*

X
Segunda parte de una breve exploración de la naturaleza del sacrificio, de la mano de Roberto Calasso. Juego que invita a resacralizar la acción cotidiana como conciencia de que en cada acto estamos reviviendo el drama cósmico y posiblemente reconectándonos con la totalidad de la existencia.

Antes de la iluminación: cortar leña y acarrear agua. Después de la iluminación: cortar leña y acarrear agua. Este aforismo zen es una discreta y reveladora joya de un proceso espiritual cotidiano, que remite al practicante a una disciplina incesante y enteramente terrenal, para cosechar los futos más altos, de esferas celestes, sin saltos de ningún tipo. Algo del satori que podemos deducir de este aforismo es que cada acto, por insignificante que parezca, es tan importante como cualquier otro y que lo trascendental (o iluminante) no está en aquello que realizamos sino en cómo lo realizamos. Un acto realizado impecablemente con conciencia, alerta y presencia, cualquiera que sea, es una puerta, a través del instante (el diamante cotidiano), hacia aquello que existe por siempre. Así cada acto es un sacrificio, un acto sagrado, un acto que contiene la vida y la muerte. Un holograma de todos los actos. En el cortar leña y hacer un fuego, en el  llevar agua de la montaña a la casa, nos conectamos con la ciencia y el sentir ancestral de la tierra y de todos los hombres que la han caminado, con el corazón del hacer que se desgrana: nos convertimos en todos los hombres, y en el agua y en el fuego que son uno solo.

Lo anterior sólo como un paréntesis re-introductorio (quizas refrescante) a la exploración multidimensional del sacrificio,  de "aquello que nos remonta al origen" y que nos conecta con lo divino, con aquello que sirve como estructura fundamental del tiempo y su flujo... guíados por Roberto Calasso y su magistral erudismo.

La teoría del sacrificio de Calasso nos invita a la conciencia de que  nuestra existencia está atravesada por lo sagrado. No necesitamos grandes gestas o singularidades para llevar una vida llena de sentido y plenitud, para encontrarnos con la magia y el misterio. En el camino de los hombres yacen, aunque borrosas, las huellas del camino de los dioses ("para que algo tenga sentido, es preciso repetirlo y para repetir una cosa hay que repetirlo todo", dice Calasso). Y en los actos que repetimos diariamente yacen las energías sórdidas y sublimes que dieron a luz el mundo (recapitulamos "la historia de los orígenes"). Aquí despunta una espiritualidad despojada de conceptos abtrusos y arcana aparatosidad: la tan ansiada conexión cósmica se vuelve translúcida en la acción y en la repetición (por eso la respiración es la base de la espiritualidad oriental). Nuestra anatomía está constituida por el panteón primigenio de las divinidades y nuestros procesos corporales básicos y nuestras pasiones emulan el primer motor: aquellos procesos astronómicos y arquetípicos que originaron al mundo.  

La teoría del sacrificio hacer girar todos los gestos repetibles y reversibles --respiración, eros, música-- en torno a los dos gestos irreversibles: comer y matar. Estos son los dos gestos que la flecha del tiempo hiere con una herida incurable. En torno a esa herida, se levanta ahora el velo cósmico, el terrible tejido que conecta todo con todo, que repite todo en todo.

A través de la herida entra la luz en nosotros, dice Rumi. Entendemos con Calasso que los actos corporales cotidianos, aquellos entrecruzados por  la sal y la suciedad del mundo, están empapados de la historia del hombre, del planeta y del cosmos. Están también llenos de vida y de muerte.

"El sacrificio está inscrito en nuestra fisiología; cualquier orden, biológico y social, está basado en una expulsión, en una cantidad de energía quemada, porque el orden debe ser menor que la materia que ordena".  La expulsión, la destrucción, proceso incesante de nuestra anatomía, nos hace acercarnos implacablemente a la muerte, al acto de dar muerte y al acto de morir, acto de transformación (somos siempre la víctima y el verdugo). El mundo actual busca alejar la mirada de la destrucción: la muerte ocurre velada tras los muros de la fábrica o a la distancia insensible ("el piloto suelta la bomba y vuela más lejos" sin presenciar la consecuencia de su acto). Pero no ver esta muerte, no convivir con la destrucción es un acto que nos priva de una poderosa conciencia. Recordemos que "Arjuna tiene la revelación de Krishna en el momento en el que se dispone a matar a sus parientes en el campo de batalla". Esta muerte pequeña y perenne que acompaña todo proceso es el detonador de la conciencia sacrificial que conecta todos nuestros actos y conecta "todo con todo". El universo como animal de miles y miles de células externas necesita del sacrificio, de la muerte de múltiples seres que lo conforman como sistema, para continuar existiendo y cumplir su proceso evolutivo. Así nosotros como microcosmos del universo necesitamos de la muerte, del sacrificio, para seguir evolucionando, para retomar el orden que es en el hombre lo divino.

