*

X

Raro arcoiris de fuego captado en París (FOTOS)

Por: pijamasurf - 03/28/2013

Arcos circumhorizontales, o arcoiris de fuego, fueron observados en París en un bello regalo para el pasado Día de San Patricio.

 

paris-rainbow-2

Este pasado 17 de marzo una inusual combinación entre la elevación del sol y el tipo de nube hizo que se formara una banda iridiscente en el cielo de París y el fotógrafo amateur Bertrand Kulik logró captar estos poéticos instantes que evocan a una abstracta ave fénix diluida en color. 

Este fenómeno conocido como arcoiris de fuego --en realidad el término arcoiris es impreciso para el fenómeno, también llamado arcos circumhorizontales--  no es del todo raro, pero no suele ocurrir en países europeos donde el sol generalmente no tiene la elevación necesaria para  crear este efecto de halo. El fenómeno depende de la latitud, como las auroras, las cuales por momentos parecen evocar, pero en latitudes menos cercanas a los polos --y evidentemente sin ser causados por tormentas magnéticas.

Los arcoiris de fuego casi siempre se encuentran en las nubes cirrus (caracterizadas por componerse de bandas delgadas y finas): el sol pasa a través de los cristales de hielo de estas —que se forma por la altitud a la que se encuentran— e ilumina la tierra con un pedazo aislado de arcoiris. El sol tiene que que tener una altitud suficiente para permitir que se observen. 

La localización perfecta para verlos es cerca del meridiano central con el sol a un ángulo de sesenta y siete grados sobre el horizonte. 

paris-rainbow

 

¿Qué tan fácil es escribir sobre sexo?

Por: pijamasurf - 03/28/2013

La pretendida apertura en torno al sexo, que ahora se encuentra por todos lados, no parece sin embargo facilitar su narrativa, su conversión metafórica en ese significado que trasciende la realidad para convertirse en literatura.

le

Actualmente el sexo puede parecer una de las narrativas más comunes en esa madeja un tanto caótica pero de lógica propia que es el flujo público de contenidos. Al sexo se le encuentra en la televisión y a veces también en el periódico matutino, en el cine, en Internet y en el bestseller del momento.

En cierta forma, esto no ha sido siempre así. En épocas anteriores, como sabemos, el sexo pasaba por un proceso retórico de ocultamiento y disimulo, era algo que se nombraba pero solo veladamente, entre metáforas y símiles, entre risas y sublimaciones, o, como en Sade, en medio de discusiones filosóficas y sobre los problemas de una sociedad, pero casi nunca expuesto abierta, crudamente, a la manera de, por ejemplo, Courbet.

Sin embargo, cabe preguntarse en qué medida esta supuesta apertura no es también, perversamente si se quiere, otra forma de la represión, otra de sus caras, esa que en apariencia concede libertad pero solo para ocultar mejor aquello sobre lo cual no debe hablarse.

Este puede ser un poco el caso de la literatura erótica, que en años recientes ha conocido una explosión notable de interés, masivo incluso como sucedió con la novela Fifty Shades of Grey, la cual abandonó las sombras de la clandestinidad en las que, por ejemplo, circularon los relatos sadianos o de Sacher-Masoch, para exponerse abiertamente en los estantes y las mesas de novedades de las librerías. Pero la pregunta se mantiene: ¿esta pretendida apertura significa verdaderamente eso? ¿Una coyuntura en la que es posible nombrar al sexo en toda su plenitud, sin tabúes ni limitaciones?

En el sitio The Millions, la escritora Julia Fierro ha publicado una reflexión interesante al respecto, elaborando una especie de disección dialéctica entre el interés genuino por el sexo y el mero morbo; también, en un nivel más bien creativo, entre la mención explícita o el uso de los recursos propios de la literatura para transmutar ese acto de nombrarlo y acercarlo más bien a la zona del erotismo.

Lo interesante del texto de Fierro es que estos dilemas, que podrían considerarse poco novedosos, moralistas quizá, pierden importancia frente a un fenómeno interesante que se da entre quienes escriben, por entretenimiento o por oficio. Para sorpresa de la autora, los primeros, los escritores aficionados o amateurs, encuentran mucho más fácil escribir sobre sexo que los “profesionales”, para quienes describir un acto sexual puede ser tormentoso y en última instancia imposible.

Para Fierro, que cuenta con la experiencia tanto de maestra como de escritora, esto podría explicarse por la prohibición más o menos extendida y observada por los escritores de oficio en torno al sentimentalismo, del que huyen como si se tratase de una plaga o una enfermedad, la oposición entre sentimiento y emoción con la consecuente preferencia de esta última, la idea de que la emoción es mejor que el sentimiento cuando se encuentra en la página.

¿Por qué? En buena medida porque el recurso del sentimentalismo se considera fácil e inmediato, aquello que provoca un efecto simplón y generalizado y que, por lo mismo, es potencialmente asequible por numerosas personas, todas aquellas que de algún modo se encuentran ciegas al lugar común y el cliché, categorías que no consideran un defecto al momento de juzgar una obra creativa.

En el caso de una escena sexual, la dificultad del escritor profesional estribaría en el reto de narrarla de una manera estéticamente novedosa, seductora, una forma narrativa profunda que trascienda la trivialidad del acto y de algún modo lo transforme en una materia distinta, sublime o sórdida, pero a fin de cuentas otra cosa. No la mera descripción del hecho, sino la conversión de este hacia lo que de literario (no de real) pueda tener.

Este es, en esencia, el dilema, pero curiosamente las posibles ejecuciones de su resolución son más bien innumerables:

Así como hay una variedad infinita de “buen sexo” —los factores depende de aquellos que participan—, también hay una cantidad infinita de escritores, cada uno con su lector o lectora ideal.

 

También en Pijama Surf: “porque hace una semana que no cojo”: la culta procacidad de cierta poesía amorosa