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TOP 9: los libros más controvertidos (y bellos) que cambiaron la historia de la ciencia

Arte

Por: pijamasurf - 07/07/2012

Un top con 9 de los libros más importantes de la historia de la ciencia, en los cuales se da la comunión armónica entre la importancia de su contenido y la belleza de su aspecto exterior.

El libro ha sido, casi desde su invención, uno de los objetos más hermosos a los que pueda dar origen el ser humano. Umbral y síntesis, condensación y vector, el libro es al mismo tiempo meta consumada y punto de arranque, reunión de conocimiento y estímulo para la generación de nuevas dudas, premisas, preguntas e inquisiciones de ese proceso infinito que llamamos razonamiento humano.

Sin embargo, como buena metáfora de que la belleza es, de ordinario, solo un accidente, la compañera de una esencia mucho más profunda e importante, a este valor estético de ciertos libros puede añadirse su impacto en el curso de la historia de las ideas, su trascendencia como parte de nuestro desarrollo intelectual colectivo y nuestro esfuerzo por comprender el mundo que nos rodea.

En este top, elaborado originalmente por Tanya Lewis para el sitio Wired, se muestran 9 de los libros cuyo destino fue ser bellos pero también notables, “hermosos y malditos”, según la fórmula de Francis Scott Fitzgerald, sobre todo si tomamos en cuenta que en casi todos los casos su publicación representó un desafío a las ideas y valores establecidos de su época.

 

 

  • De revolutionibus orbium coelestium, Nicolás Copérnico, 1543

Punto de quiebre de la modernidad, señero de una nueva forma de pensar el mundo, ofensa al narcisismo de nuestra especie (Freud dixit), Sobre la revolución de los orbes celestiales se publicó casi póstumamente, pues Copérnico espero casi hasta el final de su vida para autorizar su impresión. Esta, por cierto, corrió a cargo del impresor alemán Johannes Petreius.

 

  • Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, Galileo Galilei, 1632

Casi un siglo después, Galileo recogió la herencia científica de Copérnico para elaborar sus Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, en el cual confrontaba por medio de tres personajes las principales ideas en torno al orden del universo: por un lado la visión copernicana (vanguardista para la época) y, por el otro, la dogmática posición de los ptolemaicos. Recordemos que a Galileo se le acusó de satirizar al mismísimo papa Urbano VIII en uno de estos partícipes de la pretendida ficción dialogada, aquel al que, encima, bautizó con el nombre de "Simplicio". Como sabemos, por este hecho Galileo estuvo a punto de perder la vida e incluso tuvo que sobrellevar una dura sentencia.

 

  • Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, Isaac Newton, 1687

Otro momento crucial en las ciencias naturales cuya fuerza duró casi tres siglos, fue el que nació en el momento en que Sir Isaac Newton dio a conocer sus Principios matemáticos de la filosofía natural, sólidos fundamentos de la física clásica donde se exponen nociones tan conocidas como las tres leyes del movimiento o la ley de gravitación universal. Es más que admirable que un solo hombre haya tenido la capacidad para comprender el universo mismo con semejante lucidez y perspicacia.

 

On the Origin of Species, Charles Darwin, 1859

De la nada, nada, reza el apotegma clásico que, además, parece animar la obra y los esfuerzos de Charles Darwin en el campo de la biología. Demostrando que todos los seres vivos (incluido el hombre) provienen de un organismo que les precedió en el tiempo y en el espacio, Darwin contribuyó a defenestrar toda intercesión que no fuera exclusivamente material de este proceso generativo. En la historia de su publicación destaca el éxito casi inmediato que On the Origin of Species tuvo entre los lectores ingleses, agotándose casi 5 mil copias en poco más de 3 meses.

 

Micrographia, Robert Hooke, 1665

Perteneciente también al ámbito de los seres vivos, la Micrographia de Robert Hooke ofreció al mundo un atisbo de ese microcosmos que es la realidad celular. De hecho la obra de Hooke es la primera en que se utilizó este término, "célula", para designar dicha estructura biológica. Trabajo pionero de la investigación microscópica, Micrographia fue el primer libro de veras importante editado por la Royal Society. Las detalladas e impresionantes ilustraciones corrieron a cargo del propio Hooke.

 

  • Anatomy: Descriptive and Surgical, Henry Gray, 1858

La célebre Anatomía de Gray es otro de los libros es los que parece difícil valorar más su importancia en el curso de la ciencia (la medicina, en este caso) o sus cualidades estéticas. Los trazos sin los cuales, quizá, la repercusión de esta obra no habría sido el mismo fueron responsabilidad del artista Henry Vandyke Carter.

 

  • Traité élémentaire de chimie, Antoine Lavoisier, 1789

La sistematización más ordenada y rigurosa que se hiciera jamás en la ciencia química, fue obra de Antoine Lavoisier, cuyo Tratado sepultó falsas concepciones que se tenían en este campo de conocimiento y de donde se extendían también a otros, sembrando la confusión y la ignorancia. 

