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Genial video realizado por Corea del Norte explora la propaganda y la manipulación cultural de Estados Unidos

Política

Por: pijamasurf - 06/02/2012

Video norcoreano expone los mecanismos propagandísticos de la cultura hipermediatizada de Estados Unidos, la ilusión de la democracia y el poder corporativo que hace de los ciudadanos consumidores empedernidos.

 Una joya de comunicación política realizada por Corea del Norte expone la propaganda habitual que inunda la atmósfera electrónica de una cultura como la de Estados Unidos. En inglés se dice  "it takes one to know one", algo que se traduce vagamante "sólo uno de se condición puede reconocer a otro". Esto aplica perfectamente a este caso: un estado como el norcoreano que atiborra de propaganda  a sus ciudadanos es capaz de identificar con gran claridad los mecanismos con los que opera la democracia propaganda en Estados Unidos. Difícilmente los estadounidenses reconocerían, dentro del acuario de la mediósfera, que los fashion shows de Victoria's Secret o los partidos de la NFL son parte de un aparato propagandístico, pero estas imágenes --y los comportamientos que provocan-- vistos desde una óptica foránea  se revelan inequívocamente como los signos de una sofisticada manipulación --que hace del público programado una masa primitiva.

"La misión de la propaganda es mantener a las personas enfrente de sus televisiones, leyendo revistas de chisme, comiendo vastas cantidades de comida tóxica y siempre  de shopping en búsquedas de las últimas modas y tendencias... cualquier cosa que impida que las masas se autoorganicen y se hagan preguntas sobre lo que en realidad maquinan sus amos", dice la voz en off del documental.

Desde la óptica norcoreana el siglo 20 ha visto el surgimiento de tres grandes fuerzas: "la democracia, el poder corporativo, y la propaganda corporativa como forma de proteger al poder corporativo de la democracia". Nótese que al mismo tiempo que se promueve la democracia se usa la propaganda para proteger a las corporaciones de la verdadera democracia, permitiendo que operen al margen de la ley y exploten a las masas.

"El 1% ha amaestrado el uso de la propaganda convirtiendo en esclavos consumistas que trabajan duro para comprar cosas que no necesitan y pagan impuestos que son usados para desarrollar y comprar armas que son usadas para invasiones perniciosas. Incluso se les convence de que envien a sus hijos a absurdas guerras", dice el documental sobre los engranajes de la máquina bélica estadounidense. Desde 1945 Estados Unidos ha intentado derrocar más de 50 gobiernos,  muchos de ellos "demcoracias", en el procesos más de 30 países han sido atacados.

Especialmente sobresaliente es el minuto 7:45 en el que la narrador se mistifica por la euforia enajenada que generan una serie de premios en el público del programa de Oprah, dice perpleja: "esto no es porque han encontrado a Dios, sino porque han recibido unas zapatillas".

El video es especialmente intersante (y extraño) por lo paradójico que resulta: el ser producido en  Corea del Norte, un país que consideraba a su líder supremo una deidad y que en sus funerales televisó una especie de ascención ritual al cielo de  Kim Jong-il,  entre las lágrimas irrestañabales de sus ciudadanos, uno de los momentos cumbres en la historia de la propaganda. Incluso empieza con una clara propaganda ensalzando la virtud eterna de su líder. ¿Pero anula esto el contenido del video? Sólo un mente muy limitada y dogmática descalificaría el contenido por provenir de esta fuente. Ciertamente habría que tomar en cuenta la fuente y notar que el video en sí mismo es propaganda anti-estadounidense, pero que dentro de esta taimada intención logra, por momentos, articular con gran claridad lo que sucede dentro del espacio mediático de Estados Unidos (y en buena parte del mundo occidental). La tesis que expone de que la democracia es una plutocracia disfrazada, es difícil de rebatir. Que el entretenimiento funciona como un mecanismo de estupor y apaciguamiento que se traduce en la práctica como una forma encubierta de control mental, más allá de que exista o no una conspiración o un plan maquiavélico, tampoco es fácil de refutar.

 

El reciente llamado de Vicente Fox a votar por "el claro ganador" y la adhesión de Manuel Espino a la campaña del PRI nos hacen ver que, en las elecciones de 2012, el conservadurismo está representado por Enrique Peña Nieto, en quien está asegurada la permanencia del statu quo.

Este domingo el ex presidente mexicano Vicente Fox ganó la atención pública al realizar unas declaraciones que sorprendieron a todos. Bajo un pretendido llamado a la “unidad” y sin atreverse a mencionar abiertamente el nombre de Enrique Peña Nieto, Fox recomendó “al pueblo de México” apoyar a quien “es claro que se perfila [como] un ganador”.

