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¿Están acabando Google y Facebook con el refinado placer de surfear la web a la deriva y perderse por las calles digitales sin propósito definido, con la posibilidad de encontrar lo inesperado y, en el proceso, expandir la mente?

Pocos placeres más refinados que vagar por las calles de un lado a otro sin llevar una dirección establecida, siguiendo veleidosamente aquello que va surgiendo y nos llama la atención, con la curiosidad y la estética como únicas consignas. Deambular observando a las personas, las modulaciones de la luz, los objetos de los aparadores, la arquitectura en movimiento, escuchando los sonidos de la urbe y entrando en un estado de alerta atemporal, sin participar en el ritual cotidiano de aquellos que transitan las calles con un propósito definido, conmutando hacia su trabajo o hacia una cita con premura.

Este es el placer del flâneur, que Baudelaire y Walter Benjamin celebrararon con un linaje dandy de estimulación perceptual, haciendo un arte hedonista y hiperesteta de las caminatas citadinas. El deleite de dilatarse en la contemplación. "La gastronomía del ojo", según Balzac. Guy Debord amplía el concepto de flâneur con el de la deriva: una caminata que hace surgir el inconsciente —de la ciudad y de la mente. El flâneur que fluye por corrientes secretas, sin cauces determinados, se sumege en un espacio psicogeográfico: las calles son también estados mentales.

Curiosamente a finales de los años 90, en pleno apogeo del entusiasmo por el Internet (que explotara una burbuja), se trazó una notable analogía entre los flâneurs parisinos del siglo XIX y los ciberflâneurs que se veían arrastrados por los vientos de la información, divagando por las nuevas carreteras del ciberespacio, sin un rumbo fiijo, surfeando data, link tras link, activando un estado de conciencia en el que el tiempo —esa prisión o presión— se desvanecía. Y aquellos que despertaron al Internet a finales de los 90 podrán recordar estos vastos páramos digitales de HTML que nos conducían, como los pasadizos de un laberíntico palacio, a nuevos jardines etéreos. Una sensación de navegar por navegar, hasta donde nos llevara la corriente hipervinculada de este mar de información que se abría como un pórtico flamante. (Nostalgia se apodera del redactor de esta nota al evocar sitios como Fusion Anomaly  —tejidos como una red sináptica infnita—, Deoxy o el viejo Disinfo: emotivos apriscos de las primeras excursiones digitales que, en términos de Oscar Wilde, no obedecían a un imperativo utilitario, pero por ello se acercaban a la experiencia artística. Y podíamos ser entonces como el colibrí sibarita de ciberflores).

El crítico de la Web, Evgeny Morozov, escribe un artículo en el New York Times donde argumenta que estamos presenciando el ocaso del ciberflâneur ante un Internet que acaba con la libre divagación y aplasta el encantamiento original de los surfers nativos. Morozov cita un texto de 1998 en el que se celebraba la llegada de un artistócrata digital: "Lo que la ciudad y las calles eran al flâneur, son ahora el Internet y la Supercarretera  para el ciberflâneur".

Algunos lectores recordarán las viejas metáforas que construyeron el imaginario de la web. El ciberespacio era considerado un territorio que se extendía en un espacio alternativo , que no había sido colonizado por gobiernos y corporaciones, donde —siguiendo el término acuñado previamente por McLuhan— podíamos surfear ríos de información e incluso conquistar tierras vírgenes. Esto se refleja en los nombres de los primeros Navegadores Web como "Internet Explorer" y "Netscape Navigator" o en tempranos motores de búsqueda como "Magellan". Y uno "descubría" sitios web a los que era difícil que muchas personas pudieran llegar —al menos no de la manera masiva como hoy lo permite Facebook y Google.

En París fue la urbanización moderna lo que en alguna medida acabo con la divagación diletante de los flâneurs originales. En un principio fueron el alumbrado público y la demolición de las pequeñas calles medievales  —lo que daría luego paso a los automóviles y los centros comerciales— los que dificultaron este placer ambulante. Algo similar ocurre con la Web, según Morozov:

Algo similar le ha pasado al Internet. Trascendiendo su identidad lúdica original, ya no es un lugar para deambular —es un lugar para hacer las cosas. Ya casi nadie "surfea" la Web . La popularidad del paradigma de las apps, donde aplicaciones de tabletas y teléfonos móviles nos ayudan a a realizar lo que queremos sin tener que abrir un navegador o visitar el resto del Internet, ha hecho menos probable el ciberflânerie.