 

 

  • Principios de química, Dmitri Mendeleev, 1868–1870

Como si encarnarse uno de esos taxonomistas de la antigüedad, un obsesivo clasificador de las cosas del mundo, el ruso Mendeleev desarrolló la tabla periódica de los elementos químicos mientras se encontraba escribiendo sus Principios de química. Para desgracia suya, su labor no fue reconocida sino hasta varios años después de su muerte, cuando sus pronósticos a propósito de nuevos elementos que, según su clasificación, se descubrirían, se revelaron acertados.

 

A Treatise on Electricity and Magnetism, James Clerk Maxwell, 1873

Esta lista termina con una pareja fuerzas físicas que se encuentran entre las más enigmáticas de la naturaleza: la electricidad y el magnetismo, que el escocés James Clerk Maxwell descubrió íntimamente ligadas entre sí, como nacidas de un mismo corazón a pesar de sus manifestaciones tan divergentes. Las ecuaciones expuestas en su Tratado tiene fama de ser poco comprensibles aun para los especialistas.

[Wired]

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La lectura, como una adicción, es un comportamiento que puede desbordarse y exceder las fronteras de los libros y la palabra escrita, convirtiéndose en el método único con que se intenta comprender el mundo.

Érik Desmazières: La Salle des planètes (ilustración para "La biblioteca de Babel" de  J. L. Borges)

Si algo me gusta hacer en este mundo, es leer. Descontado otros placeres obvios, quizá ninguno que me satisfaga tanto personalmente como leer: asombrarme con el desarrollo narrativo de una historia, con el uso del lenguaje de un autor, con la imagen lograda de un poeta, encontrar las conexiones secretas y quién sabe si intencionales entre el libro que leo y un libro que leí en el pasado, redescubrir recuerdos gracias a una palabra leída que los revive en mi memoria o sentir el nacimiento de una nueva idea a partir de otra distinta; asistir, finalmente, a esa paulatina y momentánea suplantación de mi mundo y aun de quien soy por esa otra realidad que surge de las líneas y las páginas que recorro.

Pero, como en tantas otras aficiones y divergencias, no creo ser el único que conciba de este modo el ejercicio de la lectura. De ahí que piense también que, para algunos, leer es más que un hábito y se convierte en el método principal con que se intenta comprender el mundo, aprehenderlo y fijarlo en sus detalles y su vastedad, en la compleja suma y superposición de significados con que se nos entrega.

¿A qué me refiero? A un hecho que incluso podría considerarse al borde del tópico literario: la intelección del mundo como un libro, leer la realidad con los mismos recursos con que se lee una página escrita.

Digo al borde porque no han sido pocos los que han comparado al mundo con un libro, figura que se ha vuelto simplona de tan usada y que poco o nada profundiza más allá de la colocación de ambas realidades en el mismo plano de sentido.

Quiero pensar que yo voy un poco más lejos al considerar que, en efecto, algunos siguen (o seguimos) los mismos patrones mentales y de comportamiento cuando leemos que cuando nos enfrentamos a la realidad, los mismos cuando tenemos los ojos puestos sobre las páginas de un libro que, aparentemente, fuera de estas: tomar notas, señalar lo que no entendemos, releer el pasaje que se nos dificulta o aquel que tanto nos complace, abandonar la lectura por fatiga o persistir por entusiasmo, etc. Así, exagerando un poco la proposición, podría decirse que nuestros hábitos de lectura son también nuestros hábitos de entendimiento ―acaso nada más que una variación del celebérrimo apotegma de Wittgenstein: «Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje».

Ahora quisiera aportar evidencia de lo que expongo, pero me es imposible. Al menos no con el valor usual, práctico, que se espera de una prueba. Mi único recurso a la mano es referir veladamente la circunstancia anecdótica que me hizo pensar en todo esto, con la esperanza de que no suene absurdo ni ilógico a la mayoría.

El enamoramiento es quizá el mejor estado para comprobar que la lectura es para algunos su primer y único método de supervivencia en este mundo. Pienso que algunos se enamoran solo para sentirse en medio de ese caudal impetuoso de significados que se arremolina en torno a ellos mismos, al ser del cual se enamoraron y, sobre todo, a las muchas realidades y ensoñaciones que se agitan en torno a ambos. Los gestos, las suposiciones, los celos, la esperanza, son solo conceptos e ideas que por comodidad (y acaso salud mental) nos ayudan a agrupar en grandes categorías esa realidad incomprensible por definición que es la pasión amorosa.

Si esto es cierto, un tipo especial de personas encontrarían en el enamoramiento el goce por la página última que no se deja leer ni descifrar.

Pero me detengo, porque siento que estoy a punto de perder el rumbo. Además, puede ser que todo esto no haya sido más que la tortuosa divagación de un melancólico: «Para el personaje nacido bajo el signo de Saturno, el verdadero impulso cuando lo están mirando es bajar los ojos, y contemplar un rincón. Mejor aún: se puede inclinar la cabeza sobre el libro de notas. O colocar la cabeza tras la pared de un libro» (Susan Sontag).

Twitter del autor: @saturnesco