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¿Qué pasará cuando el Sol muera? Secuencia gráfica sobre el fin del universo

Ciencia

Por: pijamasurf - 12/29/2011

En un ejercicio que combina talento artístico con conocimientos científicos, el dibujante Ron Miller nos ofrece una serie en la que retrata las etapas consecutivas que seguirán el Sol, la Tierra y el universo mismo en su camino a la muerte y el fin absoluto de toda actividad.

Como sabemos, la estrella que da sentido al sistema al cual pertenecemos como planeta se encuentra, como todo en el universo, en un proceso físico de reacciones y movimientos que algún día cesarán, terminando así con su actividad y, en consecuencia, modificando drásticamente las condiciones en todos los planetas que orbitamos en torno suyo. Particularmente en la Tierra, el deceso del Sol se traducirá en el fin de la vida tal y como la conocemos actualmente e incluso su faz cambiará a tal grado que se volverá irreconocible.

Este proceso ha sido ilustrado por el dibujante Ron Miller, quien nos ofrece una serie de 9 láminas en donde traza este camino de muerte y vacío absoluto que inevitablemente seguirán el Sol, la Tierra y, al final, el universo entero. La línea de tiempo comienza a partir de ahora.

 

1.1 mil millones de años: el Sol comenzará a crecer e incrementar su temperatura. La Tierra también se hace más caliente, el hielo en su superficie se derrite y los océanos hierven hasta consumirse. El planeta se vuelve totalmente seco.

 

3.5 mil millones de años: continúa el proceso de agrandamiento y calentamiento del Sol. La Tierra es un planeta muerto que guarda semejanza con el Venus de la actualidad.

 

El Sol es una estrella naranja gigante que domina el cielo y que con su calor comienza a derretir las montañas de nuestro planeta.

 

Convertido ahora en una roja gigante, el Sol envuelve las órbitas de Mercurio y Venus y su atmósfera exterior podría incluso alcanzar a la Tierra.

 

Plutón, alguna vez un punto frío e imperceptible en los cielos de la Tierra, se verá cuatro veces más grande que el Sol desde la superficie terrestre.

 

12.4 mil millones de años: el Sol ha perdido sus capas exteriores. Una nebulosa planetaria se expande como una burbuja de jabón en torno al pequeño y último remanente del corazón solar (visto aquí desde el Cinturón de Kuiper).

 

Todo lo que queda del astro es una enana blanca, probablemente no mayor que la Tierra: cenizas inertes sobre el cadáver de nuestro mundo.

 

Pero esto no es todo para el sistema solar. Los brazos galácticos de la Vía Láctea y Andrómeda colisionan, dispersando al enano solar y lo que queda de su séquito planetario.

 

Por último, cuando toda la energía del universo se acabe y este llegue a su fin, cuando todo esté a la misma temperatura y las reacciones químicas cesen, entonces todo se detendrá de una vez y para siempre. De aquí a 1 millón de millones de años no habrá nada en el universo más que oscuridad, vacío y un frío absoluto.

[io9]

El placer (como el dolor) reside en nuestra mente

Ciencia

Por: pijamasurf - 12/29/2011

Aunque hace tiempo se sospecha que las sensaciones placenteras o dolorosas dependen en buena medida de la percepción mental de quien las experimenta, experimentos recientes parecen confirmarlo.

Por mucho tiempo se ha especulado en torno a la dualidad objetividad/subjetividad del placer y el dolor. Aunque parece haber hechos placenteros incontrovertiblemente objetivos, reales, también se ha dicho que mucho de ese placer reside esencialmente en la persona que lo experimenta, de tal modo que existen ciertas variables que, al modificarse, cambian también dicha experiencia, haciendo que algo que podría no ser placentero, repentinamente vire su condición hacia lo opuesto.

Así, por ejemplo, si una persona bebe una copa de vino si piensa que se trata de uno particularmente costoso, repentinamente la bebida adquiere en su paladar nuevas y gratificantes propiedades, nacidas de esa premisa cultural según la cual “lo bueno cuesta”.

Y esto no es mera suposición sin sustento. Esa prueba realmente fue realizada estando los participantes en una máquina de resonancia magnética que reveló cómo se activaban las zonas del cerebro que responden a una recompensa entre aquellos que creyeron estar bebiendo un vino notablemente caro.

En este sentido los recientes descubrimientos de la neurociencia han sido cruciales para confirmar dichas hipótesis. También podríamos citar el experimento reciente en torno a la falsificación en el arte: el cerebro de personas comunes y corrientes solo reaccionaba a la autenticidad de una obra solo si otra persona les informaba ante qué tipo de obra se encontraban; si una falsificación, el cerebro reaccionaba caóticamente; si una auténtica, también se activaba la zona cerebral de recompensa.

Por último cabría citar un experimento protagonizado hace algunos años por el violinista estadounidense Joshua Bell. A petición de un periodista del Washington Post, Bell se apostó en una de las entradas del metro de la ciudad de Washington en la hora de más alfuencia y comenzó a interpretar piezas clásicas en su instrumento. El virtuoso, sin embargo, iba vestido a la manera de los músicos mendicantes, pantalón de mezclilla, playera, tocado con una gorra del equipo local de beisbol. Y Bell, que en sus presentaciones habituales cosecha no solo miles de dólares sino cientos de aplausos cada vez que hace gala de su talento con el violín, en aquella ocasión reunió apenas 32 dólares.

 

La preguntas surgidas por esta puesta en escena son muchas, casi todas muy interesantes, algunas en torno al talento y varias otras en torno a la belleza. ¿Algo es bello —y en consecuencia placentero— por sus características inherentes o por el medio en donde se encuentra y la escenografía que lo rodea? ¿Algo bello destaca por sí mismo a pesar de las circunstancias?

Por otra parte, esto que pasa con el placer, ¿se repite con el dolor? Algunas experiencias parecen menos o más dolorosas cuando se encuentran rodeadas de ciertos atenuantes o agravantes, por ejemplo, si el daño lo produce un completo extraño o una persona hacia quien sentimos afecto y confianza. El efecto placebo podría caber también en esta posibilidad del dolor como una impresión en buena medida subjetiva.

Quizá en otro tiempo —la época de los grandes filósofos racionalistas que únicamente con especulación, introspección y observación enfrentaban estos problemas de la naturaleza humana— el dilema podría parecer irresoluble. Ahora, sin embargo, estas cuestiones encuentran su campo de definición en la neurociencia. No por nada en años recientes han surgido campos de estudio que tienen un pie en esta disciplina y el otro en las artes, en un esfuerzo conjunto por descubrir en qué consiste la experiencia estética, cuáles son los procesos neuronales que devienen en un juicio o una reacción ante una obra de arte, sea esta una pieza musical, una dramática, un poema, etc.

Quizá pronto sea posible señalar con precisión dónde nace lo placentero y lo doloroso dentro de nosotros mismos, más allá de los estímulos externos que, en cierto sentido y llegados a este punto, podrían no existir, esfumarse, transformarse hasta su opuesto sin que nuestra reacción se viera afectada. Tal vez la neurociencia revele las claves y decodifique el algoritmo que sigue el cerebro para enviar la señal de placer o de dolor al resto de nuestro cuerpo.

¿Con qué consecuencias?

Vía Design Mind.