Sin duda Internet se ha vuelto más preciso y eficiente. Google es el equivalente de un sistema de autopistas de primer mundo, donde no se necesita atravesar pequeños poblados o calles para llegar al lugar que queremos. Estamos casi siempre a un clic de distancia. Lo cual seguramente significa para muchos un enorme progreso, pero también es verdad que nos hace perdernos el goce inesperado que pueden significar los detours y el sightseeing.

Empezamos a vivir en la web de tiempo real,  en la que cada tweet y actualización se indexa instantáneamente  y se despliega ante nuestras pantallas en cómodos bits que nos permiten recibir al mundo —o al menos  la representación del mundo— sin tener que aventurarnos fuera de sitios como Facebook o Twitter.

Google incorpora cada vez más a sus resultados información en tiempo real que permite satisfacer nuestras interrogantes sin tener que visitar a otros sitios —por ejemplo, los resultados de clima, del mercado bursátil y demás. La manera en la que consumimos información hoy en día nos permite escanear los titulares —o breves resúmenes— sin tener que navegar más allá de un homepage.

Pero quizás la mayor amenaza de este ciberflânerie es lo que Morozov llama "la tiranía de lo social", mejor ejemplificada en la visión de Facebook. El flâneur es esencialmente un individuo solitario, que no participa en las mareas comunales —se mantiene fuera del mainstream para atisbar los detalles que nadie observa. Algo que se opone diametralmente  al modelo de negocios de Facebook , en el cual la clave es la pérdida del anonimato y la exacerbación del compartir nuestras vidas —ya que lo que hacemos, si lo hacemos socialmente, genera mayores ingresos de publicidad y es más valioso para las agencias de marketing. A través de sistemas como Facebook Connect y de sociedades con otros gigantes de la web como Spotify y Netflix, no solo compartimos todo lo que hacemos en Facebook, sino fuera de esta red social. Y si bien es posible navegar de manera incógnita, Facebook hace que esto sea cada vez más difícil y más incómodo. Como si debiéramos rechazar la soledad por default, dice Zuckerberg: "se siente mejor estar conectado a todas estas personas, tienes una vida más rica".  En el mundo del  frictionless sharing de Facebook (compartir sin fricción) ya no es necesario que tengamos la voluntad de comunicar: el solo hecho de estar en un sitio y de ver algo lo hace público —lo que sería equivalente a tener una cámara que te siga por las calles de una ciudad y se transmita en una pantalla en esas mismas calles y en las pantallas de las personas que permanecen en sus casas.

Por otro lado esta proliferación del compartir reemplaza el encanto de mostrarle a alguien —a una persona o a un grupo especial— lo secreto, las joyas que encontramos en los rincones —de las calles o de la red. En cambio arrojamos cientos de links y de información en masa sin formar la complicidad de lo desconocido.

El blogger Robert Scoble explica:  "El nuevo mundo es: abres Facebook y todo lo que te importa desfila por la pantalla". A diferencia de ir a buscar, de una aventura secreta, Facebook nos coloca en la procesión, en el mercado sobre ruedas que llega a nosotros sin que tengamos que movernos y nos ofrece justo lo que queremos. 

Esto es lo que acaba con la ciberflânerie. Ya que la esencia de la divagación del flâneur es que no sabe lo que quiere. Según Franz Hessel, colaborador de Walter Benjamin, "para  poder practicar flânerie, uno no debe de tener nada muy definido en mente". 

Para ser justos habría que decir que sitios relativamente novedosos como Tumblr sí fomentan el placer artístico del ciberflânerie, llevándonos de blog en blog y enlace en enlace hacia rincones relativamente mariginales de la Web donde aún podemos encontrar las pequeñas maravillas que suelen encarnar los espacios intocados por el mainstream informativo y su característica recirculación de lo mismo. Tenemos por supuesto foros como 4chan o What is the Plan (el foro de Anonymous), los cuales captan aún la esencia prístina del Internet. Pero es indudable que existe una tendencia a que pocos sitios acaparen la gran mayoría del tráfico en avenidas que difícilmente conectan con calles oscuras y poco transitadas, donde quizás nos esperaría la radical otredad. Y en este sentido la estructura misma de la Web parece fomentar cada vez menos la ciberflânerie, de la misma forma que el urbanismo en algunas ciudades va en detrimento de los peatones o de los ciclistas.

