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¿Es la neurociencia el fin del libre albedrío?

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/14/2011

Los descubrimientos recientes en el campo de la neurociencia parecen poner en entredicho la posible libertad del ser humano, haciendo de esta una ilusión gestada en algún rincón de nuestro cerebro; ¿la neurociencia marcará el fin de la libre voluntad tal y como la entendemos?

Los avances recientes en el campo de la neurociencia, que han mostrado cada vez con más detalle el funcionamiento del cerebro y cómo las estructuras de este órgano parecen determinar nuestro comportamiento, han puesto en entredicho algunos de los planteamientos que durante tantos siglos han dominado nuestras ideas sobre la voluntad, la libertad, la decisión y otras acciones relacionadas con el llamado libre albedrío, un problema del que se han ocupado prácticamente todos los grandes pensadores de la humanidad y, en las últimas décadas, también los científicos.

El domingo pasado Eddy Nahmias, profesor asociado en el Departamento de Filosofía de la Universidad Estatal de Georgia, escribió un artículo para el New York Times en el que repasa brevemente las razones por las cuales la neurociencia, a pesar de los descubrimientos y las declaraciones de sus autores, no significa el fin de la libertad tal y como la hemos concebido más o menos de manera constante en Occidente desde épocas remotas: esa libertad que distingue lo bueno de lo malo, que define los límites entre una conducta moral, ética o socialmente aceptable y otra reprobable (con las consecuentes derivaciones en los ámbitos correspondientes), la que nos dicta qué es lo más conveniente o gratificante para nosotros mismos.

Para Nahmias, algunos neurocientíficos anuncian ruidosamente el fin de la libre voluntad solo porque tienen un concepto más bien pobre de esta. En primer lugar, piensan la voluntad como una ilusión porque la sitúan en una entidad inmaterial que asocian con la existencia del alma o del espíritu, siendo que en el marco de dicha disciplina todo es físico, todo se reduce a una región o una función del cerebro o cualquiera de sus componentes. En esta perspectiva un tanto simple, “la libertad es prima cercana del alma”.

Y si bien es cierto, como dice el autor, que definir las cosas a partir de su inexistencia es bastante riesgoso e incluso un tanto injusto, catalogar como ilusorio todo lo que no sea material es igual de aventurado. En el asunto de la libertad, el punto medio y sensato entre ambas posturas sería que los descubrimientos obtenidos por medio de la neurociencia nos expliquen cómo funciona el libre albedrío en nuestro cerebro sin echarlo de ahí precipitadamente.

En cuanto a la definición de libertad que podría manejarse, Nahmias propone la siguiente:

Muchos filósofos, entre quienes me incluyo, entendemos el libre albedrío como una serie de capacidades para imaginar los distintos cursos de una acción, deliberando sobre las razones para elegirlos, planeando las acciones propias a la luz de esta deliberación y controlando las acciones frente a los deseos en juego. Actuamos por nuestro propio y libre albedrío en la medida en que tenemos la oportunidad de ejercer esas capacidades, sin irrazonables presiones externas o internas. Somos responsables de nuestras acciones más o menos en la medida en que poseemos esas capacidades y tenemos las oportunidades para ejercerlas.

Desde esta posición, la neurociencia queda totalmente comprometida con el estudio del libre albedrío porque la deliberación, el pensamiento racional y el autocontrol, inobjetablemente ligadas a la libertad, son capacidades cognitivas que ningún neurocientífico o psicólogo se atrevería a decir que no le competen.

Por otro lado, otros especialistas aseguran que el cerebro toma decisiones antes de que nos demos cuenta de ello, patrones mentales no conscientes que aparentemente derivan en acciones en las que no interviene eso que llamamos voluntad individual. En este caso, la conciencia advierte dichos procesos mucho más tarde, cuando ya no puede influir en el comportamiento.

Sin embargo, dice Nahmias, nada de eso prueba que en realidad se tomó una decisión, sino solo que hay ciertos procesos mentales previos a una decisión de los que todavía no se conoce el vínculo exacto con esta. Además, en el caso de los experimentos de los que se concluyen, quizá apresuradamente, estos planteamientos, hay que tomar en cuenta que por lo regular involucran acciones sumamente rápidas, simples y repetitivas (como apretar uno de dos botones) en las que el concepto de libertad en juego no es quizá el más refinado. “Sería milagroso”, escribe Nahmias, “si el cerebro no hiciera nada hasta el momento en que la gente se diera cuenta de que debe tomar una decisión”, sugiriendo que quizá dichos patrones inadvertidos sean la manera en que el cerebro lidia con la realidad, preparándose de la mejor manera posible para el instante en que se necesite de sus funciones.

De hecho, somos afortunados de que el pensamiento consciente tenga una pequeña o incluso nula función en las decisiones instantáneas o habituales: si tuviéramos que considerar conscientemente cada uno de nuestros movimientos, seríamos unos tontos incompetentes.

[…]

Necesitamos la deliberación consciente para marcar una diferencia cuando esto importa —cuando tenemos que realizar planes y tomar decisiones importantes.

En suma, el argumento principal de Nahmias es que la neurociencia no puede declarar la muerte del libre albedrío tan pronto y sobre todo, con perdón de los muchos esfuerzos y recursos empleados, en vista de los todavía exiguos descubrimientos en torno al funcionamiento del cerebro humano en relación con la conciencia, la voluntad, la identidad y otros aspectos no menos complejos que nos conforman como personas.

