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Entre la tecnología cotidiana, los vórtices de información y la auto-conciencia compartida, emerge la posibilidad de un nuevo linaje espiritual, cuya esencia está íntimamente ligada al uso de tecnologías digitales para dialogar con la miríada de bits.

La figura del chamán

A pesar de que es un término que a lo largo del tiempo se ha vuelto un tanto confuso, en buena medida por el abuso pop de esta palabra, el origen de chamán, proviene de šamán, palabra empleada en las lenguas túrquicas que se esparcieron desde el este de Europa hasta el oeste de China, pasando por Rusia, en particular Siberia y Mongolia.  En esta región, el término se utilizaba para denominar a un sacerdote, brujo, o curandero, figura prominente en las culturas de esta zona.

Mircea Eliade, el gran erudito rumano, autor de decenas de libros sobre etno misticismo, se aventura a afirmar, no sin antes advertir la complejidad que implica definir el término, que el chamanismo se refiere a una “técnica de éxtasis religioso” [1]. Pero tratando de ir un poco más allá y sabiendo que, a diferencia del señor Eliade, no tenemos una reputación académica que mancillar, podríamos intentar definir a la figura del chamán de la siguiente manera: aquel que actúa como un enlazador de mundos, entre un plano visible o físico y otro invisible o etéreo, y que tiene acceso, o mejor dicho maestría, en prácticas que traducen ese enlazamiento en sanación, adivinación o manipulación de fenómenos naturales.

En cuanto al rol social del chamán, existe un aspecto particularmente interesante, en buena medida por su paradójica naturaleza: por un lado esta figura desempeñaba un activo papel entre la comunidad, sirviendo como un catalizador de los temores y los conflictos colectivos, pero a la vez se mantenían como entidades periféricas en la estructura comunitaria, es decir, estaban exentos de las peripecias del poder político e incluso, generalmente, vivían físicamente alejados del resto de la población.

 

Lo anterior nos remite a una de las actividades etéreas del chamanismo: establecer un diálogo, aprovechando su habilidad para acceder a las periferias de la conciencia tanto individual como colectiva, entre el centro del laberinto interior, la entrada y la salida. O, en otras palabras, consumar una comunión entre la vida externa y la vida interna de una persona, relación armónica que usualmente se traducía en el alivio del mal que aquejaba al sujeto en cuestión.

“Algo que se puede afirmar del chamán es que habita en el filo de los mapas culturales. El chamán actúa como una especie de interfaz entre la cultura específica de un cierto grupo tribal y el mundo exterior, un mundo que podemos concebir no solo como natural, sino cósmico, abstracto, alienígena” dice Terence McKenna sobre esta especie de versatilidad transdimensional de estos personajes [2].

Otro elemento particularmente apasionante de la figura del chamán es su naturaleza elusiva, engañosa. De algún modo replica el arquetipo identitario del embaucador mágico, del trickster (en inglés) que responde igualmente a un carácter elusivo, engañoso, lúdico, esencialmente teatral y dotado de una hipnótica sagacidad —personalidad que nos remite a deidades como Loki en la cosmogonía escandinava o al brujo oaxaqueño Don Genaro, personaje que aparece en las narrativas chamánicas de Carlos Castaneda. Y precisamente esta habilidad dramática es la que permite al chamán generar una catarsis curativa,  es el conducto a través del cual monta una escena teatral que resulta del entrelazamiento del mapa cultural “ordinario” con una realidad “aparte”.

Y para terminar de exponer las virtudes más admirables del chamán, me gustaría citar un fragmento de Escritores en el Cielo de Hades, el ensayo que Jason Kephas publicó en este sitio, donde se habla de una meta-empatía que este curandero transdimensional debe fomentar para cumplir su misión sanadora:

¿Cómo funciona un ritual chamánico? ¿Por qué los humanos sanan al ver a alguien más realizar un ritual? A primera vista la respuesta parece obvia: ver un ritual detona una idea (empezamos a pensar en sanar), lo que luego detona un cambio (sanamos). Así es como la mayoría de nosotros pensamos sobre pensar: las sensaciones causan pensamientos que causan respuestas físicas. El ritual chamánico es un ejemplo esencial de cómo puede funcionar un proceso de pensamiento como este.