Seguramente para muchos "la muerte del ciberflâneur" es un detalle insignificante y totalmente prescindible ante lo que el Internet permite hacer hoy en día. Pero ciertamente revela una cuestión de estilo —una preferencia utilitaria más que estética—, que nos modifica como entes que construyen su realidad, en gran medida, a partir de la información a la que nos exponemos. Y más allá de cierta superficie hedonista, la importancia del flâneur (y del  ciberflâneur) reside en que no solo es capaz de observar lo que los demás no observan —porque entra en otro estado de conciencia al salirse de la avenida principal y dejar que su mente fluya— también es, tradicionalmente, aquel que relata lo que nadie ve —nos ve desde fuera de la pecera. Si consideramos que el Internet es una especie de cerebro global, el ciberflâneur es el que explora esas partes del cerebro, como los psiconautas, que generalmente no exploramos. Algunos creerán que es mejor un mundo con menos personas viviendo estados alterados y otros creerán que es preferible un mundo con más personas alterando su mente y saliéndose de la caja. 

En sus inicios el Internet tenía un aspecto psicodélico que entusiasmó a personas como Tim Leary, Terence Mckenna o Douglas Rushkoff, quienes en numerosas ocasiones trazaron analogías entre un viaje de LSD (o de psilocibina) y surfear la Web: la información parecía canalizarse como una poderosa droga psicoactiva. Tal vez una de las consecuencias de la supuesta muerte del ciberflâneur, entendiendo que el medio es el mensaje, sea que el aspecto intrínsecamente psicodélico de la Red se esté perdiendo poco a poco.

[NYT]

Twitter del autor: @alepholo

Hat tip: David Metcalfe

La primera entrega de la serie que explora la reaparición de los arquetipos, surgiendo desde el inconsciente colectivo, en la figura de los superhéroes. Mitos modernos, dioses que habitan la psique y que ahora son parte de la cultura pop.

La psicología analítica nos ha enseñado que los mitos son las historias del alma. Si queremos comprender la psique occidental, tenemos que estudiar sus mitos. 

Patrick Harpur, El Fuego Secreto de los Filósofos.

 

¿Quién no ha sentido nunca una emoción profunda al participar como lector o espectador (a través de la literatura, el cine, el teatro o la televisión) de un relato heroico? ¿Quién, ante esas dramáticas representaciones épicas, no se ha sentido nunca transportado por su eco reverberante hacia las ondas distancias del mito y de los ideales más altos? ¿Quién no se ha identificado nunca con ese héroe, multifacético y perseverante, que bajo todas las formas de la realidad y la ficción, vuelve una y otra vez para inspirarnos?

La figura del héroe, ese individuo extraordinario y semi-divino que lleva a cabo extraordinarias hazañas dotado de virtudes y poderes superiores a los de los simples mortales, es una constante histórica en todas las culturas. Sus primeras historias vivientes, los registros extraordinarios de sus hechos, se remontan a la era mitológica. Zeus, Heracles, Sanson, Aquiles y Lancelot son algunos de los nombres más conocidos que este héroe universal ha llevado desde la lejana era del mito y la leyenda.

Para la mentalidad mítica, pre-lógica y pre-filosófica, el mito no era concebido como una expresión artística del pensamiento o el sentimiento humano ni como una fábula ni como un género de la literatura oral. Como señaló el psicólogo analítico Wolfgang Giegerich: “el hombre no se había vuelto aún un hombre psicológico, no había sitio para la creencia o la fe en lo que los mitos cuentan. El mito era inmediatamente la verdad de la naturaleza y la vida, era el conocimiento de la naturaleza.” En tanto el hombre de las culturas orales no consideraba a su psique como separada de la naturaleza, el mito no era considerado una creación humana y subjetiva, era objetivamente la voz de la naturaleza expresándose a través de los hombres. Porque, en las poéticas palabras del mitólogo Joseph Campbell: “los símbolos de la mitología no son fabricados, no pueden encargarse, inventarse o suprimirse permanentemente. Son productos espontáneos de la psique y cada uno lleva dentro de sí mismo la fuerza germinal de su fuente.”

No fue hasta la invención de la escritura que las mitologías orales comenzaron a “registrarse” y sistematizarse, convirtiéndose en obras narrativas definidas, propias de un autor. Los mitos siguieron recreándose a partir de la épica y el teatro, pero su estatus de “verdad” objetiva fue siendo gradualmente sustituido por la filosofía racional. La introducción del nuevo medio de comunicación basado en el ordenamiento y la abstracción (la escritura), favoreció el surgimiento paulatino de una nueva forma de pensar: el Logos. La escritura daría lugar a la lógica, las matemáticas y la ciencia empírica, desplazando poco a poco al mito como sistema de significación colectiva.

