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Creer que algo se mueve cuando en realidad se encuentra fijo es una de las ilusiones ópticas conocidas más antiguas que se conocen, experimentada y descrita por el propio Aristóteles en la antigüedad griega; aquí una posible explicación —y ejemplo— de este perturbador juego óptico y cerebral.

 

Las ilusiones ópticas son uno de los trucos más llamativos para trastocar nuestra percepción: ligadas indeleblemente a nuestros sentidos y la manera en que nuestro cerebro aprehende el mundo, su fascinación radica justamente en la puesta en duda de estos mecanismos que usualmente creemos imperturbables.

En la historia de las ilusiones ópticas, algunas bastantes antiguas, se encuentra una que en su tiempo fue descubierta y descrita por Aristóteles: la ilusión del movimiento como efecto secundario, el fenómeno un tanto simple, pero no sencillo, en el cual parece que algo se encuentra en movimiento cuando en realidad está fijo. En el caso del filósofo griego, él notó que después de mirar por cierto tempo una corriente de agua, cuando pasaba la vista a las rocas inmóviles que se encontraban cerca, parecía que estas seguían el curso del río.

Con el tiempo, psicólogos y neurólogos han explicado el efecto de la siguiente manera: cuando algo se mueve en nuestro campo visual, las células de la retina dan cuenta al cerebro del hecho. Este primer paquete de información viaja con rapidez, pero si el movimiento es monótono y repetitivo, entonces la velocidad de transferencia de información desciende. Después, cuando estímulo se retira —es decir, si dejamos de ver lo que se está moviendo— las células que procesan el movimiento siguen fatigadas y envían la información con una velocidad todavía por debajo de los niveles normales. Sin embargo, las células que registran la referencia, el contexto, el movimiento en otras direcciones, cumplen sus funciones con normalidad, por lo cual el movimiento del primer referente aparece falsificado y en una dirección opuesta.

Esa es una de las teorías más aceptadas al respecto, aunque otras sugieren cierto periodo de ralentización del cerebro durante el cual este tarda en adaptarse de un tipo de movimiento a otro.

En el video que acompaña esta nota, puedes experimentar la ilusión del movimiento como efecto secundario en una manera similar a como posiblemente la vio Aristóteles.

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