La modernidad sigue sacrificando pero sin conciencia de acto. Sacrifica pero aleja la mirada de la muerte, cauterizada, impermeablilizada y civilizada, no asimila la energía de la destrucción más que como transferencia inconsciente. No toleramos vivir viendo el fuego crepitar y crecer sin control. "En cualquier caso se da muerte a lo  sagrado porque aterroriza: su perenne contagio  hace imposible  la vida. La única posibilidad restante, la invención moderna: lo sagrado no se ve". Así copulamos en la oscuridad y matamos en la sombra.

Este exilio u ocultamiento del sacrificio obedece también a la visión lineal, progresiva de la historia de Occidente, opuesta a la circularidad regenerativa.

Los Upanishad son insaciables al atribuir el sacrificio a todas las cosas: a la respiración y a la alimentación, al eros, a la palabra, al gesto, porque el sacrificio es la única forma que responde, en las venas, a la vida, que la sigue en sus movimientos, sean involuntarios o arbitrarios, sin tregua. La forma del sacrificio está latente en la existencia de la sangre: vida que se renueva...

En el sacrificio, en la reducción de la vida al acto, a la simpleza, y al orden, yace un profundo mecanismo de flujo y reflujo, perenne vaíven, artículación cósmica inherente. Una versión más apreciable y menos remota del karma, ley de oro también. 

El sacrificio ofrece una forma canónica y repetible a un par de gestos: el dar y tomar. Todos los significados de esos gestos, sin los cuales no existe comunicación y por tanto sociedad, están contenidos en el sacrificio. ¿Y que podría existir sin la simultaneidad de estos gestos? La supervivencia, si pudiera ser un únicamente tomar. Pero aquí aparece la conexión primordial: no se admite que exista un tomar sin un dar, porque está prometido que todo llevará también a un tomar[...] El primer pacto, el primer dar-tomar, es con la naturaleza, con el animal, con la planta --y detrás de ellos, con las fuerzas que manifiestan-. Lo que se nos ofrece para ser tomado exige ser dado a quien nos lo ha ofrecido: la aceptación de este nexo sustenta la vida sacrificatoria, la aptitud ceremonial hacia la existencia.

El sacrificio es reconexión con este orden, esta marea ubicua, que transparenta todo proceso como una retroalimentación, eje que manifiesta la conexión entre todas las cosas y entre todos los actos. El divorcio entre el dar-recibir, la inconciencia de creer que podemos tomar algo sin dar, genera en buena medida lo que podríamos llamar el malestar de la cultura, ejemplificado en la separación del hombre con la naturaleza, en la enajenación del consumismo (ilusoria unidireccionalidad) y en la sexualidad desprovista de verdadero erotismo: entrega.

Todo sacrificio es reconocimiento de un Otro. Al final de todas las emancipaciones, Occidente sólo consigue reconocerse a sí mismo. Su parálisis, que se oculta detrás de la agitación de la praxis, procede de no saber ya a quien darse.

 

*                                                *                                         *

Una lectura se entreabre de la lectura que hace Calasso del sacrificio védico como axis mundi de la praxis espiritual que atraviesa el centro esotérico de nuestra civilización. La posibilidad de retomar ese orden, esa intensidad, el tapas de los videntes védicos, en la vida cotidiana, como camino fundamental para acercarse a lo divino --desde la individualidad que se desdobla en totalidad. Añadir la dimensión sacrificial a los actos de la vida diaria se revela como una forma inmejorable para reestablecer la conexión prístina con el corazón de las cosas, el mismo corazón del cielo. Acarrear agua y cortar madera como actos resonantes del cauce originario: el Tao en el vaso de agua. Repetir el mantra:

Magia es pensamiento resonante. El sacrificio presupone esta resonancia universal. Por ello el resultado del sacrificio es siempre incierto: una perpetua ordalía, en la que las fuerzas se enfrentan como sonidos. Y nadies es capaz de delimitar una fuerza, porque sus ramificaciones no tienen fin. Nadie sabe donde termina una fuerza, de la misma manera nadie puede seguir todos los armónicos de un sonido.