Para la antropología clásica del siglo XIX, el “mito” como tal se extinguió cuando la mentalidad mítica de las culturas orales fue reemplazada por la mentalidad filosófico/racional de las culturas basadas en la escritura. Sin embargo, los estudios sobre hermenéutica simbólica encabezados principalmente por Carl Gustav Jung y Mircea Eliade durante la primera mitad del siglo XX comenzaron a revelar un enfoque muy diferente sobre el mito. La razón de que los relatos míticos e imaginativos nunca hayan dejado de representarse a la consciencia humana a pesar del desarrollo de la filosofía y de la ciencia, comprendió Jung, residía en que existe en estos relatos un valor simbólico – no literal – que constituye un alimento indispensable para la cultura. Fundamentalmente, la psicología junguiana había puesto al descubierto como los motivos esenciales de los mitos ancestrales constituían una serie de núcleos de sentido recurrentes que de ningún modo habían agotado sus representaciones en el mito primordial, sino que han seguido manifestándose como motivos esenciales de todas las expresiones humanas, de todas las culturas y de todos los tiempos, tanto en la religión, como en la literatura, tanto en la filosofía como en los sueños del hombre moderno. A estos motivos esenciales, Jung denominó arquetipos, las estructuras o moldes simbólicos fundamentales de la psique.

Aunque los arquetipos en si mismos son irrepresentables, se manifiestan en la cultura a través de símbolos (imágenes y mitos) cambiantes, vistiéndose con la imagineria de la época y de la psique individual en la que emergen. El mito es, así, la versión narrativa de un símbolo arquetípico. Esto es,  todo relato que posea una profunda significación simbólica para la consciencia. El poder del mito reside precisamente en la significación simbólica que contiene, en su capacidad de resonar en nosotros emocionalmente, de dar sentido a nivel colectivo. Un mito es, diría Jung, el resplandeciente disfraz de un arquetipo.

A través de sus imaginativas fantasías, el mito está expresando metafóricamente las realidades arquetipales de la psique, así como las dramáticas relaciones arquetipales que son significativas para la cultura y el momento histórico en que este se manifiesta y cobra forma. Pues es la existencia de estos arquetipos lo que hace que las fantasías más inverosímiles del mito sean sin embargo significativas para nuestra consciencia, ya que el arquetipo convierte a todo mito y a toda mitología en símbolos de una realidad interior, metáforas de una realidad psíquica. La psicoterapeuta junguiana Francis Vaughan definió a los mitos como “sueños colectivos que reflejan la condición humana” (Sombras de lo Sagrado, 1996). En otras palabras, imágenes del alma.

Por esta razón, como explicó Campbell, estos sistemas míticos de significación colectiva que antes se manifestaban en la consciencia, al ser reemplazados por la forma lógica de ver el mundo, no fueron, de hecho, anulados, sino que siguieron manifestándose en el inconsciente, que es su matriz y su fuente, tomando forma en los sueños del ser humano, y manifestándose en su vida consciente a través de su expresión estética y simbólica: el arte. El surgimiento de conceptos seculares tales como “poesía”, “literatura” y “ficción” serían metáforas sociales aceptables para seguir expresando y recreando simbólicamente los motivos arquetipales del inconsciente de una forma que fuera admisible para el literalismo de la consciencia racional, al que tan difícil le es comprender y aceptar las realidades simbólicas de la psique. Vistos bajo esta luz, los mitos dejan de ser, como los imaginó la antropología clásica, esos relatos de tiempos primitivos y supersticiosos que hoy en día consumimos raramente como piezas de ficción para revivir en nuestra consciencia como un autentico y resplandeciente panteón de símbolos.

Uno de los arquetipos principales descubiertos por Jung es el del Héroe, y una de sus  manifestaciones mitológicas más populares de los últimos setenta años es la de los superhéroes. Las historias de superhéroes no han dejado de multiplicarse desde que el primero de ellos, Superman, viera su aparición en Action Comics en 1938. Desde entonces, los héroes enfundados en llamativas vestimentas, dotados de poderes celestiales y armados de elevadas virtudes morales, no han dejado de vivir aventuras interminables tanto en la imaginación de la sociedad moderna como en prácticamente todas las formas de representación estética: historieta, animación, cine, radio, televisión, teatro, incluso literatura, y su notable influencia como fenómeno cultural no parece estar disminuyendo con el tiempo, sino por el contrario, parece estar creciendo. Hoy en día, los superhéroes parecen estar más vivos que nunca, sino tanto en las clásicas viñetas que los vieron nacer como en el cine, cuyas adaptaciones se han convertido, en los últimos años, en la mayoría de los estrenos cinematográficos más taquilleros del mundo, convocando al público de todas las edades para presenciar sus aventuras durante múltiples secuelas. 

