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"En busca del tiempo perdido" es uno de esos títulos clásicos que, como dijera Mark Twain, muchos quisieran haber leído pero pocos leen realmente. ¿Qué se necesita para iniciar y sostenerse en esta que es la mayor de las obras proustianas?

Gaelle Kermen / Flickr

Llevo poco más de un año leyendo En busca del tiempo perdido: por perezoso, por desorganizado, tal vez porque trabajo de más. Los primeros tomos los leí relativamente rápido. “Por el camino de Swann” lo terminé la víspera de un 27 de diciembre, día de San Juan Evangelista y también de mi cumpleaños: llegué entonces a los 24. Cuando estampé la fecha al reverso de la última página, recordé algo que Jaime Torres Bodet dice al principio de su estudio sobre Proust, que él antes de los 25 había leído todo lo que entonces se había publicado del francés: por supuesto la Recherche, el Jean Santeuil y quizá también los ensayos y apuntes que ahora conocemos como Pastiches et mélanges. Yo me dije entonces que me bastaría, me sentiría satisfecho, si con la misma edad pudiera terminar la Búsqueda. Y casi lo logro, de no ser porque conseguí empleo. Así el mundo y sus demandas.

Por estos días recién comencé la última parte, “El tiempo recobrado”, lo cual me alegra secretamente y, al mismo tiempo, hacia el exterior, hace que me pregunte qué se necesita para leer a Proust.

A veces, cuando platico con amigos sobre lo que estoy leyendo, algunos de ellos me han expresado su curiosidad o su inquietud por leer a Proust. Porque, como todo título canónico, clásico, la Búsqueda es uno de esos must que ciertas personas piensan como una meta borrosa pero deseable, una ambición difícil de concretar pero que, pese a todo, se cree más o menos indispensable para el acervo personal de cultura literaria.

Pero con la mayor de las obras proustianas se cumple al pie de la letra la famosa definición de libro clásico atribuida a Mark Twain: un libro que muchos alaban y quisieran haber leído pero que pocos leen en realidad. Tal vez lo que cabe aclarar es que muchos de estos libros que se reconocen unánimemente por su genio literario, comparten también un espíritu caprichoso y no siempre simpático para todos los lectores. Como si se tratara de un raro evento astronómico, hay libros que requieren también una alineación especial y a veces azarosa de circunstancias, temperamentos, ánimos y otros detalles mínimos que, conjugados, anudan imprevisiblemente al lector con el texto. Sin este vínculo, sin este puente común, parece imposible que alguien disfrute leer a Proust (o a Cervantes, a San Agustín, a Kafka, a tantos otros, aunque quizá no muchos).

Así, parece evidente que, en el caso de la Búsqueda, el primer requisito para iniciar y sostenerse en su lectura sea haber experimentado antes ese contacto íntimo entre el lector y la literatura, esa comunión inefable entre un libro y una persona, la cual, por otra parte, frecuentemente se expresa bajo la forma del placer. Quien no haya sentido el placer que da la lectura, difícilmente se sentirá cómodo en un universo que es literatura en bruto como el de la Recherche.

¿El primer requisito? Quizá el único. Porque los otros no son sucesivos, sino paralelos, volando en torno a este como las abejas que regresan al panal a depositar el fruto de sus libaciones.

Mucha soledad: la suficiente como para establecer con un libro una relación de amistad mucho más viva y constante que la que se tiene con cualquier persona, como para volver a él con la misma actitud de quien señala varias de sus tardes de todas las semanas para visitar a un amigo enfermo.

Quizá, también, un espíritu afín al de Proust: frágil, temeroso, enfermizo, cautivo de un miedo tan descomunal como la desmesura del mundo.

Se necesita sentir cierto desdén, cierto aburrimiento por el mundo y sus monótonas repeticiones. Una especie de nihil novum sub sole innato que hace preferir las páginas de los libros por sobre las cosas que pasan allá afuera.

Paradójicamente, también hace falta el gusto por la intriga y la lágrima melosa, escudarse en la alta cultura (como se hace también con la ópera) para entregarse sin culpa al folletín y la telenovela.

Tiempo. Y, parafraseando a Alfonso Reyes, posaderas.

Saber que la homosexualidad es únicamente una de las formas del deseo: «En lo personal encontraba absolutamente indiferente desde el punto de vista de la moral que se buscara el placer con un hombre o con una mujer, y muy natural y muy humano que se buscara donde se pudiera encontrar» (“Albertine disparue”).

Un poco de tedio, un poco de melancolía.

Un poco de desamor y despecho.

Tal vez mucha tristeza.

Twitter del autor: @saturnesco

¿Renunciarías al sexo a cambio de alguna de estas 7 cosas?

Por: pijamasurf - 06/18/2012

Según diversos estudios y encuestas, no son pocas las personas que renunciarían a sostener relaciones sexuales a cambio de cosas tan disímiles como un iPhone, una conexión a Internet o dejar de llevar libros voluminosos consigo.

Aunque nuestra cultura contemporánea privilegia el sexo sobre muchos otros comportamientos, posesiones y demás, en lo personal no son pocos quienes renunciarían a su ejercicio y las satisfacciones que este conlleva a cambio de otros bienes muy específicos.

Así, de acuerdo a diversas encuestas, el sexo no está por encima de cosas como un iPhone, un cuerpo escultural o una buena noche de sueño reparador, incluso por algo tan simplón como revisar el Facebook.

En el primer caso, el del tan valorado teléfono de la firma Apple, una encuesta dada a conocer por la compañía en el quinto aniversario del gadget, el pasado 18 de junio, 15 personas de cada 100 preferirían pasar un fin de semana sin sexo a un fin de semana separadas de su iPhone.

Por otro lado, el sexo también lo utilizaría como moneda de cambio 68% de las mujeres con tal de conseguir una mejor figura. Esto según las revistas SHAPE y FitSugar, cuya encuesta reveló que dicha proporción pasaría un mes sin relaciones sexuales con tal de lucir perfectas en bikini.

The Better Sleep Council, una organización sin fines de lucro que estudia los hábitos de sueño entre la población estadounidense, encontró que un 12% de estos prefería una noche de tranquilidad y descanso a una de desenfreno carnal.

Sin mucha sorpresa, Internet es también un rival notable de las delicias que da el sexo, pues ahora su importancia es tal que, de acuerdo con el Boston Consulting Group, 21% de personas serían capaces de renunciar a 1 año de sexo si a cambio se les diera 1 año de acceso a Internet. Y, todavía más inesperado, 2 de cada 10 mujeres encuestada por la revista Cosmopolitan consideraron mucho más soportable una semana sin sexo que una semana sin poder saber qué han posteado sus amigos en Facebook.

Como se ve, se trata de intercambiar un placer por otro. Y dentro de estos quizá ninguno tan elemental como la comida. Apenas en febrero pasado la revista Bon Appetit encontró que 3 de 4 personas, ¡el 75%!, están dispuestas a canjear una relación íntima por su platillo favorito.

Finalmente, una cuarta parte del agobiado sector de los estudiantes universitarios aceptó que si le dieran a escoger entre el sexo y dejar de llevar voluminosos libros consigo, se inclinarían sin duda por esto último.

 Ahora quizá la pregunta sea si estas personas que se dicen dispuestas a renunciar al sexo a cambio de otro bien "mayor", respondieron tal cosa por la "distancia psicológica" relacionada con el autocontrol de la que habla Kentaro Fujita, y según la cual es mucho más fácil que alguien tome una decisión donde demuestra autocontrol, cuando piensa que el asunto a resolver se encuentra distante en el tiempo.

[Huffington Post]