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¿Ser espiritual es lo mismo que ser religioso?

Por: pijamasurf - 01/28/2013

El dilema entre la materialidad y la espiritualidad tuvo por muchos siglos en la religión su punto de apoyo y soporte, pero ahora que esta se encuentra desacreditada, parece ser posible ser espiritual sin ser religioso. ¿Es así? ¿O se trata de una trampa del pensamiento autorreflexivo?

Para bien o para mal, en su desarrollo civilizatorio la especie humana estableció una diferencia más o menos tajante entre cuerpo y mente, sobre todo en la medida, más o menos evidente, de que uno parece alineado a la materialidad pura y el otro más bien a la abstracción y lo invisible. Nuestro cuerpo, nuestras manos, nuestra piel, nuestros aromas, los podemos ver y sentir, en su sufrimiento y su placer; no así nuestras ideas y pensamientos, que si bien encuentran eventualmente expresión real y física, en el momento de gestarlos no parecen sino elucubraciones vagabundas y fútiles, dispuestas a desaparecer al instante siguiente para ya jamás ser recuperadas

Es probable que esta dicotomía haya animado el desarrollo de la espiritualidad, la creencia en una realidad no material y sin embargo existente que influye en la realidad material y palpable. Así como nuestras ideas y pensamientos se manifiestan en, digamos, nuestros hábitos y nuestras acciones, así también el mundo podría obedecer a fuerzas invisibles que determinan sus fenómenos.

Pero esto que inicialmente se dio como mero impulso epistémico, un esfuerzo cognitivo por explicar el entorno, derivó por el mismo funcionamiento de las sociedades en una institucionalización de la creencia y su transformación en religiones. Dioses, potencias, ritos propiciatorios, jerarquías sacerdotales, libros sagrados y otras prácticas culturales hacia los que se encauzó la espiritualidad que, parece, es parte esencial del ser humano ―sin perder de vista, claro, que esta pretendida “esencia” o “naturaleza” es también, siempre, una construcción cultural.

Con el tiempo sin embargo, y sobre todo por la influencia de la modernidad y su insaciable fagocitación de paradigmas, la religión cayó en desprestigio, y explicar el mundo a través de sus códigos pareció anacrónico, insuficiente e inútil. Entre tres y cuatro siglos duró la paulatina demolición del otrora imponente edificio religioso, hasta reducirlo a la reliquia de tiempos pasados que parece ser en los nuestros.

Y, con todo, la dicotomía persiste. Se argumenta, acaso con razón, que el ser humano puede no ser religioso, pero tiene que ser espiritual. Puede, en efecto, no realizar cotidianamente rituales preestablecidos por una entidad mayor a él (ir a misa, rezar 5 veces de cara a la Meca, observar el sabbath), pero al parecer es contranatural vivir sin ningún tipo de pensamiento trascendente, sin un soporte mental que dé sentido al caos y la contingencia, a lo inexplicable y lo desmesurado.

La nuestra, en efecto, es una época heredera de la razón y la lógica como los únicos recursos válidos para explicar el mundo. Una época donde el amor, por ejemplo, se explica como la conjunción neuroquímica de diversos elementos, y ya no, como se hacía antaño, por la influencia de seres venidos de realidades paralelas y perceptibles solo por los radicales efectos de la pasión amorosa.

La pregunta es si de verdad esto es suficiente y satisfactorio, si de verdad nos basta con saber que el amor es eso, solo una reacción química, y no un fenómeno que trasciende la pobre materialidad de nuestras personas.

Así, huérfanos como nos encontramos de los grandes modelos explicativos como la religión, actualmente no es raro escuchar que alguien se declara “espiritual pero no religioso”, un dilema que a primera vista parece no tener sentido pero que, en efecto, posee su propia lógica.

