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El semen posee una proteína que promueve la ovulación y mejora el estado de ánimo de las mujeres

Salud

Por: pijamasurf - 08/30/2012

El semen no solo es el transporte para los espermatozoides, también es un precursor de la ovulación femenina.

Hace varios años, un estudio de la Universidad de Albany reveló la relación existente entre el estado de ánimo de las mujeres y sus prácticas sexuales. Los resultados fueron sorprendentes: aquellas que  regularmente tuvieron sexo oral  sin protección, resultaron más felices en comparación a las que lo practicaron con preservativo.

Los autores del estudio sugirieron que el semen puede modificar el estado de ánimo. Después de todo, contiene estrona, oxcitocina, cortisol, serotonina y melatonina, químicos estrechamente ligados a la felicidad, lo que hace suponer que el semen puede tener propiedades antidepresivas.

Sin embargo, un nuevo estudio liderado por Gregg Adams descubrió nuevas propiedades en el semen: una proteína llamada Factor de Inducción de la Ovulación (OIF, por sus siglas en inglés) que envía señales al cerebro  para liberar hormonas femeninas. Estas hormonas luego configuran el cuerpo para ovular, sin importar la etapa del periodo en que la mujer se encuentre. La sorpresa para Adams fue que había observado este fenómeno en camellos y, ahora, en seres humanos.

Gregg y sus colegas han demostrado que esta proteína ayuda a estimular la ovulación en mamíferos como koalas, conejos, gatos y, por supuesto, el ser humano; esto implica que la proteína también podría determinar la fertilidad e infertilidad en las mujeres. Así que además de ser conductor de espermatozoides, el líquido seminal también promueve la ovulación a través de un mecanismo que hasta hace poco la ciencia desconocía.

 [Big think]

La neurología del Salmo 137: una maldición de colapso cerebral en clave poético-religiosa

Salud

Por: pijamasurf - 08/30/2012

La utilidad del lenguaje poético como recurso para comprender la realidad se hace patente en el Salmo 137, en el cual neurólogos brasileños reconocen una descripción clara de los síntomas de un ataque cerebral clásico.

En cierta forma, el discurso científico es una “expansión” del lenguaje colectivo con que aprehendemos el mundo. Sus teorías, sus hipótesis, los conceptos acuñados en sus procedimientos y conclusiones, son pequeñas adiciones que develan zonas desconocidas de nuestra realidad al mismo tiempo que les imponen un nombre de uso, una manera de asirlas para manejarlas.

Pero antes de la consolidación de la ciencia como método predominante para investigar la realidad, el ser humano se enfrentaba ya a fenómenos que solo siglos después los científicos reclamarían como suyos. ¿Qué hacían entonces nuestros ancestros? ¿De qué manera explicaban lo que les sucedía y sin embargo, en un primer momento, no entendían?

Una de esas formas se encontraba en el lenguaje poético. La poesía —vinculada aún íntimamente con la religión y con la intervención de potencias metahumanas— era un recurso para volver próximo lo lejano, para hacerlo asequible y comprensible.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el Salmo 137, el cual puede leerse como uno de los testimonios más antiguos de un ataque cerebral, el cual, en sus versículos 5 y 6, dice:

Si me olvido de ti, Jerusalén,

que se me paralice la mano derecha;

 

que se me pegue la lengua al paladar

si no me acuerdo de ti,

si no pongo a Jerusalén

en la cumbre de mis alegrías.

De acuerdo con investigadores brasileños de la Universidad Estatal de Sao Paulo, “el significado de estos Salmos sería una invocación de un castigo, que podría corresponder a un accidente vascular de la arteria cerebral media izquierda, llevando a afasia motora con hemiplejia derecha”.

El pasaje no es del todo claro, pero todas las traducciones coinciden en que la “maldición” para aquellos que olvidaren Jerusalén, afecta el lado derecho del cuerpo, con especificidades —como la de la lengua pegada al paladar— que se corresponden indeleblemente con la afasia motora. En suma, un cuadro que cualquier neurólogo consideraría “clásico” de ataque cerebral.

Por otro lado, la concepción de este mal como un “castigo divino” también es consistente con la creencia bastante extendida en las culturas de la antigüedad de que las enfermedades cerebrales eran provocadas por la intervención directa de una divinidad: “A quien los dioses destruyen, primero enloquecen”, reza una célebre consigna atribuida a Eurípides.

Traducción del salmo tomada de este sitio.

Consulta el artículo "Stroke in ancient times: a reinterpretation of Psalms 137:5,6" en este enlace.

Imagen: Mouse/flickr

[Mind Hacks]