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Las inocentes tomas de comida, mascotas, atardeceres y amigos que caracterizan la red social de fotografías Instagram, conviven ahora con otras sexualmente explícitas o francamente pornográficas que revelan la fuerte presencia del sexo tanto en nuestra vida diaria como en Internet.

El sexo, como impulso vital, es una de las fuerzas más presentes en nuestra vida, aunque por desgracia los artificios de la civilización la sublimen y la atemperen, le impongan una máscara o un velo que la intenta hacer pasar desapercibida y disimularla. Sin embargo, tan potente como es, esta presencia primigenia irrumpe en cualquier ocasión en que se le permita, así sea con el pretexto más endeble o inesperado.

O así, al menos, es como podríamos comprender lo que está sucediendo al interior de Instagram, la popular red social de fotografías que ofrece la posibilidad de utilizar filtros como los que antaño usaban los fotógrafos profesionales, aunque las imágenes se tomen con un smartphone.

Recientemente, sin embargo, las inocentes tomas de la vida diaria (la comida, los amigos, las mascotas, los motivos más triviales y recurrentes de los usuarios) conviven con otras de contenido sexualmente explícito que, agrupadas casi siempre con la denominación "sexagram", navegan en las redes donde se hacen públicas estas imágenes.

Esto, por supuesto, viola los términos de uso del producto, que prohíbe tajantemente la desnudez completa o parcial y los cuerpos en poses sugerentes. Lo cual no ha impedido que pechos femeninos, genitales y parejas en pleno acto sexual se muestren agrupados bajo etiquetas (hashtags en el caso de Twitter) como #instasex, #sextagram y otros afines.

Si el sexo es uno de los motores que mueve al mundo, con un universo de más de 80 millones de usuarios, el surgimiento de este fenómeno parecía solo cuestión de tiempo (aunque también habría que señalar que el arte erótico de fotógrafos amateurs exaltados por las facilidades de la tecnología también tiene su veta incipiente). Igualmente debemos tomar en cuenta la enorme importancia que la pornografía tiene para Internet.

Por su parte un vocero de Instagram aseguró que el principal aliado para combatir esta situación es el propio usuario, quien puede marcar como inapropiada toda imagen que le disguste y que justificadamente crea que debe ser retirada de la red.

[Daily Mail]

La televisora inglesa Channel 4 transmitirá un programa en el busca investigar el uso terapéutico del MDMA (o éxtasis) en la depresión, abriendo un interesante debate sobre las relaciones entre las drogas (un tema tabú en las sociedades occidentales) y el poderoso medio de formación de conciencias que es la televisión.

Keith Allen en Drugs Live: The Ecstasy Trial

Entre las reglas éticas de las transmisiones por televisión una de las más respetadas es aquella que prohíbe toda muestra de consumo de drogas en la pantalla (en algunos casos incluso algunas socialmente toleradas como el alcohol o el cigarro). Una manifestación de una realidad mucho más profunda: el hecho de que las drogas son todavía un tabú respetado y temido en las sociedades occidentales.

Sin embargo, algunas cadenas inglesas han comenzado a contravenir esta regla. El Channel 4, por ejemplo, está por lanzar al aire una emisión en que se investigan los posibles efectos positivos del MDMA en el tratamiento de la depresión. Igualmente el mes pasado, la misma televisora pública transmitió en vivo un “rave” para “celebrar la historia de la cultura de la danza”.

En el programa se mostrarán resonancias magnéticas de personas a quienes, en vivo, se les administrará MDMA, intentando probar que esta droga puede aliviar la depresión sin necesariamente generar un estado alterado de conciencia. MDMA es la abreviatura para metilendioximetanfetamina y su denominación más conocida y popular es “éxtasis”.

 

Las pruebas estuvieron supervisadas por David Nutt, académico y antiguo asesor del gobierno británico en el tema de drogas, quien fue despedido del servicio público por declarar que las políticas gubernamentales en este asunto pocas veces se apegan a la evidencia que aportan estudios científicos.

Además de posibles consecuencias legales, las críticas se han enfocado sobre todo en la supuesta “glamourización” que la televisora está efectuando sobre la droga, rodeándola de un aura aceptable e incluso elogiable que usualmente no tiene y que, por el contrario, en el discurso hegemónico está lleno de significados negativos.

Esta, sin embargo, no sería la primera vez en que televisión y consumo de drogas se hermanan en una exhibición compartida. Ya en la década de los 50, en un capítulo de Panorama (programa de la BBC que se ha transmitido desde entonces), el Dr. Humphry Osmond se administró una dosis de 400mg de mezcalina, esto acorde con sus investigaciones psicológicas sobre el potencial terapéutico de los alucinógenos. Y aunque el capítulo nunca fue puesto al aire, al menos el antecedente existe (Osmond, por cierto, fue el mismo que administró la dosis de mezcalina a Aldous Huxley que suscitaría el libro The Doors of Perception).

 

Asimismo, pocos años después de este suceso, una supuesta “ama de casa” fue grabada mientras describía su experiencia con una dosis de LSD y, más recientemente, el actor Zach Galifianakis fumó marihuana durante un programa de debate sobre la despenalización de las drogas en Estados Unidos.

 

 

 

Ahora bien, siguiendo la argumentación de Ian Steadman, del sitio Wired, estos ejemplos pueden tomarse como otras tantas manifestaciones de las perspectivas enfrentadas con que una sociedad entiende las drogas, las prácticas irreconciliables con que algunos las intentan hacer parte de la cotidianidad y otros intentan, por el contrario, ignorarlas o negarlas.

En los 50 —escribe Steadman—, las drogas alucinógenas eran una cosa nueva para la mayoría de los médicos e investigadores, y las investigaciones miraban justamente hacia qué tan lejos podían llegar para expandir la mente humana. Galifianakis, por el otro lado, está haciendo un planteamiento político en una emisora de televisión que probablemente no le dio el permiso para hacerlo.

Así, la televisión adquiere inesperadamente el carácter de un exhibidor donde, por una parte, el observador atento descubre los valores que se intentan imponer o subvertir en un tema en particular y, por el otro, el gran público que recibe y consume pasivamente, sin reflexión, estos mismos contenidos, se forma en dichas prácticas.

[Wired]