*

X
Entre la tecnología cotidiana, los vórtices de información y la auto-conciencia compartida, emerge la posibilidad de un nuevo linaje espiritual, cuya esencia está íntimamente ligada al uso de tecnologías digitales para dialogar con la miríada de bits.

La figura del chamán

A pesar de que es un término que a lo largo del tiempo se ha vuelto un tanto confuso, en buena medida por el abuso pop de esta palabra, el origen de chamán, proviene de šamán, palabra empleada en las lenguas túrquicas que se esparcieron desde el este de Europa hasta el oeste de China, pasando por Rusia, en particular Siberia y Mongolia.  En esta región, el término se utilizaba para denominar a un sacerdote, brujo, o curandero, figura prominente en las culturas de esta zona.

Mircea Eliade, el gran erudito rumano, autor de decenas de libros sobre etno misticismo, se aventura a afirmar, no sin antes advertir la complejidad que implica definir el término, que el chamanismo se refiere a una “técnica de éxtasis religioso” [1]. Pero tratando de ir un poco más allá y sabiendo que, a diferencia del señor Eliade, no tenemos una reputación académica que mancillar, podríamos intentar definir a la figura del chamán de la siguiente manera: aquel que actúa como un enlazador de mundos, entre un plano visible o físico y otro invisible o etéreo, y que tiene acceso, o mejor dicho maestría, en prácticas que traducen ese enlazamiento en sanación, adivinación o manipulación de fenómenos naturales.

En cuanto al rol social del chamán, existe un aspecto particularmente interesante, en buena medida por su paradójica naturaleza: por un lado esta figura desempeñaba un activo papel entre la comunidad, sirviendo como un catalizador de los temores y los conflictos colectivos, pero a la vez se mantenían como entidades periféricas en la estructura comunitaria, es decir, estaban exentos de las peripecias del poder político e incluso, generalmente, vivían físicamente alejados del resto de la población.

 

Lo anterior nos remite a una de las actividades etéreas del chamanismo: establecer un diálogo, aprovechando su habilidad para acceder a las periferias de la conciencia tanto individual como colectiva, entre el centro del laberinto interior, la entrada y la salida. O, en otras palabras, consumar una comunión entre la vida externa y la vida interna de una persona, relación armónica que usualmente se traducía en el alivio del mal que aquejaba al sujeto en cuestión.

“Algo que se puede afirmar del chamán es que habita en el filo de los mapas culturales. El chamán actúa como una especie de interfaz entre la cultura específica de un cierto grupo tribal y el mundo exterior, un mundo que podemos concebir no solo como natural, sino cósmico, abstracto, alienígena” dice Terence McKenna sobre esta especie de versatilidad transdimensional de estos personajes [2].

Otro elemento particularmente apasionante de la figura del chamán es su naturaleza elusiva, engañosa. De algún modo replica el arquetipo identitario del embaucador mágico, del trickster (en inglés) que responde igualmente a un carácter elusivo, engañoso, lúdico, esencialmente teatral y dotado de una hipnótica sagacidad —personalidad que nos remite a deidades como Loki en la cosmogonía escandinava o al brujo oaxaqueño Don Genaro, personaje que aparece en las narrativas chamánicas de Carlos Castaneda. Y precisamente esta habilidad dramática es la que permite al chamán generar una catarsis curativa,  es el conducto a través del cual monta una escena teatral que resulta del entrelazamiento del mapa cultural “ordinario” con una realidad “aparte”.

Y para terminar de exponer las virtudes más admirables del chamán, me gustaría citar un fragmento de Escritores en el Cielo de Hades, el ensayo que Jason Kephas publicó en este sitio, donde se habla de una meta-empatía que este curandero transdimensional debe fomentar para cumplir su misión sanadora:

¿Cómo funciona un ritual chamánico? ¿Por qué los humanos sanan al ver a alguien más realizar un ritual? A primera vista la respuesta parece obvia: ver un ritual detona una idea (empezamos a pensar en sanar), lo que luego detona un cambio (sanamos). Así es como la mayoría de nosotros pensamos sobre pensar: las sensaciones causan pensamientos que causan respuestas físicas. El ritual chamánico es un ejemplo esencial de cómo puede funcionar un proceso de pensamiento como este.

