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Científicos logran describir el proceso, de ecos alquímicos, a través del cual el oro se forma en la corteza terrestre en respuesta a actividad sísmica

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El sueño de los alquimistas era transformar la materia en oro --algo que ocurre naturalmente en los núcleos de algunas estrellas. Esta transformación de la materia también ocurre en cierta medida en nuestro planeta, cuando un terremoto amplía una fractura en una roca llena de agua, causando una caída en la presión, lo cual permite que los minerales disueltos se filtren y se formen yacimientos de oro.

Científicos creen que esta transformación de un metal de un estado soluble a un depósito concentrado es responsable de la formación de hasta el 80% de los depósitos de oro. La mayoría del oro se encuentra en conductos de cuarzo formados hace 3 mil millones de años durante el nacimiento de montañas, depositado ahí por grandes cantidades de agua en cavidades a lo largo de fallas sísmicas.

Investigadores de la Universidad de Queensland, en Australia, elaboraron un modelo matemático para estimar como diferentes terremotos afectan las fracturas causando el brote de un yacimiento de oro. Según los cálculos es necesario que existan réplicas de un sismo para que se puedan formar depósitos "económicamente significativos". El futuro del oro está en el agua, en capas más profundas de la corteza terrestre.

Si bien los terremotos, la energía telúrica del planeta, estrictamente no transforma metales en oro si cataliza la transformación de depósitos solubles en este precioso metal, en una etapa postrera de un proceso de alquimia natural. El oro en la mitología fantástica siempre estuvo ligado a los duendes y a seres elementales, guardianes y sirvientes de la Madre Tierra, quien tiene la última potestad sobre este elemento.

[Russia Today]

 

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Por: pijamasurf - 03/21/2013

La vida es un continuum, un tránsito incesante, una violenta oposición de contrarios. La vida sufre (o goza) la doble condena de morir y renacer, de no cesar nunca, de consumirse en medio de las condiciones más sufrientes pero también de resurgir en las más inesperadas. La vida, cambiando el sujeto en las líneas con que Borges finaliza su “Nueva refutación del tiempo”,

es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

Las fotografías que presentamos en esta ocasión podrían tomarse como ejemplo de la dialéctica violenta inherente a todo proceso vital. Se trata de escenas que comunes, corrientes en el sentido de cotidianas, pero al mismo tiempo síntesis instantáneas de la pulsión fatídica que, imprescindiblemente, anima la vida.

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