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Plaga de langostas proveniente de Egipto invade Israel (¿sigue la lluvia de ranas?)

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 03/07/2013

La realidad copiando la ficción: desde hace unos días una devastadora plaga de langostas ha invadido el territorio de Israel, nubes de millones de insectos provenientes de la frontera con Egipto que ya han perjudicado campos de cultivo y otras actividades rurales y urbanas.

En un hecho de inevitables asociaciones catastróficas y bíblicas, en estos último días el territorio de Israel se ha visto asolado por una plaga de langostas que proviene de la frontera con Egipto, justo el país donde, según el Éxodo, ocurrieron las diez plagas con que el Dios de los judíos castigó al faraón por mantener esclavo al pueblo elegido. En el caso del relato religioso, las langostas fueron la octava maldición, precedidas por una lluvia de fuego y hielo y seguida de la oscuridad.

En el caso de la actual, ha sido la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) la que alertó sobre las condiciones que podrían propiciar la invasión de los insectos, en particular el factores relacionados con el viento y el clima.

Por su parte el Ministerio de Agricultura del gobierno de Israel estableció una línea de emergencia para reportar concentraciones alarmantes de langostas e insectos afines. En Kmehin, una población rural al sur del país, en las inmediaciones del desierto de Negev, se reportó la presencia de enormes y ominosas nubes conformadas por millones de especímenes.

Productores locales de papas y transportistas ya han resentido los perjuicios de este fenómeno: los primeros por la pérdida de sus cultivos y los segundos por la obstrucción de la visibilidad para manejar que representa la presencia de los animales.

Según el Ministerio, esta es la peor plaga de langostas desde 2005 e incluso peor que una legendariamente nociva registrada en la década de los 50.

[NYT]

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Equinoccio de Primavera/Otoño 2013: la cíclica vuelta de la renovación y el cambio

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 03/07/2013

El equinoccio es un punto en el calendario que, como los límites míticos, marca la frontera entre los viejos y los nuevos hábitos, el mundo como era y el mundo como, quizá, puede ser.

Equinox, Scott Facon

Este 20 de marzo a las 11:02, Tiempo Universal, ocurrió el equinoccio, ese emblemático día del calendario en que el día y la noche duran lo mismo y que en el hemisferio norte marca el inicio de la Primavera y del Otoño en el sur.

 

(Aquí la información del Equinoccio de otoño y primavera de septiembre 22 del 2016)

Desde tiempos remotos, y en prácticamente todas las culturas, este día se ha señalado como un momento de renovación y de cambio. En la mitología griega, por ejemplo, se representó con la liberación de Perséfone, mantenida en cautiverio por Hades en el inframundo durante todo ese tiempo en que la tierra permanece estéril y triste para después, con la vuelta de la hija de Deméter, re-conocer la floración y el reverdecimiento.

Pero incluso en el caso del otoño en las regiones australes, se trata todavía de una última oportunidad de acción antes del invierno y sus limitaciones.

 

 

 

 

Asimismo, es innegable la relación de la Primavera con el Amor, acaso la potencia última que se encuentra en el fondo de dicho espíritu. Sacudirse el entumecimiento de los miembros, mirar el mundo con otros ojos y, por qué no decirlo, sentir de pronto que la vida vale la pena ser vivida y, lo que es mejor, amada.

 

Arde la juventud, y los arados

Peinan las tierras que surcaron antes,

Mal conducidos, cuando no arrastrados,

De tardos bueyes cual su dueño errantes;

Sin pastor que los silbe, los ganados

Los crujidos ignoran resonantes

De las hondas, si en vez del pastor pobre

El céfiro no silba, o cruje el robre.

 

Mudo la noche el can, el día dormido

De cerro en cerro y sombra en sombra yace.

Bala el ganado; al mísero balido,

Nocturno el lobo de las sombras nace.

Cébase —y fiero deja humedecido

En sangre de una lo que la otra pace.

¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,

El silencio del can siga y el sueño!

 

En efecto, como en estas octavas de Góngora (de su Polifemo), el hálito de la Primavera se extiende y se dispersa, embriagándonos con su pasión, haciendo que no nos importe dejar lo que estamos haciendo, lo que supuestamente parece necesario, para, mejor, inclinarnos la siempre impostergable urgencia de amar el mundo y renovarlo al tiempo que nos renovamos a nosotros mismos.