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Google: mapa del inconsciente colectivo (¿qué nos dicen de nuestra civilización las búsquedas realizadas?)

Medios y Tecnología

Por: Javier Raya - 11/01/2012

¿Qué dice de nuestra cultura, de nuestra sociedad, de este momento histórico, algo aparentemente tan trivial como los textos con los que Google sugiere de inmediato completar nuestra búsqueda?

En la prehistoria del Internet dos compañías se disputaban el liderazgo en el incipiente negocio de los motores de búsqueda, Google y Yahoo. De este último casi nadie se acuerda (aunque aún exista algún despistado que tenga cuenta de correo con ellos), pero el mundo como lo conocemos e inventamos día a día sería impensable sin Google. ¿Tienes una duda?, no te preocupes: escríbela en el gran oráculo de Google y la respuesta te encontrará —no puede hacer otra cosa, su famoso algoritmo está diseñado para eso. ¿No recuerdas la dirección de correo electrónico de alguien? No importa, si alguna vez te ha enviado o les has enviado un email su dirección está almacenada en tu Gmail. Podríamos seguir así con otros servicios de la compañía y tendríamos, grosso modo, una cartografía del Internet: Chrome, Maps, Gtalk, Reader, YouTube e incluso Android para nuestros dispositivos portátiles. Pero, ¿podría Google decirnos algo sobre los seres humanos actuales a pesar de sí mismo, o, para decirlo de otro modo, podría Google hacer un retrato involuntario de la sociedad postindustrial en que vivimos?

Cuando introducimos las primeras palabras de una búsqueda en Google, la función de autocompletar arroja búsquedas estadísticamente frecuentes entre los usuarios, algunas veces, con cómicos efectos. Fue en uno de estos ejercicios donde caí en cuenta que Google parece saber más sobre nosotros que los obsoletos gurús del marketing. Si bien es cierto que los resultados arrojados se determinan por el tipo de formulaciones que el usuario realice (así como de su nivel socioeconómico, la geografía y otra serie de variables demográficas), para cada una hay sugerencias graciosas, deslumbradoras o simplemente interesantes por lo que revelan de los usuarios. Por ejemplo, si ingresamos la formulación de pregunta “cómo hago para”, la función de autocompletar agrega

1) “—que me salga barba”,
2) “—desbloquear mi cuenta de Hotmail”,
3) “—que no se vean mis amigos en Facebook”,
4) “—tener gemelos.”

Los resultados, por azarosos que pudieran parecer, dicen mucho sobre el estilo de vida en la civilización actual. Es por eso que trataremos de ver en estas aparentemente inocentes sugerencias algunos rasgos de nuestra forma de hacer comunidad y sobre los registros o huellas que colectivamente conformamos en nuestras prácticas en Internet.

 

—que me salga barba

Suponemos que los cientos o miles de personas que han buscado “cómo hago para que me salga barba” deben ser predominantemente hombres —hombres que, puesto que no tienen barba, deben estar en el duro trance de la adolescencia. La adolescencia, esa deferencia que tiene para consigo misma la clase media, ese periodo donde la incertidumbre con respecto al futuro puede experimentarse con total impunidad (a excepción de otros periodos históricos y otro tipo de sociedades y clases sociales) es precisamente el periodo donde la avidez de la atracción sexual comienza a hacer fiestas en los pantalones de los que hace poco fueron niños. Si un adolescente hombre pregunta cómo hacer para tener vello facial es probablemente porque desea identificarse con los atributos simbólicos asociados a la barba: hombría, virilidad o la simple ligereza de quien no tiene que gastar un centavo en navajas de afeitar. Con todo, es posible que el deseo por tener una barba que no se tiene pueda deberse sobre todo a percibirse a sí mismos como hombres, y con ello, acceder al universo simbólico en el que no serán vistos más como niños.

 

—desbloquear mi cuenta de Hotmail

Otro de los grandes emporios del Internet es MSN, quienes lideraron durante años el servicio de correo electrónico con Hotmail y de comunicación instantánea con Messenger a principios del siglo XXI. Pero con la irrupción de nuevas maneras de comunicarse y estar en contacto como Twitter, Facebook y correos electrónicos tan eficientes como Gmail, mucha gente comenzó a dejar de utilizar el correo electrónico de MSN, o lo utilizan (como es mi caso) para dárselo a gente de la que no queremos saber nada, o igualmente para registrarnos en algunos servicios en línea, volviéndolo un enorme tiradero virtual de notificaciones, boletines de noticias, códigos de confirmación y toneladas de correo no deseado. El problema viene cuando sabemos que nos han enviado algo importante a Hotmail y no podemos recordar la estúpida contraseña con que dimos de alta nuestro correo hace muchos, muchos años. Ya se trate de un cambio generacional o tecnológico, Google en sus resultados sugeridos advierte también sobre el cambio de nuestros hábitos en línea y nuestras preocupaciones relacionadas con estos.

