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Un testimonio de primera mano sobre lo que las bailarinas exóticas son, no son, quisieran y pudieran ser.

Las mujeres que se dedican al striptease, las también llamadas bailarinas exóticas, tienen en el imaginario colectivo un concepto que no siempre es preciso ni acertado y que, como en tantas cosas que parcialmente se encuentran en el campo semántico de la sexualidad, más bien se nutre de prejuicios e ideas falsas. A la stripper por lo regular se le considera una suerte de paria que vive en un mundo miserable y denigrante, como todos los parias, pero con la fortuna de poseer un cuerpo voluptuoso y atractivo, y la habilidad nata o aprendida de moverlo en concordancia con el goce visual e imaginario de hombres (y mujeres) que pagan por asistir a dicho espectáculo, hasta que un día la stripper hace suficiente dinero o encuentra un héroe acaudalado que la retira del fango y la podredumbre.

A este respecto Jennifer Ward ha escrito un interesante testimonio en el sitio Alternet, narrando desde con su experiencia de primera mano las verdaderas condiciones del mundo de los clubes nocturnos, o por lo menos de la parte del mundo que a ella le tocó vivir.

 

1. Lo que las strippers no son

Según Ward, una de las primeras cosas que hay que hacer con la percepción en torno a las strippers es sustituir el estereotipo por la realidad de la diversidad: las strippers pueden ser estudiantes universitarias, madres y, sí, abuelas que lo único que buscan es ganar un poco más de dinero para la subsistencia propia y de los suyos.

Así, no todas las strippers son prostitutas per se, aunque es cierto que la prostitución es parte del negocio. Y lo mismo con las drogas: la adicción no es un comportamiento necesario, forzoso, pero es cierto que las drogas circulan con profusión en el ambiente.

 

2. Lo que las strippers pueden ser

Tampoco debe pensarse en el extremo opuesto de la joven que pasa por ese mundo sin corromperse y que más bien lo hace por necesidad y por accidente. Pero, en todo caso, no hay que perder de vista que se trata de un trabajo, y que las mujeres que lo llevan a cabo lo tratan como tal, como una fuente de ingreso que, eventualmente y si, como en todo, se saben administrar, les permitirá pasar a otra cosa.

 

3. La stripper promedio

¿Existe la stripper promedio? Ward habla de mujeres en sus 50 que nunca dejaron el negocio (por razones dispares), de madres solteras que necesitan el dinero para sostener a sus hijos, incluso algunas que se involucraron en el ambiente porque creyeron que sería divertido. Así, al menos en lo que respecta a estas características exteriores, puede ser que no pueda sostenerse la idea de “bailarina promedio”.

Pero una mirada más profunda revela ciertas constantes, particularmente en el plano psicológico, de mujeres que por razones subjetivas se relacionan con los tipos equivocados, una relación codependiente de abuso, dominación y autodestrucción que, en ocasiones, desemboca en el mundo de los clubes nocturnos.

 

4. ¿Entonces quiénes son las strippers?

"Explicar a las mujeres que bailan es un mucho más difícil que explicar a los hombres que acuden a verlas", escribe Ward. "A veces hacen lo que Dios les dio para hacerse de un lugar en el mundo. Otras están perdida y encuentran la manera más rápida de obtener lo que creen que necesitan. Algunas mujeres solo hacen lo que tienen que hacer para pagar sus cuentas".

La colaboradora de Alternet hace hincapié en la cosificación que muchas se teje en torno a las strippers, el hecho de que usualmente se olvida que estas mujeres son personas, siempre, con todo lo que ello implica, que con toda probabilidad, fuera de su trabajo, hacen lo mismo que cualquier persona: ir al cine, pasear a un perro, cocinar, ver a sus amigos, etc. Y concluye:

Las bailarinas no son robots que sus jefes sacan por las noches. No emergen de un cieno primordial y sexual para tu placer. Así que recuerda compensar bien a la bailarina. Estoy segura que tiene grandes planes.

[Alternet]

La penuria de los apartamentos en Hong Kong vistos desde una paradójica perspectiva celeste (FOTOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/19/2013

La vida en las grandes metrópolis fue uno de los grandes temas de la reflexión intelectual casi desde el siglo XIX, cuando la irrupción de la dinámica urbana se adivinaba ya irreversible, un ritmo opuesto casi por completo al de la existencia no industrializada que por tanto años siguió la humanidad.

Una de las diferencias principales entre uno y otro modo de vida es, entre varias otras, la falta de espacio habitacional, la reducción significativa de los sitios destinados a servir como hogar cotidiano. Los apartamentos —esa invención destinada al obrero y su familia, al burócrata, al empleado de ingresos moderados incapaz de costearse algo más grande— son la expresión arquitectónica de una manera específica de estar en el mundo, hábitos y prácticas condensados en los metros cuadrados de superficie, en el número de habitaciones, en el tamaño de la cocina.

La Society for Community Organization, con sede en Hong Kong, ha auspiciado un interesante ejercicio fotográfica en esta emblemática y activa isla, tomando retratos desde una perspectiva aérea de los lugares donde reside el hongkonés promedio.

Como se ve, se trata de lugares que destacan por su superficie mínima, por el consecuente amontonamiento de enseres en apartamentos de poco menos de 4 metros cuadrados en los que incluso viven familias completas de tres o cuatro miembros, por la carencia de algunos que quizá por la estrechez parece una engañosa abundancia en otros.

Imágenes, también, que algo tienen de paradójico por el ángulo elegido para exhibir esta realidad: el cielo raso, un cielo inesperadamente cercano al mundo y sus penurias.

[My Modern Met]