El hombre que acarrea agua (y el que que corta la cabeza) es el vehículo de las fuerzas, el eco del Verbo que agitó en las aguas la luz creativa; la iluminación quizás solo sea la porosidad de las fuerzas vitales (el individuo que permite que fluya (en él) el universo). Vasos comunicantes de los procesos naturales sin expectativas: la conciencia de que las ramificaciones no tienen fin y los resultados son inciertos. El calmo éxtasis de ser proceso --más que nombre.  El gozo de de ser río que se reúne.

Las potencias encuentran muchas imágenes --el árbol, la rosa, el loto, la granada, todas formas de la naturaleza --en las que manifestarse. La connexio, por el contrario, para manifestarse necesita de un acto, de un proceso: el sacrificio. Y éste es el único acto que resulta adecuado a algo tan importante, porque contiene en sí la muerte, y en la muerte la matanza, la violencia y la vida que circula. Sacrificio es el acto en el que se resume el proceso del todo.

Aquí quizás yace el quid sublimado del sacrificio, como el humo que asciende a las fosas nasales (astrales) de los dioses. El sacrificio es lo que conecta; el el sacrificio es el punto de engrane en el proceso a través del cual vemos el andamiaje de la interdependencia de todos los fenómenos, el Pratītyasamutpāda (el sacrificio como cosmic glue). Conecta con el todo, porque el sacrificio en un acto se convierte en el todo: en un fractal, en una síntesis, en una metáfora viva de todos los actos. El hombre que sacrifica está reptiendo el nacimiento y la destrucción del universo: esta es la actuación de la belleza enigmática de ser, cada uno, imagen de la totalidad.

Para concluir, a manera de repetición, de resumen del todo, la breve relación que hace J.C. Heesterman del sacrificio védico: de nuevo tú, y en cada momento estás en el centro del teatro cósmico:

El lugar del sacrificio, gracias al código de las conexiones, es idéntico al cosmos. [...]. En el lugar del sacrificio se realiza el drama cósmico de muerte y renacimiento, integración y desintegración, ascenso y caída, y viceversa, en virtud del mismo código de las conexiones, acaba por presionar sobre el macrocosmos. En el centro del mundo sacrificatorio está el sacrificante, en cuyo beneficio los procesos cósmicos son puestos en marcha por los ritualistas, que conocen las conexiones. Así que el mundo entero está centrado sobre el sacrificante, que "se convierte en todo esto" y representa en su persona el drama cósmico. 

 

Leer Primera Parte

Twitter del autor: @alepholos

 

¿Qué es la magia?¿La intención, el lenguaje, la ciencia de dirigir el pensamiento, la naturaleza, el fuego en el agua, el sacrificio? La magia en su acepción más profunda y sencilla es Ser.

 

"Visible things delight us, but the invisible cause mistrust." Corp. Herm. IV. 

Magia es una de las palabras con una mayor variedad de significados, usada y abusada para significar aquella acción  o fuerza no del todo entendida que seduce, transforma o crea sin hacer patente su sistema operativo. En Pijama Surf hemos intentado explorar las diferentes acepciones y hasta dimensiones que la magia evoca. Desde un compilado, casi un glosario de la magia, con definiciones dentro del ocultismo, la filosofía y el tecnochamanismo, hasta una serie de recorridos de la teoría mágica de Aleister Crowley, ligada a la voluntad y a la intención, entre otras.

Ahora es el turno de internarnos al grimorio de la mano de Roberto Calasso, el escritor italiano que, como nadie en nuestra época, ha regresado los dioses al bosque de la literatura, con la más alta escritura conjurando los antiguos sacrificios y arquetipos a reaparecer en la mente colectiva, relumbrantes frutos poéticos (esas manzanas doradas de la primavera y el inframundo). Uno no pensaría en Calasso como una autoridad en ocultismo; pero su erudición y su capacidad de sintetizar conceptos en una narrativa que borra las fronteras entre la realidad y la ficción, lo convierten en una de las voces más serias para hablarnos de la magia.