 

—que no se vean mis amigos en Facebook

Otra muestra de lo anterior es la gente que ha buscado maneras para que gente non grata sea incapaz de saber quiénes integran nuestra lista de contactos de Facebook. Desde que decimos “amigos de Facebook” estamos siendo demasiado optimistas: muchos son familiares, contactos de trabajo, antiguos compañeros de colegio, en fin, una cantidad de rostros dentro de un libro, libro según el cual estamos a seis contactos o grados de distancia de virtualmente cualquier otra persona en el planeta. Pero es posible que nuestros verdaderos y queridos amigos se encuentren también en Facebook (a menos que cultiven el olvidado arte de la discreción o sean auténticos misántropos), y que deseemos protegerlos de las irrupciones de gente desconocida.

Más allá de las maneras en que Facebook mismo permite personalizar los niveles de privacidad y visibilidad de nuestra cuenta, me parece sintomática la paradoja de que la gente busque maneras de volver un espacio casi por definición “público” como el Internet en pequeñas parcelas privadas, donde queden a resguardo de merodeadores y stalkers. Este resultado también da cuenta de la preocupación por la seguridad que se vive en distintos países del mundo, sobre todo desde que los medios masivos (especialmente los noticieros por televisión) han construido la percepción de que Internet es un sitio sumamente inseguro para ir a solas; en parte es cierto, pues con el conocimiento técnico y creativo suficiente uno puede conocer toda la información que una persona haya puesto en un sitio de Internet (incluso se sabe que Anonymous filtró los datos personales del infame oficial de policía que roció la cara de unos chicos con un spray de pimienta en Occupy Wall Street, me parece), pero creo que la angustia de los usuarios por mantener a resguardo su información no tiene que ver tanto con el riesgo de ser secuestrado o molestado virtualmente, sino con una visión desmedida sobre el propio ego, rasgo que podría ser definitorio de nuestra civilización: pasamos tanto tiempo personalizando las páginas y aplicaciones que usamos que, de pronto, parece como si todo dispositivo electrónico nos hablara precisamente a nosotros.

En un plano práctico esto es visible en los AdWords de Google en Gmail o en ciertas páginas que los utilizan, y en el plano obsceno, es audible en Siri de iPhone, voz computarizada que, como el algoritmo de búsquedas de Google, se va adecuando a tus búsquedas, intereses, recurrencias, obsesiones y haciéndote creer único por el hecho de que un dispositivo electrónico te conozca mejor que nadie.

 

—tener gemelos

Además de estas proyecciones fantaseadas que hacemos sobre nuestro propio yo, el tener hijos es una forma, para muchas personas, de realizar algo que puedan percibir como trascendente en sus propias vidas. La gente tiene hijos por las más diversas razones: descuidos con los métodos anticonceptivos, presiones familiares, tradición, delirios religiosos, y pareciera que la función reproductiva queda relegada a un ámbito ínfimo y secundario. Es por eso que si consideramos lo dicho anteriormente sobre la proyección idealizada del yo en los hijos y el hecho de que Google consigne en sus sugerencias para “cómo hago para” que una preocupación muy recurrente es el lograr engendrar gemelos, tenemos otra Polaroid del mundo actual: ¿por qué procrear sólo un mini me si puedo tener dos en el mismo viaje? Y de ahí, señores, sólo hay un paso para tener nuestro propio ejército de clones y conquistar la galaxia.
La hipótesis final es que Google está haciendo algo que anteriormente hizo el cine: no representan la proyección o la solución de nuestros deseos y problemas, sino que son en sí mismas lo que debemos desear, nos dicen que desear y cómo, aparentemente, conseguirlo. Si a partir del inconsciente freudiano Carl Jung desarrolló el concepto de inconsciente colectivo (la estructura persistente en las civilizaciones humanas que, a la manera de un lenguaje, registra y transmite a través de las generaciones residuos simbólicos que se manifiestan en el arte, el comportamiento social y la imaginación sin pasar por el filtro de la razón conciente), no sería descabellado pensar que el rizoma o tramado de puntos que conecta las subjetividades humanas puede funcionar de manera similar al algoritmo de búsqueda de Google: un sistema simbólico sumamente dúctil y adaptable que contiene, como un aleph borgeano, el estado de una civilización en un determinado momento. En este caso el de la nuestra.

Twitter del autor: @javier_raya

Aunque en apariencia sencilla, la habilidad para saber buscar en Google implica otras que de algún modo recuerdan la curiosidad renacentista y enciclopédica para interesarse lo mismo por los temas serios que por las trivialidades de este mundo.

Interior de una habitación de redes, Google Data Centers

Para muchas personas, en todo el mundo, a todas horas, Google es el medio de acceso a la información con el cual interactúan más cada día. Antes que recurrir a una persona, a un libro, a un periódico o a algún otro recurso de almacenamiento y difusión de información, se abre un navegador de Internet y se teclea directamente en Google, antes incluso que otros buscadores, aquello que se desea encontrar.

Solo que esto último no es así de simple, es decir, a menos que se trate de un término de búsqueda sumamente preciso ―quizá el ejemplo más cabal a este respecto sean los nombres propios: de un sitio, un ingrediente de cocina, una planta, etc.―, esta se realiza sobre todo por aproximación, enumerando y sumando las palabras que, creemos, cercan siempre un poco mejor el horizonte del buscador.

