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El origen del yoga y su relación con el sexo (o la energía masculina y femenina)

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/19/2012

Reciente polémica sobre el caso de un culto sexual yóguico invita a reflexionar sobre los orígenes de esta disciplina ascética --y de toda práctica espritual--, indisociables del uso y transmutación de la energía sexual

El reciente escándalo que envuelve al fundador del Anusara Yoga, uno de los estilos de yoga que más rápido se ha popularizado en los últimos años, ha sacudido a esta disciplina que Occidente ha importado con singular éxito de la India. El líder del Anusara, John Friend, anunció a sus seguidores hace poco más de un mes que renunciaba por un periodo indefinido de "autorreflexión, terapia y retiro personal". Esto ocurrió después de una serie de acusaciones por parte de algunas de sus alumnas, con las que aparentemente sostuvo relaciones sexuales y quienes manifestaron sentirse engañadas por Friend y su doble moral. Incluso este gurú occidental, fundó una especie de aquelarre wiccano al que llamó Blazing Solar Flames, compuesto solamente por él y estudiantes femeninas que representaban las labores de la suprema sacerdotisa y con las que intercalaba encuentros sexuales.

Numerosos medios estadounidenses han reportado sobre este caso enfocándose en la relación entre el yoga y el sexo y una posible tendencia en esta disciplina ascética a producir cultos sexuales o al menos propiciar conductas sexuales que son vistas como inapropiadas para lo que la sociedad espera de lo que lleva la etiqueta de "espiritual".

Escribiendo para el New York Times, William J. Broad, autor de The Science of Yoga: The Risks and the Rewards, sostiene que la sociedad no debería de sorprenderse por la facilidad con la que el yoga produce gurus mujeriegos y conductas orgiásticas. Broad argumenta que el hatha yoga, la versión "psicofísica" del yoga de la cual parten la mayoría de las disciplinas que se han popularizado en Occidente, nació de una rama del tantrismo, en la que los devotos "buscaban fusionar los aspectos masculinos y femeninos del cosmos en un estado de conciencia extática".

Desde nuestra perspectiva Occidental, un tanto superficial y errónea, el tantra, como término que circula en la cultura pop, es asociado casi siempre con el sexo. Según Broad, el hatha se originó como una forma de acelerar los procesos tántricos, usando "posturas, respiración profunda  y actos estimulantes —incluyendo relaciones sexuales— para incrementar el rapto místico" (tal vez el secreto de la popularidad del yoga en Occidente es que apela a nuestra sexualidad reprimida de  una manera sutil pero posiblemente liberadora).

Ahora bien el hecho de que el yoga ("el yunque que une") sea una disciplina o un conjunto de conocimientos orientados a fusionar los opuestos, la energía masculina con la femenina y demás polaridades energéticas, no debería de sorprender ni alarmar a nadie —de hecho, que no tuviera en su preceptos más profundos esta noción y este intento, eso sí, debería de alejar a sus practicantes (lo sexual también es espiritual). Toda disciplina ascética, toda escuela mística e incluso toda religión en su origen y espíritu contemplan de manera primordial a la energía sexual como parte de sus enseñanzas. Si bien la sociedad moderna hasta últimas fechas reconoce que el sexo es parte fundamental de la salud humana, esto debió de ser evidente para cualquier tradición mística: lo que distingue a una disciplina esotérica es su capacidad de penetrar lo que yace oculto para una conciencia ordinaria.

Hoy en día no se necesita ser un destacado yogui para descubrir que nuestra felicidad y nuestra salud están en buena medida determinadas por el manejo apropiado de la energía sexual y que el mismo mundo en el que vivimos está cargado de y es dirigido en muchos aspectos por esta energía vital creativa.

Lo que  para muchos hoy sería una virtud, hace algunos años seguramente era percibido como una naturaleza viciosa e indeseable. Por lo tanto, para ajustarse a la moral imperante de principios del siglo XX, los fundadores del yoga moderno trabajaron para remover "el estigma tántrico" y buscaron "sanitizar la disciplina" y dejaron atrás el énfasis en el erotismo para dar lugar a la salud y el fitness (así han irrumpido las fuerzas del eros a su aceptación en la sociedad moderna, bajo un aspecto de salud y bienestar). Pero quien sea que haya hecho yoga con cierta profundidad notará que, más o menos adormilados, yacen en sus asanas los vestigios de un fuego cuyos secretos son en el hombre la divinidad (la ciencia energética de Shiva). No es exclusivo del yoga, ni mucho menos, pero queda patente la idea fundamental de manipular  (liberar o desenrollar) la energía que yace en la base del cuerpo, en la Tierra y en los genitales, para hacerla ascender hacia la parte superior, en el abrazo de la conciencia y la energía en la corona. Este movimiento energético, usando diferentes técnicas, es común a numerosas disciplinas orientales; en algunos casos el ascenso de esta energía se logra realizar sin el intercambio sexual como tal, pero en otros es necesaria, como culminación o sublimación máxima, la relación sexual.