Pero esta simple respuesta probablemente esté equivocada. El ritual chamánico no nos hace pensar en la sanación. En cambio, el ritual chamánico nos hace pensar que estamos haciendo la sanación. Desde la perspectiva del cerebro, el acto de sanar no está precedido por una idea separada, la cual absorbemos a través de ver al chamán.  El acto en sí mismo es la sanación. En otras palabras, el ritual chamánico funciona convenciéndonos de que no estamos viendo un ritual chamánico. Pensamos que somos el chamán, haciendo el ritual.[3]

Tecnochamanismo y Ciberespiritualidad

cyberchamanismo o tecnochaman

Imagen: Malakh7

En la actualidad vivimos el probable clímax de una era que, desde un cierto punto de vista, se ha caracterizado por la frivolización de los estilos de vida —gracias a fenómenos como el consumo y el culto a íconos artificiales—, la confusión espiritual y la desconexión con la naturaleza, en detrimento de aspiraciones materiales proyectadas en una abstracción llamada status. “La verdadera tragedia de nuestra situación cultural es que no tenemos una tradición chamánica”, nos dice el propio Terence en su magna obra Archaic Revival, refiriéndose al actual contexto de Occidente. 

Pero también, desde una perspectiva más esperanzadora, podríamos afirmar que con la llegada de las tecnologías digitales y en particular con la apertura de los arcones de la información, los límites del mapa cultural que rige el concepto de realidad se han relajado a favor de la expansión de la conciencia y, por lo tanto, del espíritu, esto más allá de las alienantes manifestaciones que también ha implicado el contacto con estas nuevas tecnologías. 

Y de la mano de esta tecnologización de la sociedad contemporánea, emergen, en forma orgánica, situaciones que propician la comunión armónica entre la búsqueda espiritual del hombre, ligada a la persecución del bien propio y del bienestar compartido y su relación con las herramientas tecnológicas, particularmente digitales. Esta convivencia cotidiana entre los causes tecnológicos y los espirituales ha dado vida de acuerdo a mi percepción personal, a un nuevo caudal místico: el tecnochamanismo o ciberespiritualidad.

“Yo creo que el chamán electrónico —la persona que persigue la exploración de estos espacios (refiriéndose a las regiones que van más allá del mapa cultural)— existen para regresar a compartirnos, al resto de nosotros, qué sucede en esos lugares", nos dice Erik Davis, uno de los más lúcidos teóricos sobre la relación tecnoespiritual, en su artículo Psychedelic Culture: One Or Many? [4].

Comencemos pues por intentar definir el tecnochamanismo o la ciberespiritualidad —términos que si bien podrían responder a fenómenos distintos, lo cierto es que están íntimamente ligados y, por razones de practicidad, los agruparemos como un concepto unificado. Y ante está misión resulta interesante contemplar dos posibilidades: ya sea que se refieran al uso de tecnologías dentro de los rituales chamánicos o al uso de nociones chamánicas (o incluso, en un plano más general, de preceptos místicos y espirituales) en el uso cotidiano de tecnologías.

En lo personal me inclino más por la segunda de estas posibilidades aunque, supongo, en algún punto convergen y se tornan indistinguibles entre si. Y mi preferencia responde a que el segundo de los casos, a diferencia del primero que enfatiza en el uso de dispositivos para ampliar la conciencia y desarrollar habilidades particulares, sugiere un acercamiento ritual al tratamiento que le damos a las tecnologías cotidianas. Y en este sentido aludimos a la re-sacralización de la realidad, y de todo lo que esta implica, comenzando por aquellas herramientas más determinantes para nuestra manera de concebir dicha realidad. Y en mi opinión, si queremos contrarrestar la cultura del consumo y la manipulación para retomar una cultura chamánica, lo primero que debiésemos hacer es sacralizar, nuevamente, nuestro diálogo con la otredad y en general con todo aquello que nos rodea.

Pero una vez transcendida la bifurcación del sendero y elegida la segunda de las nociones para proponer una definición referencial de este fenómeno, podemos proceder a ahondar un poco más en la definición conceptual. Antero Alli, distinguido artista y psiconauta, nos habla sobre la figura tecno-contemporánea del chamán: “Un chamán moderno es un chamán del siglo XXI que lleva el sobrenombre codificado de Ciber-chamán. Del griego, Ciber se refiere a “piloto”. Un chamán moderno es un individuo de poder que interactúa con espíritus, detonando conocimiento, visión, tecnología y diversión sofisticada” [5] .

