*

X

Kate Upton casi muere en la Antártida solo para que miles de hombres puedan masturbarse con su imagen

Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 02/13/2013

La reducción del sexo a la condición de mercancía encontró una singular manifestación en el hecho de Kate Upton estuvo a punto de morir solo porque, para la portada de la edición de bikinis de Sports Illustrated, los fotógrafos la semidesnudaron en la Antártida, a una temperatura promedio de -35°C.

Desde hace tiempo se discute el exceso sexual de nuestra época que, en términos generales, no es más que la reducción del sexo a la condición de objeto, de mercancía sujeta de intercambio comercial, la cual, sin embargo, como en todo producto, comienza a descender en su demanda cuando la novedad ha cesado y el interés es menor.

Un ejemplo elocuente de esta situación se encuentra en el número más reciente de Sports Illustrated dedicada a los trajes de baño, y cuya portada tiene a Kate Upton en un gélido escenario antártico. Los fotógrafos de Sports Illustrated decidieron llevar a sus modelos a los siete continentes, y a Upton le tocó la suerte de pisar territorio polar.

El hecho, sin embargo, no sería más que una anecdótico de no ser porque la modelo estuvo a punto de morir, dado que la temperatura promedio era de -35°C y ella no estaba más que en las pocas ropas con que se le ve en la imagen.

“Cuando regresé estaba perdiendo el oído y la vista porque mi cuerpo se estaba apagando, era tan difícil mantenerme caliente”, dijo Upton.

Lo paradójico es que, como bien señala Caity Weaver, esta puesta en peligro de la vida de Upton no es útil más que el goce un tanto solitario y fútil de miles o millones de hombres que se satisfacen ante la vista de una fotografía, un simulacro que dicta el curso de una fantasía.

[Gawker]

¿Es mejor desear y que la consecución de ese deseo nos transforme? ¿O no desear y evitar así el sufrimiento que conlleva sentir que necesitamos algo?

La naturaleza humana —si es que aún puede utilizarse dicho concepto— posee algunos elementos que la identifican como tal: la conciencia de sí, la empatía, la conciencia de la muerte y algunos más que forman una especie de red en la que todos están conectados secretamente entre sí, en la que es difícil señalar si hay alguno que precede a otro o viceversa.

En este sentido, hay uno en especial que podría mirarse como una especie de fuente o manantial primigenio del cual surge esa suma de circunstancias que explican la existencia de una persona: el deseo.

Aun en su forma primitiva —suponiendo que existió en algún momento del desarrollo evolutivo del hombre una especie de proto-deseo que seguía inclinado hacia los instintos pero en franca transformación con respecto a estos — el deseo puede considerarse ese empuje último que como especie nos separó para siempre del seno de la naturaleza, la expulsión edénica que, como querían Kafka y Borges, consiste en que somos incapaces de darnos cuenta en que seguimos en el Paraíso.

La esencia del deseo es paradójica: en su cariz más cruel, nos enfrenta a la realidad de nuestra insatisfacción, nuestra incompletud, al hecho de que necesitamos algo que no tenemos, siempre; en contraste, es esta misma conciencia la que nos anima y nos aviva, la que potencialmente nos empuja a hacer algo para conseguir y alcanzar eso que deseamos.

Esa es una manera de entender el deseo: como raison d’être, en su sentido más literal, como una circunstancia vital que, de no existir o, por el contrario, de satisfacerse realmente, quitaría todo sentido al hecho de ser y estar en este mundo.

Ahora bien, a esta conceptualización francamente lacaniana del deseo puede oponerse, en un juego de contrapuntos, la idea budista del deseo como causa del sufrimiento, como elemento que nos anuda y nos mantiene en los circuitos de miseria y dolor, que echa a andar los enrevesados mecanismos del apego y todas las consecuencias que esto conlleva. Desear algo es, aquí, sentir que ese algo nos hace falta, una sensación más bien cuestionable por ilusoria y que, en cierta forma, tiende naturalmente hacia su desaparición en una persona que sigue la doctrina budista.

Se trata, como se ve, de dos maneras de entender el deseo un tanto opuestas entre sí: ¿es mejor desear y que las acciones emprendidas para alcanzarse ese deseo nos transforme, preferentemente para bien, o no desear y con ese no desear igualmente alcanzar el equilibrio espiritual que dé paz a nuestra existencia?

Twitter del autor: @saturnesco