Pero esta simple respuesta probablemente esté equivocada. El ritual chamánico no nos hace pensar en la sanación. En cambio, el ritual chamánico nos hace pensar que estamos haciendo la sanación. Desde la perspectiva del cerebro, el acto de sanar no está precedido por una idea separada, la cual absorbemos a través de ver al chamán.  El acto en sí mismo es la sanación. En otras palabras, el ritual chamánico funciona convenciéndonos de que no estamos viendo un ritual chamánico. Pensamos que somos el chamán, haciendo el ritual.[3]

Tecnochamanismo y Ciberespiritualidad

cyberchamanismo o tecnochaman

Imagen: Malakh7

En la actualidad vivimos el probable clímax de una era que, desde un cierto punto de vista, se ha caracterizado por la frivolización de los estilos de vida —gracias a fenómenos como el consumo y el culto a íconos artificiales—, la confusión espiritual y la desconexión con la naturaleza, en detrimento de aspiraciones materiales proyectadas en una abstracción llamada status. “La verdadera tragedia de nuestra situación cultural es que no tenemos una tradición chamánica”, nos dice el propio Terence en su magna obra Archaic Revival, refiriéndose al actual contexto de Occidente. 

Pero también, desde una perspectiva más esperanzadora, podríamos afirmar que con la llegada de las tecnologías digitales y en particular con la apertura de los arcones de la información, los límites del mapa cultural que rige el concepto de realidad se han relajado a favor de la expansión de la conciencia y, por lo tanto, del espíritu, esto más allá de las alienantes manifestaciones que también ha implicado el contacto con estas nuevas tecnologías. 

Y de la mano de esta tecnologización de la sociedad contemporánea, emergen, en forma orgánica, situaciones que propician la comunión armónica entre la búsqueda espiritual del hombre, ligada a la persecución del bien propio y del bienestar compartido y su relación con las herramientas tecnológicas, particularmente digitales. Esta convivencia cotidiana entre los causes tecnológicos y los espirituales ha dado vida de acuerdo a mi percepción personal, a un nuevo caudal místico: el tecnochamanismo o ciberespiritualidad.

“Yo creo que el chamán electrónico —la persona que persigue la exploración de estos espacios (refiriéndose a las regiones que van más allá del mapa cultural)— existen para regresar a compartirnos, al resto de nosotros, qué sucede en esos lugares", nos dice Erik Davis, uno de los más lúcidos teóricos sobre la relación tecnoespiritual, en su artículo Psychedelic Culture: One Or Many? [4].

Comencemos pues por intentar definir el tecnochamanismo o la ciberespiritualidad —términos que si bien podrían responder a fenómenos distintos, lo cierto es que están íntimamente ligados y, por razones de practicidad, los agruparemos como un concepto unificado. Y ante está misión resulta interesante contemplar dos posibilidades: ya sea que se refieran al uso de tecnologías dentro de los rituales chamánicos o al uso de nociones chamánicas (o incluso, en un plano más general, de preceptos místicos y espirituales) en el uso cotidiano de tecnologías.

En lo personal me inclino más por la segunda de estas posibilidades aunque, supongo, en algún punto convergen y se tornan indistinguibles entre si. Y mi preferencia responde a que el segundo de los casos, a diferencia del primero que enfatiza en el uso de dispositivos para ampliar la conciencia y desarrollar habilidades particulares, sugiere un acercamiento ritual al tratamiento que le damos a las tecnologías cotidianas. Y en este sentido aludimos a la re-sacralización de la realidad, y de todo lo que esta implica, comenzando por aquellas herramientas más determinantes para nuestra manera de concebir dicha realidad. Y en mi opinión, si queremos contrarrestar la cultura del consumo y la manipulación para retomar una cultura chamánica, lo primero que debiésemos hacer es sacralizar, nuevamente, nuestro diálogo con la otredad y en general con todo aquello que nos rodea.