Chris Claremont, el clásico guionista de los X-Men de los 80, fue el primero en decirlo: “los superhéroes quizá son la mitología de Estados Unidos, cuyos héroes -David Crokett, Buffalo Bili, G. A. Custer- y gestas más antiguas no tienen mas de 200 o 300 años. Estados Unidos no tiene una mitología propia. Escandinavia tiene sus sagas y leyendas, Germania su épica, España tiene al Cid. Nosotros no tenemos héroes mitológicos, nuestros héroes son muy jóvenes aún”.

Sin embargo, si los superhéroes tuvieron sus cunas en el gran país del norte, su influencia pronto se trasladaría con fuerza prácticamente a todo Occidente, sin perder su poder de fascinación en otras regiones y contextos. ¿Podemos afirmar que semejante influencia se explique meramente por el imperialismo cultural norteamericano o por los rasgos actuales de la cultura moderna, enajenada por el consumo de productos visuales sorprendentes, y por el escape al mundo de la fantasía y del espectáculo sin sentido? ¿O deberíamos suponer que la relevancia de estos personajes y estas figuras es tal porque tienen un sentido para nuestra cultura, porque, pese a todos sus simbolismos locales, parecen resonar en una universalidad de contextos?

Guillermo del Toro, responsable de las dos adaptaciones cinematográficas de Hellboy, sostiene algo muy similar a esto: “El mundo necesita una nueva mitología, y ésa es la de los superhéroes… Hay una demanda de una mitología fresca y aceptable para los jóvenes. El superhéroe representa al Aquiles, al Héctor de nuestros días”. El hecho de que aparezcan cada vez más películas de superhéroes no se debe, sostiene del Toro, a una falta de imaginación, sino a “la necesidad de crear ficción en un mundo que progresivamente se olvida del aspecto espiritual, que no cree en la magia ni en las cosas abstractas y sólo en lo material y en lo inmediato… Este es un período política y humanamente muy desconcertante, en el que se ha producido un serio retroceso en la línea ética de la humanidad como especie y se requiere de un replanteamiento de la existencia en términos heroicos”.

A los ojos de la psicología arquetipal, podríamos decir que el mito del superhéroe, con una subjetividad cultural en parte norteamericana y en parte intrínsecamente posmoderna y transcultural, se presenta actualmente como el símbolo más fuerte del arquetipo del héroe. No es una audacia suponer que el simbolismo arquetípico de los superhéroes es a fin de cuentas lo que hizo que lleguen a ser tan populares y que de a poco hayan ido abriéndose camino más allá de las páginas de las historietas y convertido, en el mundo de la imagen y de los productos culturales, en una forma colectiva de mitología moderna.

Al igual que el mito, que se va constituyendo con diferentes versiones contadas de la misma historia, que va mutando y cambiando pero siempre manteniendo su motivos esenciales, esto ha tenido lugar también en los personajes del comics, muchos de los cuales han ido desarrollándose y adquiriendo el carácter de cada época, llegando a redescubrirse y reinventarse a si mismos, como si, en palabras del mitólogo Joseph Campbell, “la fuerza germinal de su fuente” fuera inagotable. Desde sus versiones más sencillas, ingenuas o infantiles hasta las que han expresado temas de gran complejidad y profundidad humanos, los superhéroes han desafiado los prejuicios de su género y se han abierto camino a la consciencia popular por la propia fuerza de su valor simbólico. La última película de Batman, The Dark Knight, de Christopher Nolan, ha entrado en la lista de films que más dinero han recaudado en la historia del cine, y ha sido aclamada de manera general tanto por el público como por la crítica como una autentica “tragedia moderna”, elevando el listón para las futuras representaciones de estos personajes, demostrando que sus elementos esenciales siguen siendo tan significativos hoy para nosotros como lo fueron ayer y como probablemente lo serán siempre.  

En la segunda parte de este ensayo exploraremos la estructura simbólica del arquetipo del héroe, y veremos cuan plenamente esta se actualiza en los modernos relatos de superhéroes partiendo del primero de todos ellos, padre y modelo de la extensa cadena de héroes y heroínas que vendrían detrás de él: Superman, el Hombre de Acero.