El tema de la magia es elusivo pero recurrente en la obra de Calasso. En La Ruina de Kasch, esa enigmática obra sobre el sacrificio, el capitalismo, la diplomacia y la magia ritual, Calasso esboza una notable demarcación del territorio encantado de la realidad: ciencia y magia (algo que nos recuerda un poco la idea de Erik Davis de que la magia es el inconsciente de la tecnología)

La división entre los seres platónicos y aristotélicos puede formularse también de otra manera, con una discriminación tal vez aún más precisa: los seres se dividen entre quienes piensan que el mundo se rige por la magia y quienes no lo piensan. Entre los que no lo piensan, muchos tienen el vicio de creer que la magia es una ilusoria práctica operativa (por otra parte interesante pródomo de la ciencia). Pero Wittgenstein lo ha aclarado: no es mágico cómo es el mundo, sino que lo sea.

Puede ser un poco difícil de asimilar la profundidad de lo que señala Wittgenstein en el Tractatus 6.44, y a la vez nos remite a la más pura simplicidad --a lo divino ininteligible (a lo que no necesitamos entender: ser).  La magia no está en la aparatosidad, ni siquiera en el ritual: la magia es identidad con la naturaleza (una naturaleza que siguiendo a Sir Thomas Browne, es el artificio de la divinidad, es por esto que la tecnología es también arte natural). El acto mágico de la creación imbuye todo el universo, como una esencia diseminada en cada átomo: la totalidad en cada parte. Lo mágico es que el mundo sea, es este el sercreto del asombro y del reconocimiento (que une al unicornio con las estrellas). Y acaso esto es una invitación a vivir la magia cotidiana. No es necesario en este sentido diseñar una práctica operativa, sino más bien ceder a la operación mágica que nos atraviesa, y que es el mundo en sí.

Calasso cita a Cieszkowski "el pensamiento es un momento constitutivo de la voluntad, ya que la voluntad y la acción son precisamente el pensamiento que regresa el ser". Aquí, en esta voluntad (que hace eco de Schopenhauer) nos entrelazamos con la visión mágica de Crowley. En Magick in Theory and Practice se dice: “la Magia es la Ciencia de entenderse a sí mismo y las propias condiciones. Es el Arte de aplicar ese entendimiento a la acción" y "todo acto intencional es un acto mágico". El voluntarismo alemán, el ocultismo británico y la arcana mundial coinciden en que querer es originalmente hacer (no hay distinción, en un principio la voz que designa el rayo la aparición del rayo y el dios son lo mismo) --puesto que el mundo es magia.

El mundo es magia como el mundo es ilusión. En su libro sobre mitología de la India, Calasso cita un texto védico en el que Shiva señala: "Maia es magia". Maia, palabra con la misma raíz que “materia”  y que significa también “ilusión”, la ilusión de este mundo material (que desemboca en el moderno concepto de Matrix). Al mismo tiempo Maia es la madre de Buda, el que despierta (un despertar que ocurre quizás ante la conciencia de que la materia no sólo es ilusoria, es mágica). De nuevo esta analogía entre la magia y el maia es enigmática. No es que la magia sea un ilusionismo menor, un sistema de trucos dignos de encantadores de serpientes, sino que el universo entero es una ilusión,  (que el mundo sea) es magia. Es mágico también asumirse como un ser ilusorio, como una entidad onírica que atraviesa dimensiones espectrales, caleidoscópicas e impermanentes --pero sin esperar una trascendencia hacia una dimensión absoluta. "Al universo le gusta jugar", escribió Hakim Bey, en realidad el universo es juego, en el sentido, por antonomasia, en que una ilusión es un juego. Por otro lado esto nos remite al principio védico, gnóstico y hermético de que el mundo es mente: la materia es Maia. Y entonces la máxima realidad es también la de las imágenes e ideas constantemente cambiantes. No es baladí que los aqueos y los troyanos se hayan batido en guerras intestinas por una imagen, un simulacro o una nube (Helena), puesto que el mundo, como sospechaba Platón, es solamente una imagen proyectada desde la eternidad.

"Arte es magia liberada de la mentira de ser verdad",  dijo Teodoro Adorno, la definción más bella del arte, según Calasso. Aquí Adorno libera al arte de una presión irreal de lo verdadero, puesto que todo es una ilusión (magia es maia). Sin los requisitos de crear cosas reales, todo es creable, todo está siendo creado. De nuevo entramos en la dimensión del ilusionista, o mejor dicho del demiurgo. Si el mundo fue creado por un demiurgo, como indica el gnosticismo, entonces no existe la verdad, y entonces todo es posible (todo está permitido). La libertad no se encuentra en la verdad, como dijera San Juan, es la mentira la que "os hará libres".

