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La poesía erótica metafísica de John Donne

Arte

Por: pijamasurf - 03/24/2013

El poeta metfísico más representativo del movimiento fue reconocido por sus poemas románticos, sonetos y elegías, pero también debería ser reconocido por ser el escritor de algunos de los poemas eróticos más sensuales de la historia.

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Nacido en Inglaterra a padres católicos en 1572, en una época durante la cual la Reina Isabel estaba persiguiendo, ahorcando, torturando y descuartizando a jesuitas; los primeros años de su vida fueron marcados por ocultar su devoción. El tío-abuelo de Donne fue Tomás Moro, el célebre autor católico de Utopía que fue decapitado durante la Reforma. El hermano de Donne murió a los 20 años de edad en prisión por ocultar a un sacerdote en sus aposentos. En su juventud Donne practicó su fe más discretamente, mientras lo hacía también se dedicaba a escribir.

Tomando en cuenta el historial familiar del autor no es sorprendente que Donne, después de ser educado en Oxford, se haya vuelto un predicador conocido y respetado en la corte por sus sermones, y que eventualmente llegó a ser nombrado decano de la Catedral de San Pablo.

Tampoco es sorprendente que el autor haya escrito algunas de las piezas románticas más exquisitas de la lengua inglesa, por ejemplo,  “Una Despedida: Prohibiendo el Luto” ("A Valediction: Forbidding Mourning"), un poema metafísico que escribió para su esposa Anne More en 1611. El poema explora el ideal del amor espiritual para Donne, uno que trascendía las barreras de lo físico, una unión de dos almas a las que les “importan menos ojos, manos y labios extrañar”. Emplea metáforas cómo “inundaciones de lágrimas” y “tempestades de suspiros” para crear las imágenes y el sentido de un poema sobre amor sobrehumano.

Lo que podría sorprender a algunos, es que este poeta católico escribió también con su estilo sensual y rico en metáforas e imágenes, poemas altamente eróticos. Algunos ejemplos de las incursiones del decano de San Pablo en lo erótico son:

Elegía XIX: A su amante antes de ir a la cama (Fragmento)

Fuera con esa faja, como si la zona del cielo estuviese brillando,

Pero estuviera englobando un mundo mucho más bello.

Desprende ese peto adornado, que usas

Para que los ojos de tontos atareados puedan parar ahí:

Desátate, porque el repique armonioso

Me dice de ti que ha llegado tu hora de cama.

 

También nos invita a explorar con él lenta y exquisitamente la sensualidad del casi infinito cuerpo de su amante:

 

Elegía XVIII: El progreso del amor (fragmento)

Sus labios hinchados; a los cuales hemos llegado,

Nos anclamos ahí, y nos pensamos en casa,

Porque todos parecen: ahí cantos de sirenas, y ahí

Sabios oráculos Délficos llenan el oído;

Ahí en un arroyo donde algunas perlas selectas se hinchan,

La rémora, su lengua escindida, reside.

Estos y el glorioso promontorio, su mentón

sobrepasando; y el estrecho de Helesponto entre

El Sestos y Abidos de sus senos,

(No de dos amantes, pero dos amores eran los nidos)

Triunfa el mar sin límites, pero que tu ojo

Algunos lunares isla pueda divisar ahí;

Y navegando hacia su India, de esa manera

Me quedaré en su bello ombligo Atlántico;

Aunque desde ahí la corriente esté hecha por tu piloto,

Aún así, ahí es donde desearías estar en bahía,

Estarás  en otro bosque,

Donde algunos naufragan, y no llegan más allá.

Cuando estés ahí, considera lo que en esta persecución

Se malgastó porque empezaste con la cara.

 

Es prácticamente imposible no sumergirse en los versos de este hombre, que al estar enamorado transformó a su amante en un plano metafísico donde el cuerpo mortal se convirtió en un mundo y el acto de hacer el amor se volvió una aventura desmesurada que culmina con la exploración de continentes, mares y bosques. Otro poema es:

 

Seducción

Ven a vivir conmigo, y sé mi amor,

y nuevos placeres probaremos

de doradas arenas, y arroyos cristalinos;

con sedales de seda, con anzuelos de plata.

 

Discurrirá entonces el río susurrante

más que por el sol, por tus ojos calentado,

y allí se quedarán los peces enamorados,

suplicando que a sí puedan revelarse.

 

Cuando tú en ese baño de vida nades,

los peces todos de todos los canales

hacia ti amorosamente nadarán,

más felices de alcanzarte, que tú a ellos.