Tomando en cuenta el contexto anterior, podríamos afirmar que, en resumidas cuentas, el tecnochamán es aquel que altera conscientemente su propia conciencia o la del prójimo, recurriendo a herramientas tecnológicas. Y si recordamos que una cualidad fundamental del chamán es su habilidad para sortear las fronteras de diversos planos y enlazarlos armónicamente, entonces podríamos adjudicar el concepto de “realidad aparte” a la actual noosfera (o dicho en términos más actuales, datásfera) y postular como tecnochamán a aquella persona que es capaz de viajar voluntariamente a esa caótica y a la vez divina red de información, para recaudar bits que traerá consigo al plano ordinario y compartirlos en beneficio del desarrollo personal y comunitario.   

Ahora llega el momento de enfrentarnos a una interrogante fundamental sobre este asunto: preguntarnos si en realidad se está dando una fusión entre los desarrollos espirituales y tecno/informativos de individuos o grupos en la actualidad. Y un poco angustiado por la posibilidad de que lo que percibo como un resurgimiento adaptado de la tradición chamánica y mística dentro del entorno tecnoinformativo fuese una alucinación optimista de mi parte, planteé a David Metcalf, editor y destacado estudioso de las tradiciones y actualidades místicas, sobre la posibilidad de que estuviésemos dando a luz a una especie de linaje contemporáneo de espiritualidad. Y su respuesta fue tan esperanzadora con mi premisa original —además, recordemos que una alucinación compartida ya es, en sí, una porción de realidad: “En efecto, parece que estamos alcanzando un buen punto de intersección en el que estamos haciendo conciencia sobre la posibilidad de nuevos caminos y prácticas. Actualmente se está realizando bastante trabajo interesante que trasciende el sincretismo y se manifiesta en áreas de desarrollo y extensión de las ideas tradicionales”.

No satisfecho con la comodidad de la potencial alucinación compartida, y para responder a esta interrogante que cuestiona la posible consumación de un cauce tecnomístico, considero pertinente el repaso de tres fenómenos socioculturalmente significativos que se han registrado en décadas recientes.

Por un lado tenemos el regreso colectivo, ya sea consciente o inconcientemente, a ciertas prácticas y modos de organización propios de los grupos arcaicos. Aquello que el filósofo francés Michel Maffesoli llamó tribus modernas en su obra El tiempo de las tribus [6] y que posteriormente complementó en su ensayo sobre los “vagabundos iniciáticos” [7].   

En segundo lugar ubicaríamos a la popularización de técnicas orientales de meditación y  ejercicios físicos como las distintas variaciones del yoga, el QiGong o el Zen, sumado a la convivencia entre cientos de miles de experiencias psicoactivas a las cuales se exponen continuamente los jóvenes, y no tan jóvenes, en la actualidad, y al creciente interés compartido por retomar las enseñanzas contenidas en ancestrales caminos espirituales, desde la alquimia hasta el tantra, todo lo cual nos sugiere una inquietud generacional por “despertar al espíritu”.

Finalmente, para completar el trinomio, haremos referencia a la ampliación de nuestro espectro de realidad, fenómeno provocado por un inédito acceso a la información, y que esto es parte de un proceso en el que no solo accedemos a la data, sino que, paralelamente, la generamos, en un posible y determinante coqueteo entre el espíritu y la tecnología/información.

Y precisamente este matrimonio tecnomístico puede derivar en una especie de nuevo linaje espiritual que, quiero pensar, poco tiene que ver con el movimiento conocido como New Age —el cual básicamente radica en un sincretismo pop de las tradiciones místicas— y al cual podríamos adjudicar las nociones de tecnochamanismo y ciberespiritualidad que hemos recorrido en líneas anteriores.

