*

X

Bacteria alquimista asegura su supervivencia convirtiendo su entorno en oro

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 02/12/2013

La Delftia acidovorans es un microorganismo recién descubierto que posee la singular capacidad de convertir su entorno en oro para asegurar su supervivencia.

La supervivencia y la fuerza paralela que la complementa, la evolución, es capaz de empujar a los seres vivos a mecanismos sorprendentes que aumenten sus probabilidades de perdurar.

Tal es el caso de la Delftia acidovorans, una bacteria que se protege a sí misma nada menos que convirtiendo su entorno en oro, una estrategia que algo tiene de artística y de hérmetica al disimularse entre lo que otros consideran valioso o vistoso.

El microorganismo realiza esta operación por medio de una serie de químicos que desintoxica los iones de oro tranformándolos en nanopartículas de oro inofensivas que se acumulan en el exterior de las células de la bacteria. Cabe mencionar que esto también es posible porque la Delftia acidovorans vive en la superficie de depósitos de oro donde los iones disueltos podrían matarla.

La sustancia secretada por la bacteria lleva el nombre de delftibactin A, la cual se encuentra perfectamente sincronizada tanto con el entorno como con los cambios necesarios en la estructura química del oro para suprimir la toxicidad de sus iones, lo cual se consigue aumentando las partículas iónicas de 25 a 50 nanómetros de extensión.

Nathan Magarvey, investigadora de la Universidad de McMaster que se encuentra en Hamilton, Ontario, responsable del equipo que descubrió el singular comportamiento de la bacteria, piensa que esta o las moléculas que secreta podrían encontrar utilidad en la industria de la extracción minera.

Asimismo, experimentando con la bacteria, se encontró que eliminando el gen responsable de la sintetización del delftibactin A conduce inevitablemente a la muerte del organismo o, en el mejor de los casos, a su supervivencia en las peores condiciones, expuesto como queda al cloruro de oro.

[New Scientist]

Equinoccio de Primavera/Otoño 2013: la cíclica vuelta de la renovación y el cambio

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 02/12/2013

El equinoccio es un punto en el calendario que, como los límites míticos, marca la frontera entre los viejos y los nuevos hábitos, el mundo como era y el mundo como, quizá, puede ser.

Equinox, Scott Facon

Este 20 de marzo a las 11:02, Tiempo Universal, ocurrió el equinoccio, ese emblemático día del calendario en que el día y la noche duran lo mismo y que en el hemisferio norte marca el inicio de la Primavera y del Otoño en el sur.

 

(Aquí la información del Equinoccio de otoño y primavera de septiembre 22 del 2016)

Desde tiempos remotos, y en prácticamente todas las culturas, este día se ha señalado como un momento de renovación y de cambio. En la mitología griega, por ejemplo, se representó con la liberación de Perséfone, mantenida en cautiverio por Hades en el inframundo durante todo ese tiempo en que la tierra permanece estéril y triste para después, con la vuelta de la hija de Deméter, re-conocer la floración y el reverdecimiento.

Pero incluso en el caso del otoño en las regiones australes, se trata todavía de una última oportunidad de acción antes del invierno y sus limitaciones.

 

 

 

 

Asimismo, es innegable la relación de la Primavera con el Amor, acaso la potencia última que se encuentra en el fondo de dicho espíritu. Sacudirse el entumecimiento de los miembros, mirar el mundo con otros ojos y, por qué no decirlo, sentir de pronto que la vida vale la pena ser vivida y, lo que es mejor, amada.

 

Arde la juventud, y los arados

Peinan las tierras que surcaron antes,

Mal conducidos, cuando no arrastrados,

De tardos bueyes cual su dueño errantes;

Sin pastor que los silbe, los ganados

Los crujidos ignoran resonantes

De las hondas, si en vez del pastor pobre

El céfiro no silba, o cruje el robre.

 

Mudo la noche el can, el día dormido

De cerro en cerro y sombra en sombra yace.

Bala el ganado; al mísero balido,

Nocturno el lobo de las sombras nace.

Cébase —y fiero deja humedecido

En sangre de una lo que la otra pace.

¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,

El silencio del can siga y el sueño!

 

En efecto, como en estas octavas de Góngora (de su Polifemo), el hálito de la Primavera se extiende y se dispersa, embriagándonos con su pasión, haciendo que no nos importe dejar lo que estamos haciendo, lo que supuestamente parece necesario, para, mejor, inclinarnos la siempre impostergable urgencia de amar el mundo y renovarlo al tiempo que nos renovamos a nosotros mismos.