El hecho de que la práctica de yoga acabe convirtiéndose en cierta promiscuidad o experimentación sexual puede explicarse de diversas formas, algunas de las cuales no necesitan invocar una cualidad espiritual. En el sentido más tangible, el yoga, a través de diferentes asanas y especialmente de bandhas (candados), trabaja los músculos pélvicos que permiten que una mujer tenga más y mayores orgasmos y que un hombre pueda controlar su eyaculación.

Según documenta William J. Broad el yoga tiene una serie de beneficios relacionados con la excitación y la potencia sexual. Científicos de Rusia y de la India han medido que la práctica de yoga genera un agudo aumento en testosterona, hormona asociada con el deseo sexual tanto en hombres como en mujeres. Científicos checos han mostrado cómo algunas de las poses del yoga generan picos en la actividad de las ondas cerebrales similares a los que ocurren en personas enamoradas. Investigadores de la Universidad de British Columbia han registrado que la respiración veloz, conocida como respiración de fuego o agni prasana, puede incrementar el flujo sanguíneo a los genitales. Y una nueva investigación en la Universidad de Rutgers estudia cómo el yoga puede fomentar "el éxtasis autoerótico" —al parecer algunos individuos se pueden llevar a estados de rapto sexual e incluso al orgasmos solo con la mente. Si a esto se le suma el sudor, los cuerpos torneados, la ropa ajustada, el sentimiento de relajación y expansión y demás factores comunes a una clase del yoga, no debería de ser extraño que las personas que practican esta disciplina tenga vidas sexuales promiscuas (o que algunas personas busquen practicar el yoga solo por la atracción sexual que les genera).

Así que, ¿es el yoga un culto al sexo? Lo es, pero entendiéndose como un cultivo de la energía sexual y si bien esto puede propiciar cultos sexuales semipaganos que escandalizan la buena moral de una sociedad recatada, esto no es, por decirlo de manera coloquial, problema del yoga. Existen varios casos además del de John Friend en el que maestros de yoga han sido acusados de conductas licenciosas y de seducir a sus alumnas de manera un tanto taimada. Sin embargo, estas conductas más allá de ser  propias del yoga, son características de la relación entre un líder y un seguidor: surgen donde existen un poder que raya en la idolatría. Donde hay poder hay también siempre sexo, ya sea porque el poder es usado para obtener el favor sexual o porque se sabe usar el sexo para obtener poder. Asimismo, es necesario decir que si bien el sexo es parte del yoga, el yoga no puede reducirse a solamente algo sexual, ya que es fundamentalmente una disciplina de unión con la divinidad en todos sus aspectos. El sexo es solamente uno de los múltiples caminos.

Obedece a un lógica profunda que el yoga, como avatar del tapas, la disciplina primordial que ocupa a la espiritualidad de los dioses (percursora de todo ascetismo), tenga un fuerte aspecto sexual. Escribe Robero Calasso en su libro sobre mitología hindú, en voz de los Vedas:

«El placer es el tapas de lo externo», dijo un día Vasistha, el más sabio entre nosotros. «Es como si el mundo llevara puesta una capa, para no ensuciarse de polvo. Si el tapas nos impulsara siempre hacia atrás, hacia el lugar sin forma del que provenimos, el mundo se deterioraría con demasiada rapidez. Está bien que nuestras mujeres se alboroten, está bien que los reyes se acuesten con sus propias hijas, está bien que las Apsaras vengan a confundirnos con sus juegos, tan pueriles como eficaces... Cada vez que cedemos ayudamos a que el mundo recomponga su esmalte».

He ahí el secreto del sexo: el esmalte del mundo que impide que la mente se pulverice y disuelva en sí misma, que le llama a habitar el mundo, vivir el drama de la trama cósmica. Curiosamente permite una lectura alineada con el entendimiento de la función sexual de la biología moderna: el placer sirve para mantener la existencia del mundo al motivarnos a reproducirnos y esparcir nuestros genes. Al copular y reproducirnos (o al hacer yoga, enseñado por el éxtasis de Shiva) estamos ejecutando ritos, repitiendo los actos que dieron origen a la existencia y así manteniéndola. Tal vez este mantenimiento del mundo, esta recomposición de su esmalte, sea la perpetuación de una ilusión, pero es una ilusión ardiente, la cual debemos de vivir, ya que incluso seduce a los dioses y en cuyo proceso se revela el sentido del universo/el otro lado del espejo.

El 1% de la población es asexual, ¿cuáles son las causas de esta orientación sexual tan poco reconocida y tan discriminada? ¿Puede una persona vivir plenamente sin participar en el juego de la energía sexual?

 

La modernidad puede describirse en muchos aspectos como la aceleración de la tecnología y el incremento exponencial de la información. Una de las consecuencias de esta explosión cultural es que obliga a que lo privado se vuelva público, a que lo secreto se desoculte o, haciendo eco de Baudrillard, a que la escena se vuelva obscena. Así las cosas vivimos inundados de mensajes sexuales --ya sea porque cumplen una estrategia viral de consumo o porque son la extensión de nuestra propia máquina biológica en búsqueda de reproducirse, sirviéndose de cualquier aparato de transmisión memética para perpetuar su genética. En este marco, dentro de una sociedad naturalmente obsesionada con el sexo, para algunos podría resultar increíble que algunas personas simplemente no están interesadas en el sexo.

Se calcula que el 1% de la población mundial es asexual, aunque la investigación es limitada y de suyo difícil. Es hasta hace poco que se acepta propiamente la asexualidad como una orientación sexual y no como una invención psicológica o un mecanismo de defensa. Un artículo de The Guardian rastrea la vida de personas que nunca han tenido sexo y que no sienten el menor deseo, pese a haber formado relaciones de parejas y en algunos casos tener sentimientos románticos.

La asexualidad es la orientación sexual que más discriminación recibe, principalmente porque no es ni siquiera aceptada como algo real. En los últimos años han surgido algunas comunidades de apoyo, como el sitio Aven (Asexuality Visibility and Edutacion Network) que cuenta con más de 50 mil miembros. Otro sitio, Platonic Partners, ayuda a las personas que quieren tener una pareja pero no quieren (o no pueden) tener sexo.

Otro de los grandes problemas de los asexuales que no afecta a otras orientaciones sexuales es por supuesto la saturación sexual de nuestra cultura que los deja fuera de la temática dominante.  "Vivir en un mundo que sostiene que lo romántico y lo sexual son los ideales más altos a los cuales podemos aspirar es difícil", dice Bryony, estudiante de biología de 20 años, quien agrega que constantemente se ve dejado fuera de conversaciones que giran en torno al sexo, quizás un poco como llega a ocurrir cuando una persona se encuentra con un grupo de personas que están borrachas o han consumido alguna droga y no le parece muy chistoso lo que dicen (sólo que en este caso el sexo es la droga que mueve al mundo). 

Los asexuales enfrentan numerosos retos en una sociedad como la nuestra, por una parte se suele creer que su asexualidad es represión sexual, y se caricaturiza como miedo "a salir al clóset", o en círculos machistas, en el caso de los hombres, como miedo a la vagina (y viceversa en el caso de las mujeres con el pene),  comúnmente mofándose con frases como "es que no has probado esta...". En el documental (A)Sexual, se le pregunta a personas qué es asexual y contestan que el "musgo" o "los renacuajos".

No existen muchas respuestas sobre qué es lo que determina que una persona sea asexual. Lori Brotto, profesora del Departamento de Ginecología de la Universidad de British Columbia, señala que existen igual cantidad de hombres y mujeres asexuales; los hombres se masturban más que las mujeres (acaso paliando una urgencia fisiológica). Cuando Brotto sometió a mujeres asexuales a estímulos visuales las reacciones fueron similares a las reportadas entre mujeres con un instinto sexual común (pero no se han realizado estudios de resonancia magnética para ver que sucede en sus cerebros). Por otro lado no parece haber una relación entre el abuso infantil y la asexualidad. Resta aún determinar si la asexualidad puede tener un origen genético.

El investigador Anthony Bogaert sostiene que el incremento en la asexualidad es el resultado del incremento en la sexualización de la sociedad, acaso como un mecanismo de defensa, una especie de escape ante la inundación de lo sexual, un refugio, o vulgarmente un "asqueo". Otras personas sugieren que simplemente se ha vuelto más visible, por las mismas razones que el sexo también se ha vuelto más visible. La poca mención histórica de personajes asexuales podría tener que ver con que eran confundidos con homosexuales o que no se tenía la terminología para entenderlos y referirlos.

A riesgo de trastabillar en alguna discriminación sexual, resulta interesante entender los mecanismos que hacen que una persona no sienta deseo sexual, no tenga la comanda de reproducirse (o logre desvanecer esta urgencia). No se puede incrustar fácilmente en una filosofía o en una tradición mística. El andrógino, altamente considerado en la alquimia, es un ser altamente sexual, que fusiona los opuestos y es en sí mismo una representación de la piedra filosofal, el crisol perfecto en el que se une lo femenino y lo masculino (aboliendo la dualidad); es atraído y atrae a la totalidad de la existencia. Algo similar ocurre con el hermafrodita (la aleación de los dioses Hermes y Afrodita). Pero el asexual en cierta forma deja de participar en los flujos de la energía vital; de manera distinta al célibe que decide no someterse a este flujo por una consideración moral que originalmente oculta un refinamiento de esa misma energía sexual, un proceso de transmutación: es el mundo entero (o dios) el que lo erotiza. Resta quizás para el asexual un mundo platónico, la contemplación pura,  elevación espiritual a través de una renuncia inconsciente. Pero en la medida que es inconsciente e involuntaria quizás oculta alguna memoria reprimida --o en su defecto una mutación genética desconocida. Quizás los asexuales podrían esclarecer estas dudas y revelar algún sentido oculto, alguna gama inapreciada de la vida, pero, ¿dentro del concierto vehmente de voces sexuales, los escucharíamos?

Twitter: @alepholo