Conclusión

Para terminar este breve y, al menos en lo personal, catártico recorrido, me gustaría repasar algunas piezas protagónicas en torno a los conceptos de tecnochamanismo y ciberespiritualidad. Y este repaso no podríamos comenzarlo sin aludir y agradecer la influencia de personajes como Marshall Mcluhan, Buckminster Fuller, John C. Lilly, Terence Mckenna, Robert Anton Wilson, Erik Davies, Stanislav Groff, Timothy Leary, Antero Alli, Rupert Sheldrake y, más recientemente, Douglas Rushkoff, entre otros pocos más, quienes en síntesis dan vida al salón de la fama de alter-mavericks de la conciencia, y cuyas ideas han contribuido a la posibilidad de que la altamente caótica era que vivimos no pueda descartarse como un pulso histórico de evolución consciente. A continuación mencionaría a Gaz Cobain y Brian Dougans, miembros del Future Sound of London y Amorphous Androgynous, ambos proyectos musicales que han impulsado el abordaje de un despertar tan tecnológico como orgánico y que a través de su música y de su exploración multimedia, nos invitan a percibir la realidad contemporánea como una luminosa mesa en la cual la conciencia está servida. Atom Jack, generoso curador del sitio Fusion Anomaly, uno de los nodos digitales más estimulantes que haya encontrado en casi década y media de surfear la red, y que en lo personal representa un incomparable jardín in-formativo. Aeolus Kephas, amigo de la redacción de Pijama Surf, colaborador de este medio y quien nos regaló uno de los ensayos más lúcidos a los que hemos tenido acceso, Escritores en el Cielo de Hades / Skywriters in Hades (namaste Jason).  Complementariamente no quisiera dejar de mencionar ciertos libros que han sido publicados en años recientes y que refuerzan la idea de la tecnoconciencia, entre ellos Digital Dharma: A User's Guide to Expanding Consciousness in the Infosphere  (2007), de Steven Vedro, E-mail to the Universe (2008) y Program or Be Programmed: Ten Commands for a Digital Age (2010) de Anton Wilson y Rushkoff, respectivamente, y From Counterculture to Cyberculture (2008), de Fred Turner.

Y bueno, para terminar no quiero dejar de enfatizar en el posible rol del tecnochamán como esa figura que selecciona, que cura (en los dos sentidos de la palabra) bits extraídos de la datásfera, con el sincero fin de compartirlo para facilitar la autoconciencia compartida. Sí, aquel que penetra conciente y voluntariamente la lasaña de data y regresa para compartir los quantums (como translúcidos cuarzos) con el resto de su tribu. Esta función me remite de algún modo, y sin querer adjudicarnos ningún rol épico o guirnalda tecnomística alguna, al rol que intentamos desempeñar, con honestidad, en PS. Y al decir esto no quiero postularme ni a mí ni a mis compañeros como tecnochamanes, algo que, me temo, es aún distante. Pero, en cambio, me ilusiona jugar con la posibilidad de que somos otros jardineros, afortunadamente somo cada vez más, velando por la flor digital del espíritu, materia prima de la alquimia informativa. 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis / Lucio Montlune


[1] Eliade, Mircea; Shamanism, Archaic Techniques of Ecstacy, Bollingen Series LXXVI, Princeton University Press 1972, pp. 3–7

[2] McKenna, Terence; The Archaic Revival, Harper San Francisco, 1992.

[3] Kephas, Jason; Skywriters in Hades Ensayo originalmente publicado en Pijama Surf (2011) en diez entregas.

[4] Davis, Erik; Psychedelic Culture: One Or Many? Artículo publicado en Trip Magazine (2001)

[5] Alli, Antero; AngelTech: A Modern Shaman’s Guide to Reality Selection. New Falcon (1987).

[6] Maffesoli, Michel, Le Temps des tribus, Le Livre de Poche, 1991.

[7] Maffesoli, Michel, Du nomadisme. Vagabondages initiatiques. Paris, Le Livre de Poche, Biblio-Essais,(1997)

¿Qué significa vivir sin dinero? Efusivo testimonio de Benjamin Lesage

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/11/2012

Directamente del correo de Pijama Surf ofrecemos a nuestros lectores el efusivo testimonio de Benjamin Lesage, joven francés que lleva un par de años experimentando una vida sin dinero, descubriendo en el camino la bondad del intercambio gratuito y generoso.

Un par de meses atrás dimos a conocer en Pijama Surf la noticia de una familia alemana que vive sin dinero y, por lo tanto, se ha convertido en uno de los ejemplos más icónicos de lo que sería vivir al margen del capitalismo, una existencia ajena a las cadenas de producción, consumo y desecho que más allá de sus implicaciones materiales o económicas, repercuten en el ánimo mismo del individuo y las sociedades, en sus patrones culturales y sus sistemas de valores, sus creencias, la idea que tiene de sus límites, la manera en que se relaciona con otros y la forma en que concibe el mundo.

