*

X

En algún contexto distante regalar una cabeza humana hubiese sido ideal para San Valentín

Arte

Por: pijamasurf - 02/14/2012

Entre la tribu taiwanesa de los atayals era costumbre ganarse el favor de una doncella y demostrar el amor que se le tenía ofreciéndole la cabeza cercenada de otra persona, acaso un ritual que difiere solo en grado de lo que muchos realizaremos este día.

En pruebas de amor, dirán algunos, no hay nada escrito, y aunque ahora la especie humana puede presumir cierto grado de refinamiento en sus expresiones amorosas, alguna vez regalar el fruto de una decapitación al ser amado se consideró la demostración última e incuestionable de dichos sentimientos.

Esto sucedía entre unos aborígenes taiwaneses, los atayals, hasta bien entrado el siglo XIX e incluso en las primeras décadas del XX. Según los testimonios epistolares de ciertos exploradores ingleses, el ritual amoroso consistía en matar a alguien y después ofrecer la cabeza del difunto a aquella a quien se deseaba unirse en matrimonio.

En 1903 el escritor y cónsul James Davidson describió la práctica llevada a cabo entre esta tribu que consistía en ganarse el favor de una doncella ofrendándole la testa cercenada de otra persona (aunque también para atraer la fortuna y la protección).

Y quizá todo esto no sean sino diferencias etnológicas y de gradación similares, en esencia, a lo que muchos acostumbramos realizar en este día.

[Independent]

 

¿Viven los extraterrestres en perfecto equilibrio con la naturaleza? Resolviendo la Paradoja de Fermi

Ciencia

Por: pijamasurf - 02/14/2012

¿Por qué no tenemos evidencia de civilizaciones extraterrestres a pesar de las altas probabilidades de que estas existan? ¿Es porque su tecnología no genera desechos detectables y viven en equilibrio perfecto con la naturaleza?

En astronomía existe una sentencia conocida como la Paradoja de Fermi formulada inicialmente por el célebre físico Enrico Fermi y desarrollada con mayor seriedad por el astrofísico Michael H. Hart y que, en términos generales, señala la aparente contradicción entre la alta probabilidad de que existan civilizaciones extraterrestres y la falta de contacto con dichas civilizaciones.

El también llamado “gran silencio” se considera uno de los grandes problemas de la astronomía y no han sido pocos los esfuerzos para intentar resolverlo, incluso desde ámbitos no menos imaginativos como la literatura de ciencia ficción.

Ray Villard en Discovery Magazine resume algunas de estas propuestas, una de las más interesantes la del escritor canadiense Karl Schroeder, quien piensa que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la naturaleza”. Según esto, las civilizaciones extraterrestres se habrían desarrollado de tal manera que en su existencia no generan desechos que podrían detectarse.

Si esto es cierto, entonces los métodos actuales de búsqueda de vida extraterrestre con recursos humanos están condenados al fracaso y la esterilidad, pues los más importantes parten de la premisa de que dichas civilizaciones utilizan fuentes de energía como la fisión y la fusión nucleares y que incluso tienen plantas donde estos procesos se realizan. Al respecto dice Villard:

[…] los “aliens verdes” han alcanzado un estado utópico de balance con la naturaleza. En vez de un mensaje directo o una señal de radio, podríamos estar rodeados de sociedades avanzadas que estén mimetizadas en nuestra galaxia. Quizá, a largo plazo, sobrevivan únicamente este tipo de civilizaciones ecológicamente balanceadas.

Por otro lado, una solución un tanto más drástica a la Paradoja de Fermi es que la vida es inestable por definición y tiende inevitablemente a su propia ruina, aunque no sin dejar vestigios de su paso por este universo. Villard pone en este caso el ejemplo de la propia especie humana: si algún día nos extinguimos (lo cual no parece improbable), hay por lo menos 5 artefactos nuestros abandonados en la galaxia, “las últimas manifestaciones del Homo sapiens”.

Sin embargo, imaginando que otras civilizaciones emplean máquinas similares para la exploración espacial, esto significaría que algunos robots teledirigidos han explorado la Tierra sin que lo hayamos advertido. Igualmente el astrónomo Keith Wiley, de la Universidad de Washington, piensa que podría haber muchísimas de estas máquinas dispersas entre planetas y asteroides.

Lo curioso es que si esta propuesta y la anterior se conjugan, dichos artefactos pasarían completamente desapercibidos al ser uno con la naturaleza.

Sí, sin duda una paradoja laberíntica de la que parece difícil salir.

[Discovery]