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¿Es esta la mejor fotografía aérea de Nueva York jamás tomada?

Arte

Por: pijamasurf - 01/11/2013

Sergey Semonov se hizo acreedor al primer sitio en la categoría amateur del Epson International Photographic Pano Awards por esta toma panorámica de la ciudad de Nueva York, probablemente una de las mejores jamás obtenidas.

La ciudad de Nueva York es probablemente uno de los puntos más emblemáticos de nuestro planeta, un referente en la historia de la civilización humana y especialmente en el capítulo dedicado a las grandes metrópolis.

Recientemente, como parte del Epson International Photographic Pano Awards, el fotógrafo amateur Sergey Semonov fue premiado con el primer lugar por esta impresionante toma aérea de la ciudad de Nueva York. Semonov fue capaz de conseguir esta imagen porque trabaja en una pequeña empresa de aeronáutica llamada AirPano, que viaja por el mundo creando panoramas 3D como este que compitió en el concurso mencionado.

“Tomo panorámicas, esferas desde un helicópetero, panoramas en gigapixeles, así como manipulación en Photoshop, y preparo las fotos para que se impriman en un gran tamaño y organizo exhibiciones fotográficas”, dice Semonov a propósito de su labor, que, como se ve, excede un poco la reducida categoría de lo “amateur”.

Este, por cierto, es el sitio de AirPano, donde pueden encontrarse tomas de otras ciudades como Dubai, monumentos insignes como el puente Golden Gate o maravillas naturales como los Alpes. En el caso de la imagen de Nueva York, puedes hacer clic sobre ella para ampliarla.

[The Atlantic]

¿Los lectores de determinados libros o autores existen incluso antes de encontrarse con estos? ¿Hay factores de personalidad, de comportamiento, de contexto social, que nos encaminan inevitablemente a ciertas lecturas?

«¿Fui yo algo o en alguna parte?»

San Agustín, Confesiones (I, vi, 9)

La biografía literaria y, en general, lectora de una persona proporciona un buen acercamiento a lo que esta es, a su manera de pensar y a eso que alguna vez se entendió como “visión de mundo”: la singular y al mismo tiempo diversa manera que adoptamos para ser y estar en este mundo.

Es cierto que, un poco a la manera de Borges, que como método creativo perseguía esos momentos y circunstancias únicas en que se cifra, a veces inesperadamente, la esencia de una vida, casi cualquier hábito puede hablar por nosotros de quiénes somos. Pensemos también en Sherlock Holmes y ese procedimiento suyo de descifrar, por ejemplo, en las manchas sobre un sombrero, en el desgaste de un bastón, la profesión o el lugar de residencia de alguien a quien, por otro lado, desconoce totalmente.

Sin embargo, en el caso de los libros, ese fragmento de nuestro ser que se revela es, me parece, mucho más significativo. El camino azaroso que marcan nuestras lecturas nos lleva —a nosotros que lo recordamos con la memoria, a otros que lo rastrean por cuenta propia— a regiones especiales de nuestra existencia misma, a situaciones emotivas y memorables, ligados como están los libros, casi siempre, a circunstancias que los trascienden pero que al mismo tiempo no serían posibles sin ellos. El libro ha sido, históricamente, obsequio y talismán, carta y mensaje codificado, herramienta útil y motivo de regocijo y placer que se agota en sí mismo, pretexto para reunirse y conversar y también para aislarse y no convivir más que con la ficción misma, de ahí que, cuando se mira un libro, cuando se le considera desde esa perspectiva casi cartográfica, sea posible también decir en qué punto de nuestra vida nos encontrábamos al leerlo, cómo se ató a los significantes vitales que nos sostenían en ese momento.

Y si bien esto puede parecer relativamente obvio para muchos, mi pregunta es si ese azar al que aludí antes es efectivo, si los libros que de veras importan llegan a nosotros casualmente o si de algún modo estábamos predestinados a encontrarnos con ellos, si, en este sentido, existen factores psicológicos, de personalidad, sociales incluso, que nos encaminan inevitablemente a determinados títulos y autores, esos irrenunciables que una vez descubiertos ya nunca abandonamos —y, felizmente, tampoco nos abandonan.

Si este es el caso, entonces el lector de Proust existe antes de leer a Proust: hay en él algo, o mucho, que hacía mera cuestión de tiempo la lectura de, digamos, En busca del tiempo perdido. Puede ser un asunto de crianza y de intereses personales, una suma de miradas y gestos que hicieron de él un introvertido para quien el mucho tiempo empleado en la lectura solitaria y silenciosa no es, nunca, lamentable, un aristócrata equivocado de época que solo de esta manera satisface su necesidad de esnobismo, un obsesivo de la erudición que lo mismo llegaría al Quijote que a Guerra y paz que a Crimen y castigo, sin dar más o menos importancia a ninguno. Si la hipótesis es cierta, el lector de Proust existe antes de leer a Proust: al menos en el ámbito lector, su biografía pasa eventual y necesariamente por esa estación.

Pero este argumento incluso puede exagerarse y decir, aunque suene absurdo, que el lector de Proust existe incluso sin que nunca lea a Proust, porque los grandes escritores pueden mirarse como arquetipos de la naturaleza humana, exploradores de la vida interior —porque todo, absolutamente todo, en algún punto no es más que vida interior— que llevaron al límite esencias determinadas de lo que significa ser humano, espejos donde, en cierto momento, cualquiera puede encontrarse, así sea parcialmente.

La predestinación, en este caso, no sería más que el encuentro de una suerte de hermano espiritual o intelectual, psicológico, que nos comprende al tiempo que nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos.

Algo tiene de Proust el lector de Proust para que pueda existir incluso si pasa toda su vida sin leer a Proust.

Imagen: Fotografía de la instalación aMAZEme, de Marcos Saboya y Gualter Pupo (Londres, julio de 2012; REUTERS/Olivia Harris)

Twitter del autor: @saturnesco