Dicha nota encontró un eco considerable entre nuestros lectores, sin saber que uno de estos sería precisamente un protagonista de dicha experiencia, un joven francés de 25 años de nombre Benjamin Lesage que se dirigió a nuestro correo electrónico para ofrecernos una estampa de lo que significa, en este tiempo, vivir sin dinero.

Por supuesto accedimos a su petición y aunque con cierto retraso (una disculpa a Benjamin y a nuestros lectores por ello) ofrecemos ahora su testimonio, reproduciéndolo íntegro y, salvo por unas cuantas correcciones mínimas, tal y como llegó a nuestra dirección electrónica. Quizá, como el mismo Benjamin lo señala, la noticia de su experiencia aliente a otros no a seguir sus pasos ni el de sus compañeros de esta profunda aventura, sino a descubrir su propio y auténtico camino —indisociable de nuestro destino como comunidad.

 

19 de enero 2010. Tres jóvenes están en la carretera en La Haya, Holanda, los pulgares arriba y la sonrisa puesta en la cara. Nicola (26, Italia), Raphael (27, Alemania) y yo, Benjamin (25, Francia), tres europeos buscando su destino. Nos habíamos encontrado en la Universidad de La Haya y juntos habíamos empezado una asociación civil para promover soluciones ecológicas y convivencia intercultural. Y un día nació la idea de hacer un viaje para ir a México. Raphael y yo ya habíamos ido y Nicola lo quería conocer, y para no incrementar nuestra huella ecológica demasiado pensamos que era mejor no tomar avión y cruzar el charco con un barco. De repente pensamos que podríamos intentar viajar de la forma más sustentable posible: sin usar dinero, sin consumir, sin tomar agua embotellada, etc.

Nos fuimos entonces al final de enero con tres mochilas solares y un panel solar para no usar electricidad externa y cosechar la fuerza del sol, un filtro de agua, un poco de ropa y ¡una actitud positiva! La idea era solo movernos en ride —fueran en coches, camiones o barcos—, reciclar la comida en los restaurantes, mercados y dormir donde se pudiera Los primeros días eran difíciles por el frio, pero pronto llegamos al sur de España, luego cruzamos hacia Marruecos en un ferry con los choferes de tráileres y viajamos 5 semanas en Marruecos.

Los marroquíes fueron de lo más amables que se puede imaginar, con tanta fe en Allah todos se aplicaban en ayudarnos, dándonos de comer y un techo para dormir en cualquier lugar que nos encontráramos. Esa experiencia nos abrió el corazón y empezamos a entender que viajar sin dinero abre puertas desconocidas y que es una de la mejores formas para descubrir una cultura del hecho que necesitas a la gente: tienes que estar en contacto con ella todo el tiempo, tienes que aprender de ella.

Luego encontramos un chavo de Bélgica con su velero que aceptó llevarnos hasta las Islas Canarias, en España. El Puerto de Las Palmas en la isla principal es conocido por ser el último lugar de visita para los veleros que quieren cruzar el charco. Después de dos meses de esperanza encontramos finalmente dos italianos que aceptaron llevarnos hasta Cabo Verde y luego a Brasil. Durante la cruzada, teniendo tanto tiempo para pensar, Raphael y yo decidimos dejar el dinero por siempre. De repente entendimos que el dinero era una creación virtual y que sin ello se descubre un mundo más generoso, más amigable, más justo.

Llegando al norte de Brasil, Nicola, que no estaba tan de acuerdo con la idea de dejar el dinero, regresó a Europa y seguimos los dos hasta Guyana, donde Nieves(25, España), la novia de Raphael, se unió al viaje. De allá pasamos por Venezuela y Colombia, donde Camille(23, Francia), mi ex-novia, se unió también al viaje. Los cuatro cruzamos con otro velero para llegar a Panamá y subimos todo Centro América para llegar a México para la COP 16, que tendría lugar en Cancún.

