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Discapacitado reclama a político el lugar reservado de estacionamiento; este le revienta las llantas

Política

Por: pijamasurf - 10/07/2012

En Italia, un miembro del Popolo della Libertà, el partido de Silvio Berlusconi, no soportó que un hombre discapacitado le pidiera quitar su automóvil del lugar reservado para quienes padecen esta condición y, como respuesta, reventó con un cuchillo dos neumáticos del otro vehículo.

Para desgracia de los italianos, la corrupción de sus políticos en uno de los rasgos que los distingue ante el resto de mundo. A partir del nefasto ejemplo de Silvio Berlusconi, que dedicó varios años a fijar la tradición del cinismo y el escándalo públicos amparado en el poder de su investidura, la clase política italiano ha ido descendiendo en una espiral de soberbia que termina perjudicando a sus gobernados.

En un claro ejemplo de esta actitud, Antonio Piazza, un miembro del partido que preside Berlusconi, Popolo della Libertà, fue sorprendido por el sistema de videovigilancia de Lecco (una ciudad en Lombardía, al norte de Milán) reventando las llantas de un automóvil, un modesto Renault perteneciente a un hombre que tuvo el atrevimiento de denunciar al político por estacionarse durante tres años en el lugar reservado para las personas con alguna discapacidad motriz.

El denunciante mismo, Giuseppe Scuderi, es discapacitado, por lo que se encontraba en todo su derecho de reclamar para sí el lugar de estacionamiento ocupado por el ostentoso Jaguar de Piazza; luego de pedírselo educadamente y ante la iracunda reacción del político, Scuderi se vio obligado a pedir el auxilio de la policía, uno de cuyos agentes le concedió la razón y obligó a Piazza a mover su vehículo y pagar una multa de 80 euros.

Con esto Scuderi creyó poner fin a más de 3 años de abuso, tiempo durante el cual Piazza estacionó siempre su automóvil en el lugar reservado solo porque este queda a pie del lugar donde despacha.

Pero para Piazza el incidente no terminó ahí. Un par de horas después de discutir con el hombre y supuestamente haberse retirado, bajó sus oficinas con cuchillo en mano y, olvidando el sistema de circuito cerrado de televisión, desinfló y dejó inutilizados los dos neumáticos frontales del otro automóvil.

Luego de ser exhibido en tan arrogante y despreciable acción, el político se disculpó públicamente diciendo que había sido presa de un ataque de ira y que “hay personas que hacen peores cosas”.

[Telegraph]

¿Por qué los estadounidenses son tan fáciles de manipular? (¿Solo ellos?)

Política

Por: pijamasurf - 10/07/2012

Conductismo y consumismo son dos ideologías y modos de ser y estar en un mundo dominado por el afán de ganancia que se corresponden en la construcción de sujetos maleables que fáciles de controlar y manipular, un modelo cultural que aunque parece exclusivo de Estados Unidos, es exportado a tantos países como llegue el modelo capitalista.

De algún modo no parece casualidad que Estados Unidos sea la principal fuente de teorías de la conspiración e hipótesis que tienen todas como rasgo común la idea de un poder superior que manipula la realidad colectiva para hacer cumplir su voluntad sin que nadie, a excepción de unos cuantos “paranoicos”, lo note ni lo impida: en una sociedad con tan alto grado de industrialización y sofisticación de la vida cotidiana, la simulación parece una consecuencia previsible. Fue justamente a partir de un viaje a la Unión Americana que Jean Baudrillard, uno de los filósofos más lúcidos de las últimas décadas, consolidó sus ideas sobre la presencia del simulacro en los mecanismos sociales por los cuales se construye la [hiper]realidad.

“La corporatización de una sociedad requiere de una población que acepte el control de la autoridad, por eso cuando los psicólogos y los psiquiatras comenzaron a proveer técnicas que pudieran controlar a la población, la corporatocracia abrazó a los profesionales de la salud mental”, escribe Bruce E. Levine al inicio de un artículo publicado en el sitio Alternet en el que se pregunta por qué los estadounidenses son tan fáciles de manipular y controlar.

Levine traza la historia de los profesionales de la mente que, comenzando con el famoso padre del conductismo B.F. Skinner, centraron su labor en descifrar los supuestos mecanismos por los cuales el control masivo de la población sería no una fantasía totalitaria sino una realidad asequible, sin importar que estos “descubrimientos” atentaran contra la ética de su profesión e incluso contra circunstancias mucho más trascendentes como la democracia misma. Justificados en la felicidad y la igualdad —como ya lo imaginaran los utopistas del Renacimiento— los psicólogos de mediados del siglo XX buscaban la normalización de todos los individuos, la homogeneización de una sociedad entera, como antecedente necesario e irrenunciable para suprimir la posibilidad de alteración y conflicto.

Desde la perspectiva del conductismo y su concepto del condicionamiento operante —una variación del “clásico” acuñado por Ivan Pavlov en el que un estímulo produce siempre una misma respuesta— la dinámica individual, y por ende la social, solo obedece al refuerzo positivo o al negativo, a las recompensas o los castigos, al dinero o los electroshocks, en el salón de clases o el lugar de trabajo, la sala familiar o la vía pública.

Imprevisiblemente, en las últimas décadas del siglo XX el conductismo encontró una enorme resonancia con otro de los modos de ser y estar en el mundo más característicos de esta época: el consumismo. Expresión neta, íntima, del capitalismo, la compulsión a consumir, tan necesaria para el sistema, se consolidó gracias a algunas de las premisas más elementales de la corriente psicológica fundada por Skinner, extendiéndose a ámbitos más allá de lo meramente económico. “El comprador, el estudiante, el trabajador y el votante son todos para el consumismo y el conductismo la misma cosa: objetos condicionables, pasivos”, escribe Levine, identificando esa relación de igualdad entre personas y objetos que al final terminan, ambos, convertidos en mercancías disponibles para su compra-venta.

Individuos controlados, mansos, cumplen fácilmente propósitos planteados de antemano. La pregunta, claro, es quién fija estos propósitos. Y, en una sociedad como la nuestra, la respuesta es sencilla: quien pueda pagar por los servicios de los científicos que prometen dicho control social.

Alfie Kohn, por ejemplo, escritor que se ha enfocado en temas como la paternidad, la educación y el comportamiento humano, ha documentado cómo la modificación del comportamiento es mucho más factible en personas dependientes, sin poder, infantilizadas, aburridas e institucionalizadas —de ahí que sean justamente estas características la que las autoridades buscan diseminar entre la población. Igualmente, según las investigaciones de Morton Deutsch, el condicionamiento se facilita en personas a quienes les desagrada lo que están haciendo. Por último, la probabilidad de enfrentar un desafío está en función de la dificultad de este y la magnitud de la recompensa que se obtendrá el completarlo (se trata de las calificaciones en la escuela o el salario en el trabajo).

Sin embargo, la naturaleza de la democracia, su dinamismo intrínseco, se confronta directamente con el conductismo. La existencia de muchas opciones, la capacidad de elección, los incentivos para que sea el propio individuo y su comunidad quienes transformen su realidad inmediata, son circunstancias que contradicen la búsqueda del control y la manipulación masivos por parte de una élite que necesita de estos para generar sus ganancias y conseguir sus fines particulares.

Por desgracia, esta no es una realidad que pertenezca a una época pasada o un país que no sea el nuestro. Se trata de un sistema económico y cultural, amplio, que trasciende fronteras y mientras se revele exitoso —apariencia de éxito debido a la falta de modelos alternativos— persistirá en el tiempo y será exportado a toda sociedad que funciones bajo la lógica capitalista.

[Alternet]