El consejo de Vicente Fox se da apenas unos días después de que uno de los periódicos de circulación nacional más importantes, el diario Reforma, publicara su encuesta mensual de intención de voto en la que el candidato priista sufrió una caída considerable en las preferencias electorales y, en contraste, el llamado “candidato de las izquierdas”, Andrés Manuel López Obrador, tuvo un repunte calificado de exponencial, quedando la diferencia de ambos en apenas 4 puntos porcentuales: Peña Nieto con 38% de preferencias y López Obrador con 34%. Atendiendo esta encuesta podríamos preguntarnos, no sin malicia, a qué puntero estará aludiendo Fox: ¿al puntero que se desploma o al puntero que se pronostica?

Pero incluso sin tomar en cuenta este contexto ya muchas personas, analistas serios y personas comunes y corrientes, han reparado en la evidente contradicción de la convocatoria foxista. El candidato que hace 12 años llamó a sacar al PRI “a patadas de Los Pinos” es el mismo que ahora hace proselitismo a favor de aquellos que entonces tildó de “víboras prietas” y “tepocatas”.

Y Fox no está solo. Hace un par de semanas el ex panista Manuel Espino anunció su adhesión a Peña Nieto en su calidad de presidente de Volver a Empezar, una confusa asociación política nacida a la sombra del Partido Acción Nacional y la Organización Demócrata Cristiana de América, instituciones de corte conservador que Espino también presidió.

En este punto los signos son claros. Que Espino, en todo su conservadurismo, haya preferido a Peña Nieto sobre la candidata del supuesto partido de derecha, Josefina Vázquez Mota del PAN, habla con mayor elocuencia de Peña que del propio Espino. Significa, de alguna manera, que el ex dirigente panista ve mayor futuro político para sí con la victoria electoral del priista que con la que hasta hace no mucho fue su correligionaria. En pocas palabras, la movida de Espino hace pensar que Peña Nieto está mucho más cerca de la derecha conservadora, reaccionaria e incluso radical, que Vázquez Mota y los panistas que la apoyan. "Sí, [...] en lo personal soy conservador", afirmó sin titubear Enrique Peña Nieto durante su participación en el programa Tercer Grado de Televisa el pasado 23 de mayo.

En sentido similar podría entenderse el llamado dominical de Fox. Para el ex presidente ―entusiasta también del statu quo, privilegiado que cambió el eslogan del cambio por la comodidad en la permanencia inane de todas las cosas― el mejor escenario posible es la llegada de Peña Nieto a la presidencia. ¿Por qué? Probablemente porque esto se traduciría en seis años más de mantenerse en una posición ventajosa fundamentada en el poder y el dinero. Otra muestra de conservadurismo ramplón y egoísta de quien solo ve por sus intereses de clase.

Aunque parezca incómodo o ingenuo decirlo, Andrés Manuel López Obrador representa la esperanza (no sé si la realidad) de desplazar esta normalidad política de reglas no escritas a un punto diametralmente opuesto del espectro. Su manifiesta antipatía por los sectores y personalidades más deplorables de la vida pública mexicana ―líderes del “sindicalismo charro”, los dueños del monopolio televisivo que tiene secuestrado un amplio sector de la opinión pública mexicana, políticos que gozan de una impunidad ofensiva a pesar de los crímenes en que han incurrido, etc.― alimenta la ilusión más emocional que racional de que, si gana las elecciones, no establecerá pactos de ningún tipo con estos llamados “poderes fácticos”, o al menos no si estos acuerdos van en detrimento del bienestar general o de las legislaciones vigentes.

Si pudiera realizarse una matriz de probabilidades, que incluyera todos los factores posibles que influyen en un hecho (pasado de los políticos, sus amistades, su formación, su carrera, sus éxitos y sus fracasos, los valores morales que privilegian, respetan o desprecian, y tantos otros), estoy seguro de que al menos en lo que concierne a este aspecto, en la presidencia de López Obrador el ejercicio amplio y equitativo de la justicia parece más probable que en la de Peña Nieto.

Y no se trata, como se dice coloquialmente, de una “caza de brujas”. Pero si de algo adolece México es de su atávica falta de justicia, rasgo cultural que por siglos ha fomentado comportamientos que van desde los fraudes millonarios a instituciones públicas (como sindicatos o dependencias gubernamentales), hasta innúmeras violaciones cotidianas a los reglamentos más simples (como el de tránsito). Puede ser posible que, simbólicamente, ejercer la justicia en las altas esferas del poder siembre la idea de que en México las leyes existen y se aplican contra todo aquel que las quebranta.

Pero no me desvío más. Este es solo un ángulo desde donde puede derivarse por qué, al menos por probabilidad, el triunfo de López Obrador en las elecciones de julio próximo representa una de las posibilidades más reales de vivir en un país menos impune, menos desigual, menos injusto. Y lo pongo así, en negativo, porque seis años y un presidente no bastan para realizar esta labor hercúlea. Es, también y sobre todo, un trabajo que cada uno de nosotros debe cumplir cotidianamente y por convicción propia.

Solo que, con los descomunales recursos con los que cuenta el gobierno, las cosas pueden acelerarse un poco.

Twitter del autor: @saturnesco