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Educación y política: notas para pensar más allá de las dicotomías

Por: Margarita Pacheco - 03/22/2013

¿Puede la educación separarse verdaderamente de la política? Contrario a lo que afirman y difunden ciertos discursos públicos, empeñados en segmentar la realidad en dicotomías falsamente opuestas entre sí, en el caso de educación y política el vínculo es, quizá por fortuna, más indisoluble de lo que a veces se nos quiere hacer ver.

puebloEn el modelo de producción social que vivimos en estos tiempos, se dan fenómenos sospechosos todos los días, la mayoría relacionados con la forzada separación de cosas que no están separadas en realidad; a estas les podemos llamar dicotomías (división en dos partes de algo que es complementario). Aquellos que buscan mantener y reproducir el orden de cosas tal y como está en la sociedad capitalista, en su versión neoliberal, constantemente tratan de explicarnos el mundo a partir de dicotomías, de separar las cosas que están relacionadas. Este afán de diseccionar tiene como finalidad dificultar la comprensión de la realidad misma y facilitar la legitimación de lo no-legitimable; es decir, además de los efectos en la construcción del pensamiento –aunque de la mano con esto-, pensar en términos dicotómicos la realidad, tiene implicaciones profundamente políticas.

Estas escisiones, que sólo pueden sostenerse recurriendo a discursos retóricos, son inexistentes en los hechos, no obstante cumplen un propósito específico: crear la ficción de que los intereses económicos de ciertos grupos no inciden en la organización del poder y, al mismo tiempo, que estos no pautan las líneas que han de seguir las instituciones sociales de acuerdo a proyectos de sociedad encaminados a beneficiar a determinadas élites.

Es usual que cuando escuchamos hablar del, por demás complejo, asunto de la educación sea común que se dicotomice economía–política, educación–política, educación-economía, sin reconocer que todas estas dimensiones de lo social se encuentran relacionadas. Para los ideólogos que pretenden preservar el poder tal y como está, resulta conveniente presentar a la educación como un terreno “neutral”, más allá de los intereses de los grupos que controlan el poder o los que manejan la economía ―que casi siempre son los mismos. Es corriente escuchar en las declaraciones de los secretarios de educación frases como “la educación debe estar por encima de intereses partidistas”, “la formación de nuestros niños es la prioridad de este gobierno” y más del estilo. Mientras de manera discursiva se sostiene que los programas de las instituciones educativas deben ser ajenos a los intereses de los grupos políticos, en los hechos, estos programas atienden a las necesidades e intereses concretos de éstos.

Debemos tener claro que procesos educativos nunca son neutros, encarnan en todo momento un proyecto político, es decir, en última instancia, da cuenta de un proyecto de sociedad específico. Cuando hablo de proyecto político quiero referirme a una forma específica de organizar el poder para la producción y reproducción de una sociedad. En este sentido, cada sociedad demanda sujetos ―personas, hombres y mujeres― que hayan sido formados de acuerdo a los valores, creencias, costumbres, formas de producir y consumir, con una manera de entender el mundo y su movimiento de acuerdo a la historia que les ha tocado encarnar.

Siendo así, es necesario reconocer en todo momento que la educación, la manera y los contenidos  con los que se forma a los sujetos de una sociedad, es un terreno que se encuentra en permanente disputa; que se halla en tensión entre los intereses de los diferentes grupos de poder (políticos, empresarios, organismos internacionales…) y las necesidades profundas de las sociedades en las que se insertan. Depende de la fuerza de una sociedad para organizarse y su capacidad de reconocer y defender sus necesidades, que se trasluzcan sus demandas educativas en el sistema de educación, en cualquiera de sus niveles. Una sociedad poco reflexiva en torno a la formación que requiere para transformar sus condiciones de existencia, se encuentra a expensas de la imposición de programas educativos que buscarán, primordialmente, generar ganancias a partir de la explotación del trabajo de una población que difícilmente se beneficiará de ellas.

En la sociedad capitalista contemporánea, en la que las pautas sobre las que se organizan mujeres y hombres dimana de la organización del mercado, y ésta a su vez de las necesidades de acumulación de un grupo muy, pero muy reducido de personas, la educación lógicamente está encauzada a alimentar la acumulación de los dineros en las manos de este grupo. No solamente en términos de la preparación de cuadros aptos para realizar tal o cual trabajo en la cadena productiva; el diseño del sistema escolar también busca establecer los contenidos y mecanismos que susciten la legitimación del modelo de sociedad en el que emerge, es decir, su aceptación en el imaginario social. El trabajo de formación y aceptación ideológica en una sociedad como la nuestra se construye de manera cotidiana  a través de los medios de información masiva y los sistemas educativos, de allí que sea indispensable analizarlos con lupa crítica.