En el sitio Reality Sandwich, Adam Elenbaas se pregunta por las diferencias entre ambos conceptos para poder discernir si, en efecto, expresan distintas cosas. Escribe Elenbaas:

Hay algunas preguntas que podemos hacernos. ¿Deseamos liberarnos de todas las ataduras de este mundo y salir del ciclo de la reencarnación, para alcanzar la iluminación y el nirvana? Si es así, compartimos la presunción religiosa más fundamental. ¿Creemos que la humanidad está involucrada en estados cada vez más altos de consciencia y en camino hacia la unidad y unicidad? Si es así, compartimos también la más fundamental de las presunciones religiosas. ¿Creemos que se requiere expiación, purga o sanación de las cosas ”bajas” para alcanzar cosas más altas? Si es así, compartimos la presunción de las mayores religiones de nuestro planeta. ¿Anhelamos liberarnos del sufrimiento y la miseria de este cuerpo y este mundo? ¿Sentimos que no pertenecemos aquí? ¿Sentimos que el ego es una ilusión o algo que necesita servir a un ser mayor o reunirse con el todo? Si es así, entonces compartimos las presunciones fundamentales de todas las religiones.

Como se ve, el asunto no es tan sencillo como parece. Pocas veces lo reconocemos, pero la verdad es que estamos moldeados por siglos y siglos de cultura que, imperceptiblemente, forman lo que consideramos nuestras creencias más profundas.

Si existe una solución ―que también puede ser un engaño, una trampa del pensamiento autorreflexivo―, quizá esta radique en la autenticidad y la sinceridad.

¿A qué se refiere la expresión “espiritual pero no religioso”? ¿A un esfuerzo personal intenso por encontrarnos y no perdernos, según sugiere Elenbaas?

Con información de Reality Sandwich

Es urgente que los actuales modelos educativos se adapten a una era en la que la información fluye vertiginosamente; atrás quedó la memorización y la coerción, ahora toca el turno a la innovación y la programación de nuevos paradigmas.

Imagen vía Drapstakes

Hoy sería difícil requerir de una explicación para entender por qué somos miembros activos de la “sociedad de la información”. Actualmente este término, popularizado durante las últimas dos décadas, no es más un abstracto conceptual sino una realidad cotidiana: hoy irradiamos información, sudamos rítmicos flujos de bits, e incluso nuestra auto-percepción está cada vez más definida por esa “naturaleza” informativa.

Esta extrema informatización de la realidad ha impactado en prácticamente todos los rubros de nuestra existencia: desde procesos cognitivos hasta relaciones laborales, pasando por prácticas laborales, comunicación intrafamiliar y contiendas electorales. Pero ¿cómo repercute este fenómeno en el sistema educativo? ¿cómo puede la educación beneficiarse, en lugar de padecer, este escenario propio de la hiper-información?

La educación de ayer

Históricamente la forma tradicional de educar ha evidenciado aspectos cuestionables (sin ignorar que desde hace décadas existen loables alternativas, desde Montessori hasta Waldorf, por mencionar solo algunas). Ya sea por un pobre acercamiento al real entendimiento de cómo funciona la mente humana, a la poca sensibilidad para lidiar con los diversos tipos de personalidades, o a una filosofía cuya ética educativa es poco estimulante –por ejemplo un modelo que favorece la coerción sobre la confianza–, entre muchos otros factores, lo cierto es que millones de niños padecen su vida educativa (y decenas de sociedades se ven afectadas por los bajos niveles educativos).

Pero más allá de los vicios clásicos, y más recurridos, de los sistemas de educación alrededor del mundo, hoy la hiperconectividad exige una rápida revolución en este campo: es fundamental que el actual modelo educativo se adapte a la inédita intensidad con la que se comparte información. Por esta razón los funcionarios y educadores del mundo tienen ante sí un monumental reto: agilizar la característica lentitud de las reformas pertinentes en contraste con el vertiginoso ritmo que rige la transformación de las prácticas informativas. 