Pero una vez transcendida la bifurcación del sendero y elegida la segunda de las nociones para proponer una definición referencial de este fenómeno, podemos proceder a ahondar un poco más en la definición conceptual. Antero Alli, distinguido artista y psiconauta, nos habla sobre la figura tecno-contemporánea del chamán: “Un chamán moderno es un chamán del siglo XXI que lleva el sobrenombre codificado de Ciber-chamán. Del griego, Ciber se refiere a “piloto”. Un chamán moderno es un individuo de poder que interactúa con espíritus, detonando conocimiento, visión, tecnología y diversión sofisticada” [5] .

Tomando en cuenta el contexto anterior, podríamos afirmar que, en resumidas cuentas, el tecnochamán es aquel que altera conscientemente su propia conciencia o la del prójimo, recurriendo a herramientas tecnológicas. Y si recordamos que una cualidad fundamental del chamán es su habilidad para sortear las fronteras de diversos planos y enlazarlos armónicamente, entonces podríamos adjudicar el concepto de “realidad aparte” a la actual noosfera (o dicho en términos más actuales, datásfera) y postular como tecnochamán a aquella persona que es capaz de viajar voluntariamente a esa caótica y a la vez divina red de información, para recaudar bits que traerá consigo al plano ordinario y compartirlos en beneficio del desarrollo personal y comunitario.   

Ahora llega el momento de enfrentarnos a una interrogante fundamental sobre este asunto: preguntarnos si en realidad se está dando una fusión entre los desarrollos espirituales y tecno/informativos de individuos o grupos en la actualidad. Y un poco angustiado por la posibilidad de que lo que percibo como un resurgimiento adaptado de la tradición chamánica y mística dentro del entorno tecnoinformativo fuese una alucinación optimista de mi parte, planteé a David Metcalf, editor y destacado estudioso de las tradiciones y actualidades místicas, sobre la posibilidad de que estuviésemos dando a luz a una especie de linaje contemporáneo de espiritualidad. Y su respuesta fue tan esperanzadora con mi premisa original —además, recordemos que una alucinación compartida ya es, en sí, una porción de realidad: “En efecto, parece que estamos alcanzando un buen punto de intersección en el que estamos haciendo conciencia sobre la posibilidad de nuevos caminos y prácticas. Actualmente se está realizando bastante trabajo interesante que trasciende el sincretismo y se manifiesta en áreas de desarrollo y extensión de las ideas tradicionales”.

No satisfecho con la comodidad de la potencial alucinación compartida, y para responder a esta interrogante que cuestiona la posible consumación de un cauce tecnomístico, considero pertinente el repaso de tres fenómenos socioculturalmente significativos que se han registrado en décadas recientes.

Por un lado tenemos el regreso colectivo, ya sea consciente o inconcientemente, a ciertas prácticas y modos de organización propios de los grupos arcaicos. Aquello que el filósofo francés Michel Maffesoli llamó tribus modernas en su obra El tiempo de las tribus [6] y que posteriormente complementó en su ensayo sobre los “vagabundos iniciáticos” [7].   

En segundo lugar ubicaríamos a la popularización de técnicas orientales de meditación y  ejercicios físicos como las distintas variaciones del yoga, el QiGong o el Zen, sumado a la convivencia entre cientos de miles de experiencias psicoactivas a las cuales se exponen continuamente los jóvenes, y no tan jóvenes, en la actualidad, y al creciente interés compartido por retomar las enseñanzas contenidas en ancestrales caminos espirituales, desde la alquimia hasta el tantra, todo lo cual nos sugiere una inquietud generacional por “despertar al espíritu”.

Finalmente, para completar el trinomio, haremos referencia a la ampliación de nuestro espectro de realidad, fenómeno provocado por un inédito acceso a la información, y que esto es parte de un proceso en el que no solo accedemos a la data, sino que, paralelamente, la generamos, en un posible y determinante coqueteo entre el espíritu y la tecnología/información.

Y precisamente este matrimonio tecnomístico puede derivar en una especie de nuevo linaje espiritual que, quiero pensar, poco tiene que ver con el movimiento conocido como New Age —el cual básicamente radica en un sincretismo pop de las tradiciones místicas— y al cual podríamos adjudicar las nociones de tecnochamanismo y ciberespiritualidad que hemos recorrido en líneas anteriores.