* Versión de Purificación Ribes

 

De nueva cuenta, al utilizar imaginería natural para describir el acto de seducción logra elevar su relación a un sitio sobrehumano, a un oasis de dioses, puro, como el que recibieron a Adán y Eva antes de sucumbir ante la tentación.

En este enlace más poemas del autor (en inglés).

Con información de The New Yorker

 

Las reglas favorecen la supervivencia de un grupo social pero también aletargan, entre sus individuos, el acto de pensar.

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Para muchos de nosotros el acto de 'seguir' reglas a lo largo de la vida ha sido algo poco viable. Más allá de promover la "anarquía", no siempre es fácil respetar limitaciones que, en muchos casos, parecen haber sido inauguradas arbitrariamente y firmadas por misteriosos desconocidos. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, lo cierto es que la existencia de una cierta reglamentación –quizá traducida como una serie de acuerdos–, parece algo necesario para el funcionamiento colectivo.

Por momentos esa abstracción que llamamos ‘las reglas’ emerge como un incómodo capricho de una autoridad distante, pero simultáneamente sería difícil imaginar un escenario social carente de ellas –incluso si apuntamos al utópico ejercicio de una sociedad regida por principios y no por reglas–. En este sentido Albert Camus advertía que “la integridad no requiere de normas”, mientras que Einstein aseguraba que para trascender es fundamental “aprender y seguir las reglas del juego”.

Recién leía un artículo de Piero Scaruffi, publicado en el Institute for Ethics and Emergent Technologies, donde se reflexiona alrededor de la ambivalente naturaleza de las reglas. El científico italiano enfatiza en la relación de una normatividad con la supervivencia: las reglas favorecen la conservación de la vida. Por otro lado, advierte que su existencia puede mermar la capacidad de pensar en los individuos que se someten a ellas.

En cuanto a lo primero, debemos aludir a la histórica lucha del ser humano por controlar el caos natural, el cual básicamente se refiere a sucesos inesperados que generan consecuencias imprevistas. Al reglamentar su entorno, los seres humanos nutrimos nuestra capacidad de predecir y por lo tanto de eliminar eventuales amenazas. Curiosamente una buena porción de ese caos al que nos enfrentamos surge de la propia interacción entre personas –y por lo tanto tendemos a acotarla mediante normas. Y en pocas palabras, a través de las reglas, buscamos, además de la supervivencia, estabilidad, seguridad y eficiencia (tres de los grandes pilares culturales).

Ahora procedamos al otro lado de la moneda, es decir las anti-mieles de vivir sujetos a un entorno reglamentado. Las normas limitan, o mejor dicho aletargan, diversas cualidades del ser humano. Entre más reglas existan menos tendremos que usar nuestro cerebro para reflexionar, hallar espontáneamente soluciones, o cuestionar realidades heredadas –de hecho en sociedades radicalmente reglamentadas el pensar se torna, incluso, en una amenaza contra la estabilidad reinante. Además, se corre el riesgo de caer en patrones conductuales automatizados, lo cual diluye la posibilidad de honrar nuestra propia existencia.

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Scaruffi nos recuerda que a fin de cuentas las reglas son imaginadas a través del pensamiento, pero paradójicamente una vez que son activadas, reemplazan fragmentos del acto de pensar (por ejemplo, emplear el sentido común, o sopesar situaciones de acuerdo a nuestro código de principios o ética personal). Y en este sentido el reglamentar constituye una especie de acto suicida adoptado por el propio pensamiento humano.

Más allá de entrar en un abstracto recorrido en torno a las bondades y los perjuicios de las reglas, parece que lo más apropiado es, de entrada, reconocer esta naturaleza dual de las reglas. Por otro lado, es importante remarcar que, si bien llegar a acuerdos resulta prácticamente imprescindible para el funcionamiento de un grupo social, también es vital cuestionarlas, desde un afán evolutivo, no solo para evitar absolutizar las virtuales verdades que soportan dichas reglas, también para afinarlas.

Muchas reglas ostentan un sentido práctico hasta el momento en que alguien logra acuñar una regla ‘mejor’. Pero si nadie hubiese cuestionado esta limitante en un principio, entonces la posibilidad de pulirla jamás habría existido. Y supongo que de acuerdo a las reflexiones anteriores, podríamos concluir que es importante adaptarnos a las reglas, con ganas de respetar acuerdos colectivos presuntamente establecidos para procurar el bienestar colectivo, pero a la vez mantener siempre una postura crítica ante ellas, conscientes de que no todas están en sintonía con ese fin, y que en todo caso sin duda serán perfectibles: los tontos obedecen las reglas, mientras que los sabios las utilizan como una útil referencia. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar