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La frase con la que Crowley fundó su filosofía de Thelema secretamente postula una ética trascendente, en la que el hombre se alínea con las leyes del universo y la voluntad divina.

En primera instancia, la famosa frase del ocultista británico Aleister Crowley, "Haz lo que tú quieras será toda la Ley", no parece ser una afirmación ética. Sugiere un acto de egoismo y desconsideración por los demás y los principios morales que históricamente se asocian con la religión y actualmente con el humanismo. Sin embargo, como veremos, esta frase encierra la ética más profunda a la que podemos aspirar, una ética que busca encontrar la divinidad a través de la individualidad (o hacer que en el hombre fluyan translúcidamente los dictámenes del universo).

Crowley fue una persona que difícilmente puede calificarse de "ético", según una definición tradicional: trabajó para ambos bandos en la Primera Guerra Mundial, en una expedición en los Himalayas dejó morir a sus compañeros para salvarse a sí mismo, utilizó a numerosos mecenas para  mantener su estrafalario estilo de vida y a otras tantas mujeres como instrumentos sexuales para abrir puertas interdimensionales. Y si hablamos de moral, de las llamadas buenas costumbres, pocas personas podrían mejor encarnar lo que se piensa generalmente cuando se habla de alguien inmoral. Bisexual, toxicómano, sibarita, luciferiano, conocido como La Gran Bestia 666, nadie shockeó a la sociedad como este también poeta de versos obscenos. Pese a esto, Crowley siempre fue fiel a sí mismo, a su radical individualidad, y en la búsqueda del conocimiento y de su transformación espiritual nunca cejó, rebasando los límites ordinarios del cuerpo y de la psique —su laboratorio. La desviación también es un camino.

Crowley fundó —en cierta medida como Nietzsche— su filosofía alrededor de la voluntad. Su cuerpo de enseñanzas fue agrupado bajo el nombre de Thelema, una transliteración del griego que puede ser traducido distintamente como voluntad, intención, deseo. Crowley había sido consciente del uso de Thélème para designar una abadía en la novela Gargantua y Pantagruel de Rabelais. La única regla de esta abadía era "fay çe que vouldras" o "haz lo que tu quieras".  Asimismo, tenía en mente el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Aleister Crowley cuidadosamente distinguió esta voluntad, este hacer lo que quieras, del capricho, la veleidad o los confusos deseos de una mente que es dominada por su inconsciente. Sostuvo que existe una "voluntad verdadera", la cual debía de ser encontrada a través de una serie de prácticas orientadas a desprogramar la mente humana, a sacudirse la represión y a experimentar el éxtasis, principalmente a través de lo que llamó magia sexual. El énfasis en el sexo estriba en que para Crowley el acto sexual es una especie de fractal del acto de creación, y en su realización conforme a los conocimientos del ocultismo, el hombre se puede convertir en vehículo del universo, de la voluntad divina. Solo desnudos y en ese éxtasis prolongado y a la vez relampagueante, creía Crowley, podemos descubrir nuestro ser verdadero. Para poder realizar este acto creativo sexual se incluían correspondencias astrológicas, invocaciones teúrgicas, sustancias psicoactivas y diversas técnicas tántricas.

Hallar la propia voluntad y hacerla, pase lo que pase, se convierte en un acto ético en el sentido de que, si un hombre ha abolido su ego, entonces su propia voluntad es la voluntad del universo —de lo objetivo y transpersonal que atraviesa al hombre y otorga unidad a toda la existencia— y  de la energía vital que recorre su organismo. En el Libro de Oz dice:

El hombre tiene derecho a vivir por su propia ley —a vivir de la forma que quiera hacerlo: trabajar como quiera: jugar como quiera: descansar como quiera: morir como y cuando quiera. El hombre tiene el derecho de comer y beber lo que quiera: habitar donde quiera: moverse  por donde quiera en la tierra. El hombre tiene derecho de pensar lo que quiera: decir lo que quiera: escribir lo que quiera: dibujar, pintar, labrar, moldear, construir lo que quiera: vestirse como quiera. El hombre tiene el derecho de amar como quiera: —"toma tu parte y voluntad de amor como quieras, cuando, donde y con quien quieras. El hombre tiene el derecho de matar a quien vaya en contra de estos derechos.

Sin duda controversiales, las palabras de Crowley, que fácilmente podrían entenderse como hedonistas e irresponsables si no tomamos en cuenta el trasfondo de su filosofía mágica. Insistimos en que el concepto de individualidad de Crowley se basa en la creencia de que el hombre no solo es imagen de Dios, participa también en la divinidad (viene a colación lo dicho por David Bohm: "La individualidad solo es posible si se desdobla de la totalidad"). Sobre el control religioso del poder de voluntad, Crowley escribió: "Si supieras que eres dios y que todos los demás son igual que , ¿les dirías?”. 

Alan Moore, el famoso novelista gráfico a quien debemos V for Vendetta, ciertamente tenía en mente la filosofía de Thelema cuando dijo:

Cuando hacemos la voluntad de nuestro Ser verdadero, inevitablemente estamos haciendo la voluntad del universo. En la magia esto es visto de manera indistinta: que cada alma humana es de hecho el alma del universo en sí mismo. Y siempre y cuando estés haciendo lo que el universo quiere, entonces será imposible hacer algo mal.

Aquí se esboza la posibilidad de trascender el limitante dualismo del bien y el mal que caracteriza a la mayoría de los sistemas éticos. En cierto aspecto, en la profundidad de su organismo, el hombre que ha encontrado su verdadera voluntad ya no toma decisiones, ya no se rige por la concupiscencias, simplemente actúa: es un canal de una energía que se está manifestando.

La ética de Crowley también tiena una enseñanza práctica que empodera al individuo. La clave de la magia para el llamado "Último Mago de Occidente" es que "todo acto intencional es un acto mágico". Es decir, cada acto que hacemos con nuestra verdadera voluntad se convierte en realidad y transforma el mundo que nos rodea, justamente porque, al provenir de la profundidad océanica de la existencia, donde el individuo se empalma con la totalidad, obtiene el atributo de la omnipotencia —una omnipotencia que se circunscribe a los actos que son necesarios para el individuo como expresión de Dios o, en otra palabras, a  la voluntad de su espíritu. Esto también significa que, aunque no lo notemos,  nuestra realidad está siendo moldeada por nuestra intención permanentemente. Acaso la diferencia yace en que si no hemos encontrado nuestra voluntad verdadera, nuestra intención está contaminada por deseos inconscientes, los cuales se manifiestan en nuestra vidas como eventos externos de los cuales no tenemos control. Por eso Schopenhauer dijo memorablemente: "Puedo hacer lo que quiero, ¿pero puedo querer lo que quiero?"

Esta ética de la voluntad metafísica también tiena una interesante acepción evolutiva. En los años recientes hemos llegado a entender la evolución también como un fenómeno epigenético, en el que intervienen las ideas y las construcciones mentales. El concepto de memes desarrollado por Richard Dawkins sostiene que existe una contraparte a los genes de material informativo que puede transmitirse entre personas cuya unidad básica es una idea. Estos memes —o genes culturales— pueden replicarse a través de la humanidad de la misma forma que los genes, donde los más aptos son los que se propagan. La competencia memética entonces es algo que acelera o al menos mantiene en marcha la evolución humana: ya que propicia la transmisión de ideas más aptas, las cuales aceleran epigenéticamente nuestra evolución. Es sentido común considerar que las personas que persiguen su propia voluntad generarán ideas más competitivas e innovadoras.  Por otro lado, si una de las característcas fundamentales de la evolución es la diversidad, individuos que siguen la máxima ética de Crowley estarían ciertamente contribuyendo a ampliar el espectro de la vida y la expresividad de lo uno en lo múltiple (germinando arcoíris). El pensamiento oriental expresa de diversas formas una misma idea: que el universo se originó para que el Ser pudiera experimentarse a sí mismo de todas las formas posibles. La multiplicación y la caída de la unidad es este juego de autovoyeurismo divino. Si esto es así, como uno puede intuir, entonces al hacer lo que queramos, no solo ser nosotros mismos sino también expresar esa individualidad, estamos cumpliendo con la intención del universo, y como tal viviendo en la magia, conforme a la Ley.

 Twitter del autor: @alepholo

[Disinfo]

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Un ensayo sobre escribir ensayos. O casi. Una modesta proposición para prevenir que los ensayos sean una carga para sus autores y el país y, en la medida de lo posible, se cumpla con suficiencia el inexplicable impulso de escribir uno.

¿Cómo se escribe un ensayo?, me pregunta Antonia, por quien tengo suficiente afecto como para no dejar de responderle.

Otros en esta situación quizá contestarían con un simple y categórico “no sé” o invocarían ese lugar común según el cual “no hay recetas para escribir”. Pero lo cierto es que tanto una como otra respuestas son imprecisas y falsas: quien escribe sabe bien cómo lo hace (parte del temperamento literario es reflexionar ocasional o constantemente sobre el ejercicio de la escritura) y, en segundo lugar, si bien es cierto que no hay recetas, porque se no trata de cocina, hay ciertos lineamientos básicos para escribir, ciertas “estrategias”, dicho eufemísticamente, o trampas, como son en realidad, que se siembran en la página en blanco para atrapar tanto a quien escribe y que este no se desvíe así de su tarea, como a quien lee, y que tampoco, en la medida de lo posible, abandone la lectura.

Uno de los pocos mandamientos en los que creo ciegamente al momento de escribir es uno que aprendí de un maestro que gustaba de repetir que, al momento de convertir nuestros pensamientos (de suyo caóticos) en un discurso estructurado especialmente para el lenguaje escrito, lo principal era tener en mente una idea central, fija, irrenunciable (los adjetivos son míos, él los evita), que hiciera las veces de guía, de faro, de eje en torno al cual girara desde la primera hasta la última frases. Esto es particularmente útil porque previene al escritor contra la divagación innecesaria y la edificación de parrafadas laberínticas en donde abunden los pasillos sin salida. Si se revisa cualquier ensayo, académico o literario, insigne o mediocre, de altos o de bajos vuelos, de un autor reconocido o de uno novel, uno circunstancial o uno cuidadosamente planeado, se advertirá que una abrumadora mayoría de estos cumple con esta primera y quizá única regla: todos intentan decir algo sumamente específico, una suerte de tesis a demostrar, lo mismo en el sentido casi científico del término que en el más sensible de quien comparte con otra persona algo que le movió a la admiración o la sorpresa. O, en caso contrario, es muy probable que eso que consideramos un ensayo fallido sea justamente porque careció de dicha idea central que vertebrara su argumentación. Por cierto, aunque no es imprescindible, de preferencia hay que creer fervientemente en esa idea central: ayuda cuando “la angustia de las influencias” nos tienta a abandonar el trabajo.

Obviamente eso es lo sustancial del presente texto. Lo demás… lo demás es experiencia y maña. ¿Un ejemplo? En los ensayos de intenciones didácticas, esas líneas dedicadas a explicar, digamos, quién es un autor, dónde se educó, cuáles son sus obras principales, cuáles sus amistades más decisivas en el curso de su vida, por qué optó por el exilio, por qué regresó, por qué abandonó su lengua materna para adoptar la del país en que a la postre murió. En fin, detalles quizá nimios pero no insignificantes que pueden ser desconocidos para alguien y que por esa sola persona ya se justifica su inclusión. Si se decide emplear este recurso, aunque no esté bien de mi parte decirlo, procúrese ensalivar lo mejor posible dichos datos y cual timbre postal estamparlos en el texto. En casos de malabaritis discursiva crónica es posible escribir estos amplios fragmentos para decir luego que nada de lo anteriormente dicho importa, sin embargo, para no incurrir en este mal o adquirirlo por contagio, se recomienda evitarlo, casi tanto como el estilo enciclopédico, fácilmente detectable y, por lo tanto, catalogable de inmediato como anacrónico o, lo peor, aburrido.

En este mismo sentido un accesorio tampoco vital pero que ayuda a ganar espacio son las citas. Salvo que estas sean parte del estilo entrañablemente adoptado (como en el caso de Borges, de Roberto Calasso, de George Steiner y de algunos otros pocos eruditos que pisan la faz de la Tierra), su presencia casi siempre es síntoma, como escribiera el argentino, de languidez o de barbarie, cuando no de pereza o de franca petulancia. De cualquier forma, son siempre un asidero a la mano del cual prenderse para no naufragar, remedios temporales que evitan parcialmente el hundimiento, obstáculos que retrasan al perseguidor y dan tiempo para trazar mejor la huida. Más que la de una estocada, las citas cumplen un poco la función de las banderillas en el cuerpo del texto y, como tales, hay que tener gracia para clavarlas.

Otro consejo menor: la importancia de un íncipit atractivo, unas primeras palabras que por alguna razón hagan ver que el texto subsecuente vale la pena leerse, una inauguración que anuncie ya el talante del texto (acaso también del autor), la ruta que seguirá el lector y los paisajes que le serán mostrados en el camino. Tener un poco de esa “sed malsana del razonador” que según Proust la duquesa de Guermantes compartía con algunos críticos de su tiempo. Las variantes, por supuesto, son múltiples: lanzar un juicio sumario y categórico sobre el tema, decir que hasta ahora nadie ha dicho lo que está a punto de decirse, articular con detallado primor un comienzo eufónico y poético que incluso corra el riesgo de volverse memorable (a despecho del resto del texto), etc. En una palabra: osadía. Sin osadía, empezando para con uno mismo, no se llega muy lejos en la escritura.

Por último: permitir que el lenguaje haga su parte, no cerrarse a su injerencia, aborrecer la moderación y entregarse de cuando en cuando al engolosinamiento que este trae consigo.

Y, parafraseando a Monterroso, escribir, escribir siempre.

“contad si son catorce, y está hecho”