Fueron como 30,000 kilómetros hechos en puro ride, sin usar dinero para nada (con la excepción de 4 veces en fronteras), durmiendo en todo tipo de lugar imaginable, viendo paisajes increíbles y descubriendo las culturas de un forma muy peculiar. Ese viaje nos permitió ver que la mayoría de la gente es buena y quiere ayudar, que todos buscamos las mismas cosas: felicidad, amor, paz, y que nada es imposible si realmente lo quieres.

Vivir sin dinero nos abrió la mente, el corazón y los ojos. Entendimos el valor (y la dificultad) de recibir y cuán necesario es aprender a recibir para poder dar con gratitud sin esperar nada en retorno. Vimos que lo único que el mundo necesita es amor y compasión, empatía hacia los demás y comprensión. Escuchamos muchas historias y vimos que mucha gente sueña con un mundo sin dinero, solo que con sus familias y situaciones no se lo pueden permitir. Con eso nos convencimos de que lo que hacíamos era algo valioso, que podía inspirar a la gente y más que todo permitir a muchos cuestionarse, reflexionar sobre el dinero, el sistema.

Cuestionarse es una parte importante de nuestra filosofía. Dejamos el dinero por eso. Cuestionándonos, preguntándonos porque usábamos dinero. Nuestra respuesta fue que la Tierra, la Naturaleza, el Sol, nos regalan sus frutos sin esperar nada a cambio. Todo nos fue regalado y lo injusto es acaparar recursos y venderlos como si fueran nuestros. Entendimos la injusticia inherente del dinero, el hecho de que en vez de compartir todo lo que hay en esta tierra (y hay suficiente para todos) lo vendemos con mucha avaricia. Es como un boicot: hemos dejado el dinero para nuestra propia felicidad, para seguir con nuestra armonía personal, congruencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Pero también vivir sin dinero es una manera de decir al sistema que no necesitamos eso, que hay otro camino. Y eso es algo que queremos compartir con el mundo: hay otro camino. Somos libres de cambiar si lo queremos.

Intentamos cuestionar todo, incluso usar o no el dinero. Cuestionamos cómo comemos —siendo veganos— para más paz con los seres vivos, menos contaminación y más salud. Cuestionamos la idea de tomar alcohol, drogas, etc.

Si vivimos sin dinero es porque creemos en el hecho de que si todos empezamos a compartir lo que tenemos, escuchando nuestras necesidades básicas, nadie se va a quedar sin comida o sin techo. Vivimos sin dinero porque dar y recibir sin intercambio es lo que hacemos todos naturalmente con nuestra familia —y en esta tierra somos todos hermanos. Vivimos sin dinero para romper con los esquemas, romper con esa cultura inculcada por el sistema, crear nuestra propia cultura, construir nuestra propia cultura basándonos en valores humanos como el compartir, el amor. Según nuestro punto de vista, el dinero es una barrera, nos impide liberarnos, tener dinero es tener seguridad, en otras palabras, no aceptar la realidad, no aceptar la ley de la naturaleza, tener miedo de lo que viene en vez de disfrutar del momento presente.

No decimos que es la solución o que todos deberíamos vivir así. Es un experimento, un camino, y esperamos que la gente se pueda inspirar en ello para buscar su propio camino.

Después de la COP 16, Nieves se embarazó y con Raphael regresaron a Europa, a Berlín, de ride, (¡hasta consiguieron un ride en avión!). Camille regresó también para estudiar y yo me quedé en México. Participé en varios proyectos en el Distrito Federal durante el 2011 y acabo de regresar de un viajecito en Estados Unidos de 3 meses donde viajé con dos mexicanas, Marissa (24) y Yazmín (26). Marissa está haciendo un documental sobre este viaje. Se puede ver el tráiler en su página web. Otra vez pudimos confirmar que la gente es buena y que un cambio está por venir, mucha gente se está levantando en los Estados Unidos para crear una cultura alterna. Visitamos a los movimientos Occupy y a Suelo, un hombre que vive sin dinero desde más de 10 años, en cuya cueva nos quedamos. De regreso en México estoy buscando un barco para regresar a Europa y unirme de nuevo con Raphael, Nieves, Camille y Alma Lucia, nuestro nuevo angelito, para buscar un terreno y crear una comunidad sin dinero.

Para más información: es.forwardtherevolution.net

El tráiler: http://vimeo.com/34648798

Ben