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8 cualidades de las personas verdaderamente cultas (según Antón Chéjov)

Arte

Por: pijamasurf - 03/30/2013

Ser culto, una cualidad que puede ser polémica y aun peyorativa, pertenece sin embargo a un modo de ser y estar en el mundo que naturalmente nos hace más buenos, mejores, más humanos, o al menos así es como lo entendió el gran escritor ruso Antón Chéjov.

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Hay un concepto de cultura que nos remite de inmediato al humanismo del Renacimiento y probablemente al progreso de la Ilustración, esa idea que probablemente tenga raíces un tanto más remotas (pero no tanto) y la cual entiende la cultura como el conocimiento que cultiva y engrandece, que nos da más recursos para entender nuestro mundo pero también ―en un sentido moral, que lejos de ser censurable, merece, por el contrario, alentarse― nos vuelve ipso facto más compasivos, más humanos.

Por desgracia, sabemos bien que el mundo está más o menos poblado de personas que fundamentan cierta ilusoria superioridad en la cultura que poseen. “Listillos”, los llama Irvine Welsh en varias de sus novelas, ironizando en torno a ese tipo de comportamiento en que, según sea la ocasión y el entorno, toma la forma de la arrogancia, el desdén y en general el desprecio por todos aquellos que no se encuentren a la par de las lecturas hechas, las películas vistas, la música escuchada, los países visitados y un amplio aunque paradójicamente limitado etcétera.

¿Qué significa ser culto? Quizá, en última instancia, nada de eso, al menos no si nos inclinamos por esa tradición del pensamiento que no teme combinar conocimiento y moral para que ambos formen mejores personas. En algún punto de nuestra cartografía personal, leer una o diez novelas está o debería estar conectado con nuestra capacidad para prestar algún tipo de ayuda a un desconocido en la calle. ¿Podemos escuchar una pieza de Bach, quedar arrobados por su belleza, sentir que gracias a Bach la vida vale la pena ser vivida y, aun así, no actuar en consecuencia y, digamos, ser capaces de cuidar de una planta y regarla todas las mañanas? Hasta cierto punto, algo tiene de condenable e hipócrita el sibarita estéril que dice amar la belleza y sin embargo no hace nada para asegurar su presencia y persistencia en este mundo. “Belleza más piedad: eso es lo más cerca que podemos llegar a una definición de arte. Donde hay belleza hay piedad, por la simple razón de que la belleza debe morir”, dijo alguna vez Vladimir Nabokov.

La lista que presentamos a continuación enumera las 8 cualidades que, según el gran escritor ruso Antón Chéjov, distinguen a una persona verdadera, auténticamente culta, alguien que de algún modo ha comprendido que la sapiencia es tal cuando enaltece pero no ensoberbece, cuando nos distingue de los demás pero no nos pone, en modo alguno, por encima de nadie.

Los puntos provienen de una carta que un joven Antón de 26 años escribió a su hermano Nikolai cuando éste tenía 28 y comenzaba a ganar fama como pintor en la capital rusa. Fechada en Moscú en 1886, la misiva pretende ser una serie de consejos para un artista incipiente que, según el modelo romántico, se quejaba de que nadie lo entendía. “La gente te entiende perfectamente bien. Si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa de ellos”, le escribió entonces Chéjov, en un tono recriminatorio, pero también totalmente lúcido y, lo más importante, coherente.

Se trata, en suma, de un documento que vale la pena conocer y reflexionar, confrontar con nuestras propias actitudes y preguntarnos en qué medida convertimos lo que sabemos en acciones que hacen bien a nuestro mundo ―nuestro pequeño, íntimo mundo.

 

1. Respetan la personalidad humana y, por lo mismo, son siempre amables, gentiles, educados y dispuestos a ceder ante los otros. No hacen fila por un martillo o una pieza perdida de caucho indio. Si viven con alguien a quien no consideran favorable y lo dejan, no dicen “nadie podría vivir contigo”. Perdonan el ruido y la carne seca y fría y las ocurrencias y la presencia de extraños en sus hogares.