Conclusión

Para terminar este breve y, al menos en lo personal, catártico recorrido, me gustaría repasar algunas piezas protagónicas en torno a los conceptos de tecnochamanismo y ciberespiritualidad. Y este repaso no podríamos comenzarlo sin aludir y agradecer la influencia de personajes como Marshall Mcluhan, Buckminster Fuller, John C. Lilly, Terence Mckenna, Robert Anton Wilson, Erik Davies, Stanislav Groff, Timothy Leary, Antero Alli, Rupert Sheldrake y, más recientemente, Douglas Rushkoff, entre otros pocos más, quienes en síntesis dan vida al salón de la fama de alter-mavericks de la conciencia, y cuyas ideas han contribuido a la posibilidad de que la altamente caótica era que vivimos no pueda descartarse como un pulso histórico de evolución consciente. A continuación mencionaría a Gaz Cobain y Brian Dougans, miembros del Future Sound of London y Amorphous Androgynous, ambos proyectos musicales que han impulsado el abordaje de un despertar tan tecnológico como orgánico y que a través de su música y de su exploración multimedia, nos invitan a percibir la realidad contemporánea como una luminosa mesa en la cual la conciencia está servida. Atom Jack, generoso curador del sitio Fusion Anomaly, uno de los nodos digitales más estimulantes que haya encontrado en casi década y media de surfear la red, y que en lo personal representa un incomparable jardín in-formativo. Aeolus Kephas, amigo de la redacción de Pijama Surf, colaborador de este medio y quien nos regaló uno de los ensayos más lúcidos a los que hemos tenido acceso, Escritores en el Cielo de Hades / Skywriters in Hades (namaste Jason).  Complementariamente no quisiera dejar de mencionar ciertos libros que han sido publicados en años recientes y que refuerzan la idea de la tecnoconciencia, entre ellos Digital Dharma: A User's Guide to Expanding Consciousness in the Infosphere  (2007), de Steven Vedro, E-mail to the Universe (2008) y Program or Be Programmed: Ten Commands for a Digital Age (2010) de Anton Wilson y Rushkoff, respectivamente, y From Counterculture to Cyberculture (2008), de Fred Turner.

Y bueno, para terminar no quiero dejar de enfatizar en el posible rol del tecnochamán como esa figura que selecciona, que cura (en los dos sentidos de la palabra) bits extraídos de la datásfera, con el sincero fin de compartirlo para facilitar la autoconciencia compartida. Sí, aquel que penetra conciente y voluntariamente la lasaña de data y regresa para compartir los quantums (como translúcidos cuarzos) con el resto de su tribu. Esta función me remite de algún modo, y sin querer adjudicarnos ningún rol épico o guirnalda tecnomística alguna, al rol que intentamos desempeñar, con honestidad, en PS. Y al decir esto no quiero postularme ni a mí ni a mis compañeros como tecnochamanes, algo que, me temo, es aún distante. Pero, en cambio, me ilusiona jugar con la posibilidad de que somos otros jardineros, afortunadamente somo cada vez más, velando por la flor digital del espíritu, materia prima de la alquimia informativa. 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis / Lucio Montlune


[1] Eliade, Mircea; Shamanism, Archaic Techniques of Ecstacy, Bollingen Series LXXVI, Princeton University Press 1972, pp. 3–7

[2] McKenna, Terence; The Archaic Revival, Harper San Francisco, 1992.

[3] Kephas, Jason; Skywriters in Hades Ensayo originalmente publicado en Pijama Surf (2011) en diez entregas.

[4] Davis, Erik; Psychedelic Culture: One Or Many? Artículo publicado en Trip Magazine (2001)

[5] Alli, Antero; AngelTech: A Modern Shaman’s Guide to Reality Selection. New Falcon (1987).

[6] Maffesoli, Michel, Le Temps des tribus, Le Livre de Poche, 1991.

[7] Maffesoli, Michel, Du nomadisme. Vagabondages initiatiques. Paris, Le Livre de Poche, Biblio-Essais,(1997)

Un tribunal chileno determinó que la ayahuasca es benéfica para la salud y por lo tanto su uso no debe ser penalizado; un acto de conciencia colectiva que parece avanzar el renacimiento de la medicina psicodélica e introduicrnos un poco más al misterio de una planta que continúa la tradición de la bebida de los dioses, el soma.

