hasta las ciudades, o como dice Flinn, a entender "cómo formamos alianzas. [...] El mismo mecanismo fisiológico que permite que las familias coexistan en las villas y cooperen entre sí permite que [organizaciones como] la OTAN o la ONU coordinen esfuerzos para resolver problemas comunes."

Las comunidades de hombres que no confiaran unos en otros eventualmente serían más vulnerables a ataques y procesos de conquista. El costo de no tener aliados en la historia humana ha quedado inscrito en la narrativa de los pueblos, como las consecuencias del adulterio de la reina de Guinevere: cuando el más leal de los caballeros de la Mesa Redonda, Sir Lancelot, traicionara al rey Arturo seduciendo a su esposa, esa falta de confianza fue suficiente para que eventualmente Camelot colapsara. Y es que si no puedes confiar en que tus amigos no tratarán de seducir a tu pareja, ¿en quién podrías confiar?

[Science Daily]