2. Tienen simpatía no sólo por los mendigos y los gatos. Les duele el corazón por aquello que sus ojos no ven. Se levantan en la noche para ayudar a P. […], para pagar la universidad de los hermanos y comprar ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad de otros y, en consecuencia, pagan sus deudas.

4. Son sinceros y temen a la mentira como al fuego. No mienten incluso en pequeñas cosas. Una mentira significa insultar a quien escucha y ponerlo en una posición más baja a ojos de quien habla. No aparentan: se comportan en la calle como en su casa y no presumen ante sus camaradas más humildes. No son proclives a balbucear ni obligan la confidencia impertinente de los otros. Por respeto a los oídos de otros, callan más frecuentemente de lo que hablan.

5. No se menosprecian por despertar compasión. No tensan las cuerdas de los corazones de los demás para que los otros giman y hagan algo (o mucho) por ellos. No dicen “Soy un incomprendido” o “Me he vuelto de segunda mano” porque todo eso es perseguir un efecto simplón, es vulgar, rancio, falso…

6. No tiene vanidad superflua. No se preocupan por esos falsos diamantes conocidos como celebridades, por estrechar la mano del ebrio P.*, por escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en un espectáculo de imágenes, o ser reconocido en las tabernas. […] Si ganan unos centavos, no se pavonean como si estos valieran cientos de rublos, y no alardean de poder entrar donde otros no son admitidos. […] Los verdaderamente talentosos siempre se mantienen en las sombras entre la muchedumbre, tan lejos como sea posible del reconocimiento. Incluso Krylov** dijo que el barril vacío da un eco más sonoro que el lleno.

7. Si tienen un talento, lo respetan. Le sacrifican el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad […]. Se sienten orgullosos de su talento […]. Además, son fastidiosos.

8. Desarrollan para sí la intuición estética. No pueden ir a dormir con la misma ropa, ven las grietas de las paredes llenas de insectos, respiran un mal aire, caminan en el piso recién escupido, cocinan sus alimentos sobre una estufa de aceite. Pretenden tanto como sea posible contener y ennoblecer el instinto sexual. […] Lo que quieren en una mujer no es una compañera de cama. […] No piden inteligencia ahí donde se manifiesta la mentira constante. Quieren, especialmente si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad de la maternidad. […]. No tragan vodka a todas horas, día y noche, no huelen los armarios porque no son cerdos y saben que no lo son. Beben sólo estando libres y en ocasión […]. Porque ellos quieren mens sana in corpore sano [“mente sana en cuerpo sano”].

 

Y así sucesivamente. Así es como son las personas cultas. Para ser culto y no quedar atrás, no es suficiente con haber leído Los papeles del club Pickwick o haber memorizado el monólogo de Fausto […]. Lo que necesitas es trabajar constantemente, día y noche, leer constantemente, estudiar, voluntad […]. Cada hora es preciosa para ti […]. Ven con nosotros, tira la botella de vodka, descansa y lee… Turgenev, si quieres, a quien además no has leído.

Tienes que deshacerte de tu vanidad, ya no eres un niño… pronto tendrás treinta.

¡Es tiempo!

Te espero… Todos nosotros te esperamos.

[Rúbrica]

 

Notas: 

* Probablemente “Palmin”, un poeta menor de la época [N. del T.]

** Probablemente Iván Krylov (1769-1844), fabulista, poeta y dramaturgo ruso.

 

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¿Puede la poesía transformar el mundo? ¿Cuál es el valor ético de la literatura?

¿De qué sirve tener actualmente cultura general?

 

[Brain Pickings]

Cómo alteran los videojuegos tu percepción temporal (lo que experimentas como adicción)

Por: pijamasurf - 03/30/2013

El factor adictivo de los videojuegos se explica en gran parte por la percepción de tiempo distorsionado que los jugadores experimentan durante las sesiones frente a la pantalla.