"Cuanto más aptos somos para hacer consciente lo inconsciente, más grande es la cantidad de vida que integramos”. Carl G. Jung

Hace unos días un tribunal en Chile determinó que la ayahuasca no es una sustancia perjudicial para la salud. Al contrario, este compuesto puede ser altamente benéfico para el bienestar del ser humano. Un misterio se revela en esta planta medicinal que, como una liana metafísica, une al cielo con la tierra, al alma con el cuerpo y a la mente consciente con el inconsciente.

Realizar una ceremonia con ayahuasca le pudo haber costado a una pareja 7 años de prisión. Por suerte César Ahumada Lira, de 42 años, y a su pareja, Danae Dimitra Saenz, de 41, fueron absueltos por el IV Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago, en Chile.

"El tribunal adquirió la convicción de que lejos de constituir un peligro para la salud pública, la conducta desarrollada por los imputados ha reportado importantes beneficios para múltiples personas, varias de las cuales relataron en estrados sus experiencias", señala el documento jurídico dado a conocer a la agencia EFE.

El caso marca un importante antecedente en el uso de esta poderosa medicina psicodélica, que por milenios ha sido parte de la cosmogonía de los índigenas del Amazonas y que en la actualidad parece ser una de las alternativas más interesantes para acabar con adicciones a drogas duras, depresiones crónicas e incluso para curar el cáncer.

La ayahuasca o "viña del espíritu" es el resultado de la cocción de dos plantas, comúnmente la liana Banisteriopsis caapi (la cual actúa como inhibidor de una enzima y se conoce popularmente con el mismo nombre de ayahuasca) y una planta que contiene DMT (generalmente se usa la planta conocida como chacruna psychotria viridis).

Los jueces señalaron que la legislación chilena no prohíbe el cultivo de estas dos plantas y que tampoco la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes fiscaliza los brebajes obtenidos de ellas. Lo que está prohibido es el consumo de DMT (dimetiltriptamina), al menos en su forma sintética (DMT, que  se encuentra de manera natural en el cerebro humano).

En los últimos año el consumo de ayahuasca ha aumentado de manera exponencial en todo el mundo, hasta el punto de que incluso el personaje de Jennifer Aniston consume este brebaje sagrado en una reciente comedia romántica hollywoodense

En internet se pueden conseguir algunas de las numerosas plantas con las cuales se puede preparar la ayahuasca de manera legal, esto también ha contribuido a su popularidad. Sin embargo, las personas que viven en o se han acercado a la milenaria tradición de la medicina ayahuasquera (icareros, chamanes y curanderos) advierten que la preparación de la ayahuasca sin el debido protocolo y su consumo sin un contexto sagrado puede ser peligroso --o al menos carecer de la potencia cuasi-divina que el brebaje logra comunicar (una relación de intercambio de información que tiene su propio campo morfogenético). Asimismo, algunos de los indígenas para quienes la ayahuasca es parte consustancial de su visión del mundo --"el internet de los índigenas", "la TV de la jungla , ha sido llamada localmente) se ven forzados a tener que recorrer grandes distancias para cortar las plantas sagradas, las cuales antes estaban a la mano, pero que ahora su comercialización hace difíciles de alcanzar.

El hallazgo de la combinación de estas dos plantas --sin la liana el DMT no es activo oralmente-- está envuelto en una aura mítica, en la cual incluso se habla de que fue el jaguar el que enseñó al chamán este divino combo. Más allá de las diferentes historias sobre el origen del brebaje, llama la atención la claridad medicinal de los indígenas del Amazonas para descubrir la interacción de estas dos plantas sin conocimientos científicos, algo que bajo una dinámica de prueba y error podría tardar decenas de miles de años.

Quizás no se equivoqa el Dr. Jeremy Narby, quien en su libro de investigación The Cosmic Serpent, presenta la teoría de que los chamanes del Amazonas son capaces de comunicarse con las plantas a nivel molecular y obtener información que de otra forma sería casi imposible de obtener. Tal vez es el mismo ADN, las serpientes informáticas de nuestra propia esencia, el que reveló la medicina de la ayahuasca. Por otro lado el ser humano es capaz de secretar por sí sólo la sustancia activa de la ayahuasca (una especie de puerta fractal de la muerte): quizás nuestro DMT en algún momento empujo para activar su espejo en la naturaleza.