En La Ruina de Kasch Calasso hace una referencia a la magia simpática que antropólogos como James Frazer han identificado como la magia primitiva, una magia de las correspondencias, que  a la vez se liga con el prinicipio de entrelazamiento cuántico. Escribe Calasso:

Magia es pensamiento resonante. El sacrificio presupone esta resonancia universal. Por ello el resultado del sacrificio es siempre incierto: una perpetua ordalía, en la que las fuerzas se enfrentan como sonidos. Y nadie es capaz de delimitar una fuerza, porque sus ramificaciones no tienen fin. Nadie sabe donde termina una fuerza, de la misma manera nadie puede seguir todos los armónicos de un sonido.

La resonancia es la forma en la que se transmite la información a distancia según la teoría de los campos mórficos del biólogo Rupert Sheldrake. Las fuerzas parecen transmitirse con mayor nitidez entre ondas resonantes. Esto finalmente nos remite a las sampad, las correspondencias originales, "aquello que cae conjuntamente" (esa  gravedad universal que agrupa a los astros en una armonía celeste). En Ka de Calasso:

En torno suyo todo era nuevo y, al girar la mirada,  podía ver aún detrás de las manchas de la vegetación, detrás de las siluetas de las rocas, un número, una palabra, una equivalencia: un estado de la mente que se adhería, se mezclaba con otro estado. Como si cada estado fuese un número. Esta era la equivalencia primera [...]  y entonces vio que la vasta dispersión de todo lo que vivía, y sobre todo moría, podía articularse en relaciones que no se deteriorasen. Lo que ve la mente cuando establece una relación lo ve para siempre.

Entre esas correspondencias hay un magnetismo, que es el magnetismo del amor y de la creación. En Ka, Calasso relata como existe una imagen primordial, el fuego en el agua. Un destello ardiente en la mente, en el vacío. Una llamarada que es una llamada. Una llamada de la diosa al dios, de la energía polar: "un ardor que bullía fuera del cuerpo". Esta fue la aparición de Usas, la Aurora, la divina atracción del Padre Prajapati. "El falo del Padre abría por primera vez una senda en la oscuridad de la Aurora." Esta es la magia orginal, la magia que es el mundo, el acto progenitor. La feminidad, grácil antilope que seduce a la masculinidad, y estremece lo informe para dar a luz. "Esta es la escena  que está detrás de todas las escenas, la escena que cada escena varía, repite, deforma, destroza, recompone, porque de esta escena en la aurora desciende el mundo". Esta misma escena es la escena de "el mirar y el observase, una doble mirada que es el presupuesto de toda magia", el tapas, el ardor (los ojos: la luz en el agua): la muchacha que mira a Shiva (o a Dionisio) pasar por el bosque y lo sigue al río en un rapto. Toda magia es también energía erótica y toda mirada encendida es la mirada prístina del dios que vio a la diosa (y de ahí se hizo el mundo).

El primer estado entre todos, aquel al que se vuelve entre un acontecimiento y el siguiente, como a una última barrera, es el
nacimiento del fuego desde el agua. De Agni desde Soma. El fuego líquido... Por eso la primera forma adoptada por el pensamiento fue la de un bracero sumergido que se expande, un resplandor en el agua.

Por último Calasso en su obra K., una lectura esotérica de El Castillo y El Proceso, contrapone la definición de magia de Franz Kafka:

Es perfectamente imaginable que la magnificiencia de la vida esté dispuesta, siempre en toda plenitud, alrededor de cada uno, pero cubierta de un velo, en las profundidades, invisible, muy lejos. Sin embargo está ahí, no hostil, no a disgusto, no sorda, viene si uno  la llama con la palabra correcta, por su nombre correcto. Es la esencia de la magia, que no crea, sino llama.

Aquí tenemos la idea de que el lenguaje es esencialmente mágico, justamente porque el mundo fue hecho con lenguaje (el Logos, el Verbo); en realidad es el mundo el que es mágico --el mundo es lenguaje, somos código. Pero también la idea de una seducción, de un des-cubrir, de un des-velar. Es el acto de llamar a la diosa a desnudarse. De la revelación de los secretos, del manantial, de la magnificencia. El dictamen de lo suscitativo: el trueno sobre el agua.

Twitter del autor: @alepholo