O al menos ese sería un buen procedimiento a seguir. Porque aquí es donde, me parece, comienzan las preguntas. ¿Así es como buscamos todos? Supongo que no. Testimonios que de repente se difunden en Internet demuestran que algunas personas se acercan a Google con la misma actitud de quien, en una película o una versión caricaturizada, entra en contacto con un adivino: como si se tratase de una entidad humana, el campo del buscador recibe la pregunta textual del desolado ignorante en cierta materia. Esto es particularmente evidente en el caso de una enfermedad, situación en la que Google adopta el papel del médico a quien se le pregunta directamente qué hacer para curarse la tos o el dolor de estómago que se siente en ese instante.

Este acercamiento, sin embargo, es un tanto erróneo, pues aunque creación humana, el mayor buscador del mundo, y el más efectivo, es en esencia un robot, uno que estrictamente nada sabe de arqueología o de bacterias, de historia antigua o de cómo preparar cuscús, que a cada instante trata con información pero no con el contenido de esa información. Se trata un poco, para establecer un símil acaso injusto, de una especie de bibliotecario ciego y un tanto improbable que sabe dónde está el libro que pide una persona pero es incapaz de saber por sí mismo de qué trata ese libro.

En años recientes, claro, Google ha ganado en esa cualidad de la inteligencia artificial que se califica de “intuitiva”, pero, diré so riesgo de equivocarme, a fin de cuentas esta sigue siendo un cúmulo de algoritmos que el robot sigue para identificar información que está relacionada entre sí, pero no se trata de un proceso deductivo que haga entender a Google por qué quien busca “mayas” también podría estar buscando información sobre el fin del mundo.

Quizá por eso, aunque parece una acción elemental, saber buscar en Google no es después de todo una habilidad tan simple. Para las búsquedas comunes, que hacen miles de personas todos los días, puede ser que, por la ley que genera el hábito, los resultados deseados sean también los primeros en aparecer, pero en búsquedas más específicas la probabilidad de que esto último suceda es baja.

Google se revela especial, sorprendentemente efectivo, cuando llegamos a resultados que coinciden exactamente con lo que esperábamos encontrar o que sobrepasan, para bien, dichas expectativas.

¿Cómo sucede esto? Pienso que cuando la tarea de preguntar, de buscar, la hace menos Google que quien se encuentra del otro lado de la computadora. Lo que he querido decir hasta este punto es que, posiblemente, saber buscar en Google es la única habilidad necesaria en nuestra época porque no se trata, en modo alguno, de una habilidad menor.

“Je ne cherche pas. Je trouve", se dice que dijo Picasso en alguna ocasión: porque al buscar lo verdaderamente importante es hacerlo sabiendo de antemano lo que se quiere encontrar. Lo cual no es necesariamente una contradicción: la supuesta capacidad intuitiva de la inteligencia artificial es originalmente nuestra: la capacidad para seguir un rastro, ofrecer pistas, fabricarlas incluso por medio del razonamiento, establecer patrones, para ponderar y elegir la que se vislumbra como la mejor alternativa.

Cuando después de un término de búsqueda se teclean otros dos o tres, en cada uno de ellos están implicadas otras capacidades, habilidades y adquisiciones como la memoria y el conocimiento previo que se tiene de un tema, la facilidad para realizar síntesis y analogías, para cruzar campos semánticos distintos y encontrar zonas comunes y de contacto, el acervo lexicográfico y, en suma, una especie de espíritu renacentista y enciclopédico ―tan mal visto por ciertos sectores en las últimas décadas― que encuentra una correspondencia casi perfecta con la figura del bibliotecario que encarna Google.

Hay quien ingenuamente cree que ya no es necesario leer, ver las noticias, ir a la escuela, platicar con gente interesante e informada, conocedora de temas específicos, asistir a cursos y conferencias, visitar las librerías y llevarse un libro solo porque un detalle resultó atractivo (el título, la portada, la cuarta de forros) y del cual nada se sabía hasta entonces, leer revistas especializadas o las banales que se encuentran en un consultorio médico, ver películas y documentales y asistir a la ópera, hojear catálogos y recetarios y manuales para entrenar perros o aprender a jugar ajedrez, sentir curiosidad lo mismo por cosas serias que por las trivialidades del mundo, o cualquier otra actividad de adquisición de conocimiento que, felizmente, va en contra de ese injusto encasillamiento al que intentan condenarnos los mecanismos epistémicos de la modernidad. Para muchos todo esto es inútil cuando se tiene a la mano una computadora con acceso a Internet, que al parecer es todo lo que se necesita lo mismo para conocer el significado de una frase en mandarín que el número y nombre de las constelaciones que se observan esta temporada en el Hemisferio Sur.

¿Pero esto es cierto? ¿Cómo sabría por dónde empezar quien ni siquiera tiene una sola idea clara de lo quiere encontrar?

Twitter del autor: @saturnesco