Si estamos de acuerdo en que cada proyecto educativo está vinculado a un proyecto político específico, hay que poner atención entonces a cuáles son los intereses a los que éste responde. En el caso del sistema educativo mexicano (como en la mayoría de los casos del mundo), es posible ubicar históricamente a qué propósitos ha servido el aparato educativo institucional de acuerdo a las necesidades sociales, económicas y políticas de los grupos de y en el poder en cada momento. Tristemente, tras un recuento de las transformaciones que ha sufrido la educación institucional en este país, es posible reconocer que, salvo honrosas excepciones (las Casas del Pueblo en los años 20, el proyecto Cardenista de educación socialista –con sus limitantes-, la creación de las Normales Rurales, y mucho más recientemente, la fundación de los Colegios de Ciencias y Humanidades por Pablo González Casanova), los movimientos que se operan en el sistema educativo mexicano han estado encaminados a reacomodarlo en función de las necesidades de los grupos políticos en el poder y, a últimas décadas, cada vez más de las necesidades de los empresarios (verbigracia la Educación por competencias, que traspasa la evaluación en las organizaciones empresariales, a los sistemas escolares).

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En estos tiempos en los que el debate en torno a lo educativo en México cobra nueva actualidad, es importante trascender los discursos popularizados que pretenden desconocerla como real terreno que es disputado por los diferentes proyectos de sociedad, para estar atentos a cuáles son los intereses profundos que guían las transformaciones del sistema educativo en el país. A fin de ir deshebrando la enredada madeja de lo educativo, es necesario profundizar en un análisis que asuma la educación como elemento central en la organización y legitimación del orden social, que sea capaz de ubicar la relación que la dimensión educativa mantiene con lo político, lo económico, lo cultural; es imprescindible reconocer cómo es que se tejen estas relaciones, de qué manera se condicionan o determinan y cómo impactan en la vida cotidiana de mujeres y hombres, niñas y niños.

Quedan un puño de aristas que considerar para ir avanzando en la comprensión del tema educativo; en siguientes entregas trataré de ir planteando algunos elementos que considero centrales para elaborar una crítica reflexiva y concienzuda sobre la educación. Nos quedan pendientes temas como la diferenciación entre educación y escolarización,  la transformación de los modelos en los últimos años en beneficio del mercado, la pauperización de la enseñanza, pero también, nos resta hablar de las experiencias de educación que, a veces desde el terreno institucional y otras fuera de él, proponen formas educativas desde el diálogo, la equidad y el reconocimiento del otro, para la construcción de sociedades que trabajen para la libertad.

Lo que nos dice el adulterio sobre nuestra evolución social

Por: pijamasurf - 03/22/2013

La formación de alianzas para la sobrevivencia depende de la confianza entre los individuos de una misma tribu. La prohibición del adulterio tendría, pues, bases evolutivas y no sólamente éticas.

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¿Podría la prohibición del adulterio entre miembros del mismo clan ser una fase de nuestra evolución social? Al menos eso parece sugerir una investigación sobre mecanismos hormonales, regulación de la agresión y formación de alianzas publicado en la revista Human Nature, el cual afirma que los niveles de testosterona se reducen cuando un hombre interactúa con la pareja sentimental de un amigo cercano, previniendo que este realice avances sexuales sobre ella.

El estereotipo masculino afirma que los hombres siempre están tratando de competir entre ellos para alcanzar el rango de "macho alfa", pero olvidamos que para que exista uno de tales líderes de la manada primero necesita una manada. Es decir, la oportunidad de tener relaciones sexuales se subordinaría, en el caso de las parejas de los amigos, a la importancia de mantener la cohesión del grupo.

Mark Flinn, profesor de antropología del College of Arts and Science afirma que "los niveles de testosterona generalmente aumentan cuando ellos interactúan con potenciales parejas sexuales, o con parejas de enemigos. Sin embargo, nuestros descubrimientos sugieren que la mente de los hombres ha evolucionado para fomentar situaciones donde los vínculos estables de los amigos sean respetados."

Esto no es sólo una curiosidad en el oscuro mundo del deseo y las relaciones interpersonales: también nos permite comprender cómo funcionan los mecanismos de cooperación humana, desde los vecindarios hasta las ciudades, o como dice Flinn, a entender "cómo formamos alianzas. [...] El mismo mecanismo fisiológico que permite que las familias coexistan en las villas y cooperen entre sí permite que [organizaciones como] la OTAN o la ONU coordinen esfuerzos para resolver problemas comunes."

Las comunidades de hombres que no confiaran unos en otros eventualmente serían más vulnerables a ataques y procesos de conquista. El costo de no tener aliados en la historia humana ha quedado inscrito en la narrativa de los pueblos, como las consecuencias del adulterio de la reina de Guinevere: cuando el más leal de los caballeros de la Mesa Redonda, Sir Lancelot, traicionara al rey Arturo seduciendo a su esposa, esa falta de confianza fue suficiente para que eventualmente Camelot colapsara. Y es que si no puedes confiar en que tus amigos no tratarán de seducir a tu pareja, ¿en quién podrías confiar?

[Science Daily]