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Cada estación del año tiene sus signos particulares de identidad: en otoño, las hojas que transitan de tonos verdes a los ocres del declive y la senectud. ¿Pero por qué, biológicamente, sucede esto?

Oleksiy Kovyrin/flickr

La clara diferenciación entre estaciones, la identidad que cada una tiene, es uno de los fenómenos naturales que, por ser tan evidentes, ha acompañado por más tiempo la relación del hombre con su entorno. Entre las estaciones y la humanidad ha existido una relación elemental, inicialmente de supervivencia, que sin embargo también ha evolucionado a representaciones mucho más elaboradas: la lozanía de la primavera, el ardor del verano, el declive del otoño, la desolación del invierno, se han tomado como las etapas sucesivas de la vida, y también como la promesa de que, al repetirse estas en un ciclo que pareciera interminable, algún día también asistiremos a la renovación de todas las cosas.

La facilidad con que se establecen estas metáforas se debe, como decíamos anteriormente, a que cada estación posee signos específicos que la distinguen de las otras tres. En el caso del otoño, uno de estos es el cambio de color que sucede en las hojas de los árboles, su inadvertido tránsito del verde estival a los tonos ocres de dicha temporada.

Biológicamente, esto se debe a la interacción de los tres pigmentos más importantes de las hojas: la clorofila, los carotenoides y las antocianinas.

La clorofila, la sustancia más conocida, absorbe la energía de la luz roja y la luz azul (y refleja el verde), con tribuyendo de esta manera en las reacciones químicas propias de la fotosíntesis. En primavera y verano es la sustancia más importante en las células de las hojas, de ahí el color que estas tienen durante dichas estaciones.

Sin embargo, conforme el año avanza y la Tierra cambia de posición con respecto al Sol, con los días acortándose en la misma medida en que las noches se alargan y la temperatura ambiental descendiendo, los árboles disminuyen su producción de clorofila y, por lo mismo, la poca que quedaba en las hojas comienza un proceso de descomposición que lleva a la pérdida del color verde que antes poseían.

Asimismo, dado que la clorofila se descompone mucho más rápido que los carotenoides, estos la suplen en la fotosíntesis en sus funciones de absorción de luz, solo que enfocados en puntos distintos del espectro lumínico: los carotenoides absorben principalmente luz con la longitud de onda del azul-verde, es decir, luz que cuando la reflejan parece amarilla.

En cierto casos, cuando los carotenoides también empiezan a ser destruidos al interior de las células, surge el color café que caracteriza el otoño de algunos árboles como el roble o el castaño, esto por la oxidación de los taninos, químicos orgánicos de sabor y olor amargo que también se han asociado con mecanismos de defensa naturales de las plantas.

En cuanto a las antocianinas, estas absorben las luces azul, azul-verde,  y verde, y la que reflejan puede ser escarlata e incluso purpúrea. Algunas investigaciones sugieren que su producción se ve estimulada con el frío pero en condiciones soleadas y su combinación con el nivel de carotenoides presentes en las hojas puede dar a estas matices que van de lo dorado al naranja y el carmesí.

Por supuesto en este fenómeno, como en casi todos los que pertenecen al mundo, la consecuencia obedece a una multitud de causas, entre las cuales se cuentan la temperatura ambiente, la humedad, el pH y e incluso el suelo donde se encuentra el árbol, pero al parecer el factor más significativo para el color de las hojas en otoño se encuentra en esta triada de sustancias orgánicas.

[io9]

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Por: pijamasurf - 11/09/2012

El comportamiento del moho de fango o moho mucilanigoso podría redefinir lo que consideramos cómo inteligencia y el soporte físico que necesita para desarrollarse

Difícilmente se consideraría al moho del fango como un ser inteligente, arrastrándose gelatinosamente por los árboles y el musgo en un proceso que uno pensaría tiene mucho de automático.

Una especie de estas amibas unicelulares, clasificadas dentro del grupo de los protistas (una clase "de todo lo que realmente no entendemos"), la Physarum polycephalum amarilla puede resolver laberintos, mimetizar los planos de una red de transporte hecha por el hombre y seleccionar la comida más sana de un diverso menú --todo esto sin tener un cerebro o un sistema nervioso. "Los mohos del fango están redefiniendo lo que necesitas para calificar como inteligente", dice Chris Reid de la Universidad de Sydney.

Aunque P. polycephalum actúa frecuentemente como una colonia cooperativa de individuos, de hecho pasa la mayor parte de su vida como una única célula que contiene millones de núcleos, pequeños paquetes de ADN, proteínas y enzimas. Este célula única es una maestra metamórfica. Durante su vida este moho cambia de apariencia dependiendo de dónde y cómo esté creciendo: en el bosque se engorda en gigantescos globos amarillos o permanece discreta como una mancha de mostaza a un lado de una hoja; en un laboratorio se esparce como un coral --o una red neural.

En el laboratorio se ha descubierto que el moho logra retraer sus "ramas" de corredores sin salida, creciendo solamente a lo largo del camino más corto entre dos piezas de comida.

Reid y sus colegas descubrieron recientemente que este moho navega su ambiente de manera más sofisticada de lo que se creía. Al moverse deja una baba translúcida que a su vez evita las áreas obstaculizantes a las que ya ha viajado. Esta baba extracelular es una forma de memoria externalizada que recuerda al moho explorar un lugar nuevo.

Pero la capacidad de desdoblarse por el espacio de esta singular especie, que evolucionó hace por lo menos 600 millones de años, cuando no existían sistemas nerviosos, lo lleva incluso a recrear en miniatura la red de carreteras de Canadá, España, el Reino Unido y lo red ferroviaria de Tokio en miniatura. Cuando los investigadores colocaron pedazos de comida en las mismas posiciones que grandes ciudades, al principio los mohos de fango abracaron todo el mapa comestible. Días después se habían adelgazado dejando ramas interconectadas de babosa que unía los pedazos de comida casi exactamente de la misma forma que los caminos hechos por el hombre.

Otros experimentos muestran que esta especie también tiene una memoria temporal y que es capaz de seleccionar el alimento más nutritivo dentro de un menú nuevo y cambiante.

El modelo de inteligencia de este moho parece redefinir lo que es la inteligencia y la memoria: quizás estas no necesariamente se ubiquen en el cerebro, sino que existan integralmente en un sistema, en el cuerpo gelatinoso del moho que se divide y expande o en el mismo espacio en el que se mueve--una memoria inherente en la naturaleza que sintoniza.

[Nature]