Sobre la memoria

La memorización es uno de los aspectos propios de la educación tradicional que caen en flagrante caducidad dentro del nuevo contexto –sin dejar de mencionar que tal vez, el memorizar, nunca debió ser un aspecto prioritario–. Hoy la accesibilidad a la información permite redirigir esos “recursos” mentales de los niños hacia procesos más complejos, y sin duda más estimulantes. “Hoy tenemos acceso en la red a la totalidad de la información de la historia del hombre y sus descubrimientos. Deberíamos hacer más contrastación (sic) en el aula: en vez de pedir que memoricen fechas importantes, quizás sea mejor pedir que comparen procesos o eventos, y analicen consecuencias”, advierte Nick Perkins, especialista en educación, en entrevista para el diario chileno El Mercurio.

La nueva era

Independientemente de que prescindir de la memorización informativa en pro de desarrollar otras aptitudes sea una exigencia actual, existen otras características fundamentales de la ‘nueva era’ que debiese ser tomadas en cuenta. Por ejemplo, concebir a los alumnos ya no solo como consumidores de contenidos, sino como productores de los mismos –e incluso utilizar sus propios contenidos para impartir la enseñanza–. “A veces pregunto en los colegios qué porcentaje del contenido que utilizan para enseñar proviene de los alumnos y me miran como loco. Un niño de octavo que es buen alumno podría escribir material que puede ser usado por niños de tercero. Eso es un buen incentivo para ambos”, enfatiza Perkins.

Y si vamos un paso más allá, entonces tendríamos que remitirnos a lo que propone Douglas Rushkoff en su libro, Program or be Programmed: nos advierte que las nuevas generaciones ni siquiera deben contentarse con ser productores de contenido, ya que deben incluso involucrarse en el diseño (y programación) de las plataformas que distribuirán sus creaciones, y las cuales, si tomamos en cuenta que el medio es, en buena medida el mensaje, son las que determinan una buena porción de los hábitos psicosociales y culturales de la sociedad contemporánea.

Como alguna vez mencionamos en una reseña de este genial ‘manual de emancipación para la sociedad digital’:

“Cada vez que obtenemos un nuevo medio la sociedad en general siempre esta un paso atrás. Cuando el lenguaje fue creado no emergió con ello una sociedad de generadores e discurso sino una de oyentes que se agrupaban en torno a aquellos que realmente dominaban el arte de la palabra. Siglos después el invento del alfabeto escrito no coincidió con el surgimiento de una sociedad de lectores sino de un grupo que se contentaba con sentarse alrededor de los o sacerdotes a escuchar las lecturas que ellos elegían para compartir. Algo similar ocurrió con el invento de la imprenta que, repitiendo la filosofía masiva del “un paso atrás” no presenciamos el nacimiento de una población de escritores sino de lectores que se regocijaban con la divina oportunidad de poder llevar un libro a su intimidad. Y ahora, con el nacimiento de internet, surgió una efusiva masa de generadores de contenido, sin embargo la programación de las herramientas que sirven para distribuir dicho contenido, y que son las que en buena medida definen las pautas psicoculturales, se mantiene a manos de una “élite”. Y por eso dentro de este nuevo medio resulta aún más fundamental conocer como funciona y aprender a manejarlo, a codificarlo, por nosotros mismos ya que ello nos permite combatir los las tendencias socioculturales que no nos benefician como sociedad y, mejor aún,  participar en su diseño.”

Una coyuntura histórica

Al parecer estamos frente a un momento decisivo en cuestiones educativas. Se trata de reformar los actuales modelos apuntando a una enseñanza analítica y no de memorización, que privilegie la innovación por sobre la replica, que transforme radicalmente la auto-percepción de los alumnos, que promueva una ética práctica en lugar del temor a la coerción –entendiendo que la libertad, sin responsabilidad, jamás será realmente libre–, y que permita aprovechar al máximo el delicioso caudal de información al que hoy estamos expuestos, materializándolo, idealmente a corto plazo, en una realidad de bienestar compartido.

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar