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El genial rap de Juice Media sobre el descubrimiento del bosón de Higgs y la teología de la física

Arte

Por: pijamasurf - 07/14/2012

Desde Australia llega el nuevo episodio de Rap News: las paradojas del bosón de Higgs, el fuego de Prometeo encendido por la física y los nuevos mitos de la ciencia

Ya hemos escrito un par de veces sobre el brillante noticiero de Juice Media que ataca cuetsiones de actualidad desde un ángulo refrescante, cargado de poesía y una mirada crítica difícil de encontrar en algún otro medio. La comedia es a veces lo que más se acerca a la verdad, explorando una nueva dimensión del entendimiento. En este caos el reportero camaleónico Robert Foser entrevista a Scott Ridley, un científico del CERN que no oculta su entusiasmo para describir el descubrimiento de una partícula meta-microscópica que tiene la cualidad cuasi-divina de otorgar masa a toda la materia.  Y en un laboratorio de 10 mil millones de dólares, debajo de la tierra, en Suiza, los científicos encienden el fuego de Prometeo. Los físicos decodifican el hipertexto del universo, las claves dejadas por la antigua radiación.

Rap News, como nosotros en este artículo, se pregunta si la ciencia moderna, en su intento de penetrar los secretos del cosmos, no está ocupando la misma zona en nuestra mente que el pensamiento religioso: "¿Es el big bang nuestro nuevo mito de creacion?" ¿y la física la nueva teología?

La rapsodia concluye con un verso que evoca la psicología cuántica de Robert Anton Wilson, ¿lo que conocemos es una realidad objetiva o un reflejo de la inquisición de nuestra mente?

[¿Acaso no es fácil de olvidar mientras nuestra odisea continúa desdoblándose que las respuestas que el universo eventualmente elige revelar parecen depender totalmente de las preguntas que hacemos?]

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La lectura, como una adicción, es un comportamiento que puede desbordarse y exceder las fronteras de los libros y la palabra escrita, convirtiéndose en el método único con que se intenta comprender el mundo.

Érik Desmazières: La Salle des planètes (ilustración para "La biblioteca de Babel" de  J. L. Borges)

Si algo me gusta hacer en este mundo, es leer. Descontado otros placeres obvios, quizá ninguno que me satisfaga tanto personalmente como leer: asombrarme con el desarrollo narrativo de una historia, con el uso del lenguaje de un autor, con la imagen lograda de un poeta, encontrar las conexiones secretas y quién sabe si intencionales entre el libro que leo y un libro que leí en el pasado, redescubrir recuerdos gracias a una palabra leída que los revive en mi memoria o sentir el nacimiento de una nueva idea a partir de otra distinta; asistir, finalmente, a esa paulatina y momentánea suplantación de mi mundo y aun de quien soy por esa otra realidad que surge de las líneas y las páginas que recorro.

Pero, como en tantas otras aficiones y divergencias, no creo ser el único que conciba de este modo el ejercicio de la lectura. De ahí que piense también que, para algunos, leer es más que un hábito y se convierte en el método principal con que se intenta comprender el mundo, aprehenderlo y fijarlo en sus detalles y su vastedad, en la compleja suma y superposición de significados con que se nos entrega.

¿A qué me refiero? A un hecho que incluso podría considerarse al borde del tópico literario: la intelección del mundo como un libro, leer la realidad con los mismos recursos con que se lee una página escrita.

Digo al borde porque no han sido pocos los que han comparado al mundo con un libro, figura que se ha vuelto simplona de tan usada y que poco o nada profundiza más allá de la colocación de ambas realidades en el mismo plano de sentido.

Quiero pensar que yo voy un poco más lejos al considerar que, en efecto, algunos siguen (o seguimos) los mismos patrones mentales y de comportamiento cuando leemos que cuando nos enfrentamos a la realidad, los mismos cuando tenemos los ojos puestos sobre las páginas de un libro que, aparentemente, fuera de estas: tomar notas, señalar lo que no entendemos, releer el pasaje que se nos dificulta o aquel que tanto nos complace, abandonar la lectura por fatiga o persistir por entusiasmo, etc. Así, exagerando un poco la proposición, podría decirse que nuestros hábitos de lectura son también nuestros hábitos de entendimiento ―acaso nada más que una variación del celebérrimo apotegma de Wittgenstein: «Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje».

Ahora quisiera aportar evidencia de lo que expongo, pero me es imposible. Al menos no con el valor usual, práctico, que se espera de una prueba. Mi único recurso a la mano es referir veladamente la circunstancia anecdótica que me hizo pensar en todo esto, con la esperanza de que no suene absurdo ni ilógico a la mayoría.

El enamoramiento es quizá el mejor estado para comprobar que la lectura es para algunos su primer y único método de supervivencia en este mundo. Pienso que algunos se enamoran solo para sentirse en medio de ese caudal impetuoso de significados que se arremolina en torno a ellos mismos, al ser del cual se enamoraron y, sobre todo, a las muchas realidades y ensoñaciones que se agitan en torno a ambos. Los gestos, las suposiciones, los celos, la esperanza, son solo conceptos e ideas que por comodidad (y acaso salud mental) nos ayudan a agrupar en grandes categorías esa realidad incomprensible por definición que es la pasión amorosa.

Si esto es cierto, un tipo especial de personas encontrarían en el enamoramiento el goce por la página última que no se deja leer ni descifrar.

Pero me detengo, porque siento que estoy a punto de perder el rumbo. Además, puede ser que todo esto no haya sido más que la tortuosa divagación de un melancólico: «Para el personaje nacido bajo el signo de Saturno, el verdadero impulso cuando lo están mirando es bajar los ojos, y contemplar un rincón. Mejor aún: se puede inclinar la cabeza sobre el libro de notas. O colocar la cabeza tras la pared de un libro» (Susan Sontag).

Twitter del autor: @saturnesco