La razón fundamental de la popularización de la ayahuasca es ineliduble para quien ha podido presenciar sus efectos y ha podido dar seguimiento a los resultados terapéutico: estas plantas, en la divina alquimia nativa, significan una de las medicinas más poderosas que ha encontrado el hombre, una medicina integral, psicodélica en el sentido que tiene esta palabra de sacar a la luz la mente. Esto es lo que los guías ceremoniales llaman "el trabajo"; la ayahuasca al revelar el contenido del inconsciente y dotar al celebrante de una inusitada claridad y energía, también lo enfrenta a un desafío: aquello que Carl Jung llamaba "la sombra", el reverso de nuestra mente del cual huimos por no encontrarlo placentero y en conformidad con lo que pensamos "debemos ser". Ver lo que popularmente se conoce como "nuestros propios demonios" con la lucidez y la capacidad energética que brinda la ayahuasca puede ser una bendición, precisamente porque en esa instancia podemos aceptarlos o incluso operar sobre ellos desde la más amplia profundidad (reprogramando nuestros circuitos neurales). Y en algunos casos, a través de ese "trabajo" transparente con los procesos mentales atávicos es posible precipitar una sanación integral, ya que muchas de las enfermedades que padecemos son somatizaciones de una cauda, un karma o una carga mental.

"El hombre es un portal al que uno entra desde el mundo exterior de los dioses, demonios y almas hacia el mundo interior, de lo grande a lo pequeño. Pequeño e insignificante es el hombre; uno lo deja atrás pronto, y entra entonces otra vez al espacio infinito, del microcosmos, a la vasta eternidad interior", escribió Carl Jung en su texto Siete Sermones a los Muertos. Yo conjeturó que la ayahuasca entreabre, al menos, este portal entre el hombre y la dimensión espiritual de los dioses y los arquetipos. Un psicoducto entre la estructura primordial de la realidad  --la región que David Bohm llamó la Totalidad Implicada-- y el mundo que experimentamos con los sentidos ordinariamente. Vemos ahí, en los diamantes abiertos de la dimetiltriptamina, las ideas, la geometría, el lenguaje del cual el mundo es una re-presentación. Como si pudieramos ver una mesa y en vez de ver la madera, vieramos la órbitas atómicas girando y ahí mismo una serie de símbolos flotando (cual código informático), los cuales le dotan su existencia. La impresión que surge es que la mente es un constituyente mucho más básico que la materia.  En Ka, Roberto Calasso, explica este identidad entre el mundo y la mente, tal vez aquello que hoy llamamos tiempo-espacio no sea más que la manifestación local de la mente no-local:

"Sólo el Sí (atman) era esto (idam, el mundo) en el origen. No había otra cosa que parpadeara". No sabemos bien, no hay forma de saberlo, qué es el atman, que cosa es el Sí, pero al menos, tenemos aquí un indicio. Parpadea sólo lo que tiene consciencia, sólo lo que alberga una mente. Por eso "esto", es decir el mundo, fue la mente antes de ser llamado "el mundo".

El psiconauta ayahuasquero Arnaldo Quispe recuerda a Jung en esta introducción psicologista a la liana cósmica, medicina de la apertura dimensional:

La ayahuasca (banisteriopsis caapi) es una planta, que una vez ingerida permite la apertura del canal del inconsciente, entrando en juego factores que normalmente no corresponden a un órden lógico. Así mismo, es una planta milagrosa que permite conectarse con el inconsciente, con ese universo perdido, ilógico y sede del gran complejo informativo original, por esa razón es considerada como una planta “puerta” que permite el paso de una realidad a otra paralela, a la gran realidad universal; con la planta madre se logra tocar y atravesar la puerta de una dimensión a otra y se logra explorar las profundidades del inconsciente sin desligarse del canal consciente. Por increible y absurdo que parezca en estado de “trance” con ayahuasca, la persona mantiene un estado de vigilia reducido. Esa conexión es la que permite después regresar del viaje emprendido. La madre planta como se conoce a la ayahuasca, permite recorrer esa dimensión inconsciente sin perder de vista la realidad en que uno vive. El viaje no es total. Pareciera una suerte de “psicosis” de gabinete, en donde uno se da cuenta de su locura y logra tener el poder de suspender el estado de trance a voluntad. Lo inconsciente representa el ingreso en el nuevo mundo, donde no hay tiempo, espacio, ni órden lógico, muy similar al sueño. El material inconsciente olvidado parece desconocido, pero es real en la otra dimensión y ver implica integrar éstos elementos perdidos muy íntimos, que luego fortalecerán el mecanismo de curación desde el interior: “Darse cuenta de un mundo en donde no hay sentido, es darle sentido a un mundo del cual uno no se da cuenta”. Las personas tienen un rol dentro del más allá, el recorrido es largo, estimulante y enriquecedor sobre esas fuentes de información original.

Es decir, el estado de la ayahuasca es similar a un sueño lúcido: tenemos acceso al contenido de nuestro inconsciente que desfila en un río de imágenes y símbolos (el tejido holográfico de nuestra película psíquica) pero mantenemos cierta consciencia de que estamos siendo testigos, de que somos el observador, de esas imágenes profundas que de alguna manera son el álgebra de nuestro ser.

Para concluir me gustaría evocar aquella frase memorable de James Joyce, dicha por el arquitecto del laberinto (de la psique colectiva) Stephen Dedalus, que tanto citaba Terence Mckenna: "La historia es una pesadilla de la cual estoy intentando despertar". La historia es una pesadilla, la historia colectiva que se entrelaza con nuestra historia personal, en gran medida porque es condicionante, nos hace herederar todos los miedos, traumas y hábitos de una cultura y los miedos, traumas y hábitos de un linaje particular.  Generalmente ni siquiera tenemos conciencia de que estamos inscritos en este flujo onírico de la historia --que por nuestra mente fluyen todas las mentes,  quizás con mayor influencia aquellas más cercanas. Por esto Mckenna celebraba tanto el acto de conciencia de Dedalus: darse cuenta de que somos un sueño colectivo. La ayahuasca es particularmente aguda en este sentido: hace lúcido el proceso mental inconsciente que configura la realidad. Este sueño (la historia) es una pesadilla porque no tenemos control y avanzamos hacia la muerte.  Pero cuando estamos teniendo una pesadilla y descubrimos que estamos soñando, algo ocurre, la pesadilla y el temor que genera se disuelve en su irrealidad, en su insignificancia, y en esa conciencia podemos observar el sueño sin temor, sin identificarnos con lo que vemos y posiblemente controlarlo para que sea como queramos. Me parece que la ayahuasca desnuda la estructura pesadillesca de nuestra mente --donde circulan los demonios pretéritos de nuestra sombra-- pero al hacerlo en un estado en el que vuelve lúcida esta pesadilla (este peso histórico), tiene la facultad de despojar a la imponente estructura de nuestra mente de su fuerza habitual (que en un simulacro parece inamovible). Y por otro lado al también ofrecer visiones de una luminosa realidad subyacente --aquella de las formas primordiales-- nos permite colocar nuestros procesos mentales en su justa dimensión, darles menos importancia, tratarlos como brisas en la superficie del océano.

Hacer lúcida la pesadilla de la historia, significa también despertar y escapar de la línea del tiempo. Un despertar que mantiene las armas del sueño; la imaginación y la potencia de crear con la mente, desvelando los jardines interdimensionales que se ocultan más allá del tiempo. Un sueño lúcido en su máxima extensión fusiona la vigilia con la duermevela, la  consciencia con la inconsciencia y, también, la vida con la muerte en un diáfano continuum que es una crisálida al interior del Ojo que Todo lo Ve, Horus-Hradecaksus, el Ojo del Estanque, el Ojo del Resplandor en el Agua. Tal vez este sea el secreto de la ayahuasca y del DMT, en el asiento de la glándula pineal: las alas irisadas de la serpiente.

Twitter del autor: @alepholo