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Todos jugamos: ya sea un pequeño juego en el teléfono para pasar el rato mientras haces fila en el banco o tengamos un personaje altamente personalizado en World of Warcraft The Old Republic, o incluso si utilizamos dinámicas de juego como Foursquare, la realidad cotidiana de mucha gente está inmersa en la realidad del juego.

Pero a pesar de que todos jugamos en alguna medida, la percepción del tiempo que pasamos frente a la pantalla no se experimenta de la misma manera (¿alguien quiere mencionar la relatividad general?) Un estudio dirigido por Richard Wood y sus colegas de la International Gaming Research Unit Division of Psychology, en la Universidad de Nottingham Trent, Inglaterra, concluyó que el 99% de los 280 participantes de la muestra notaron un cambio en su experiencia del tiempo a causa de los juegos de video.

24.3% consideró que esa otra dimensión temporal era algo bueno; 29.3% lo experimentó negativamente, y el 38.2% como una mezcla de ambas, con aspectos divertidos y otros indeseables (como el daño colateral después de beber demasiadas bebidas energéticas y papas fritas, tal vez.) Casi dos tercios de los participantes perdieron la noción del tiempo durante las horas de juego, especialmente en la noche, cuando el mundo está dormido y podemos entregarnos al hedonismo virtual.

Esta sensación de que el tiempo se ha detenido o que sus efectos son menos inmediatos en nuestra experiencia realidad puede explicarse por algunos de los ingredientes que están presentes en los juegos más adictivos. El estudio del doctor Wood menciona al menos cuatro ingredientes presentes en los juegos que provocaron entre los participantes la experiencia de alteración del tiempo:

Complejidad e inmersión

Sin importar el género, un juego que implica un reto será en general un juego más atractivo, y por lo tanto más proclive a distorsionar nuestra percepción del tiempo. La complejidad puede estar en las reglas (como en los RPG del tipo Final Fantasy) o en la sensación de involucramiento al sentir que tenemos la "misión" de terminar al menos el nivel o quest actual antes de apagar el juego. Pero esto es sólo una coartada: al terminar dicha misión nos sentiremos tan estimulados por nuestro éxito que jugaremos un nivel más. Y luego uno más. Ad infinitum.

Niveles

Un juego adictivo está altamente compartimentado para dar la sensación tanto de avance como para permitirnos la dudosa libertad de pensar que podemos detenernos en cualquier momento. Ya se trate de scores, de niveles con bosses o misiones, el saber que existe un checkpoint próximo (una división del continuo del juego) nos  deja acariciar la ilusión de que tenemos el control, y que podemos parar cuando lo decidamos --o bien, que decidamos no hacerlo.

Trama

Una buena historia es un gancho insuperable. Del mismo modo en que un niño pregunta "¿qué más?" cuando está escuchando un cuento, los gamers hallan difícil despegarse de una buena historia. Final Fantasy Metal Gear Solid, entre otros, son especialmente reconocidos por excelentes guiones más allá de sus notables cualidades técnicas. Esto asemeja los videojuegos a la lectura: el tiempo se experimenta en varios niveles, en el de la vida cotidiana con su día y noche y el otro en el tiempo interno de la narrativa.

Multijugadores

A pesar de que los videojuegos tienen un estigma social de alienación, lo cierto es que el ingrediente social es también un factor clave para quedarnos atornillados en el sofá. El género de los Massive Multiplayer Online (MMO) es especialmente representativo de esta tendencia: World of Warcraft es el juego que más apareció en el estudio de Wood; con sus más de 10 millones de jugadores hasta noviembre del año pasado, es altamente probable que en cualquier momento encuentres a alguien conectado para jugar.

A pesar de la ludopatía que algunos gamers pueden desarrollar o los casos extremos de hikikomori (jóvenes japoneses que viven recluidos en su habitación sin ningún contacto con el exterior), los videojuegos son parte de la cultura urbana de nuestras sociedades, y además de ser un gran entretenimiento pueden enseñarnos mucho sobre los hábitos y prácticas que desarrollamos personal y comunitariamente.

[Pop Sci]