Es cierto que parte de eso que nos hace individuos más o menos conscientes, más o menos libres y más o menos únicos reside en algún rincón de nuestro cerebro, pero saberlo no implica que se descarte ipso facto la existencia de todas esas características, por el contrario, debería considerarse un aliciente para seguir investigando y algún día decir con precisión en dónde —sino es que en todas partes— reside todo eso que alguna vez conocimos como espíritu.

[NYT]

Ciencia y tecnología en busca del soldado invencible

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/14/2011

La invencibilidad del soldado ha sido uno de las fantasías bélicas más constantes de todos los tiempos, un soldado invulnerable que venza y nunca deje de combatir.

Hay quienes piensan que la guerra es una condición casi natural del género humano, imposible de extirpar de nuestro atávico comportamiento en colectividad. Esto, en combinación con otros factores culturales y económicos, ha hecho de la industria bélica no solo una de las más rentables en casi cualquier época, sino también una especie de ubicuo laboratorio en el que se experimenta, paradójicamente, menos con el fin de terminar de una vez por todas con la guerra que de continuarla perpetuamente: vencer, sí, pero nunca dejar de combatir.

Quizá por esto uno de los sueños más largamente acariciados en la historia de la guerra ha sido el soldado invencible, el soldado ante el cual todo enemigo vacilaría porque todo enemigo se sabría derrotado. De Aquiles al Capitán América, la ambicionada invulnerabilidad ha suscitado las más diversas invenciones e investigaciones en campos tan diversos como la mecánica, la medicina, la física o, más recientemente, la neurociencia.

De acuerdo con Michael Hanlon, actual editor de la sección de ciencia en The Daily Mail, el Pentágono destina aproximadamente 400 millones de dólares anuales en “mejorar” al soldado humano y no solo por medio de técnicas que podríamos considerar habituales —por ejemplo, modernizando el armamento o con nuevos e impresionantes equipos que adopten las tecnologías más avanzadas— sino también, en los últimos años, intentando entender cómo funciona el cerebro del soldado, qué son, desde el punto de vista neurocientífico, el dolor, el terror, la fatiga. Comprender todo esto para idear también la manera de reducirlo o evitarlo completamente.

Y es que es un tanto peculiar (por decir lo menos) que el último ámbito en el que quizá se implementen los adelantos de la robótica sea en la guerra. Quizá, en el futuro, habrá robots humanoides que asistan en las tareas domésticas, que cumplan trabajos sencillos, que manejen el automóvil en el trayecto diario que va de la casa a la oficina, y aun así serán seres humanos quienes se maten unos a otros en el campo de batalla.

De ahí el interés de las altas autoridades militares estadounidenses por trazar un mapa fidedigno de las emociones, los pensamientos, las pesadillas que asaltan al soldado mientras se encuentra en el frente. Saber, por ejemplo, cómo entrenar soldados menos propensos al sueño y la fatiga, siempre alertas y lúcidos para operar las precisas y complejas armas que se fabrican hoy en día.

Sin embargo, mientras la neurociencia no esté lo suficientemente perfeccionada como para proporcionar estas respuestas, una de las pocas alternativas al alcance para conseguir un sucedáneo del soldado invencible está en las drogas. Las drogas que, casi también desde siempre, han significado una diferencia —a veces decisiva— entre la superioridad o la inferioridad de un ejército.

Dos siglos atrás, los soldados prusianos utilizaron cocaína para mantenerse alertas y los guerreros incas usaron coca para estar alertas mucho antes de eso. Desde entonces, la nicotina, las anfetaminas, la cafeína y una nueva clase de estimulantes que incluyen la droga Modafinil se han utilizado, exitosamente, en vista de que ahora los soldados estadounidenses pueden actuar normalmente incluso después de 48 horas sin dormir. Ahora los químicos están tratando de modificar la estructura molecular de esta droga para que desactive el deseo de dormir incluso por más tiempo.

Por otro lado, otras circunstancias de salud mucho más severas como el desorden de estrés post-traumático —del que la medicina ha aprendido tanto gracias a la Segunda guerra mundial y la Guerra de Vietnam— se tratan ahora con una combinación de terapia psicológica y fuertes dosis de antidepresivos, aunque se han buscado también los medios para borrar de la memoria de los soldados recuerdos sumamente dolorosos que les impiden tanto volver a empuñar un arma como vivir el resto de sus días en relativa tranquilidad.

Sin embargo, todo esto pertenece en cierta forma al soldado presente, el que ya existe y combate, el que ahora mismo está embarcado en una empresa bélica de la que unos cuantos esperan sacar algún tipo de provechos. ¿Qué pasa entonces con el soldado del futuro? ¿Hay otras investigaciones no para mejorar, sino para crear una nueva versión totalmente distinta a la de generaciones anteriores?

Ese parece ser el cometido de los estudios que se realizan en torno a la estimulación magnética transcraneal (EMT), la cual, aunque no se conocen a fondo sus efectos en el cerebro humano, pudiera detonar capacidades inéditas de aprendizaje en una persona cualquiera.

Según Allan Snyder, director del Centro para la Mente de la Universidad de Australia, la EMT podría apagar los altos niveles del procesamiento mental que normalmente nublan nuestros pensamientos, dando lugar a formas más puras de razonamiento.

Y quizá, si esto deriva en algún tipo de dispositivo de aprendizaje instantáneo, este no sería muy distinto al que se propuso en Matrix, en donde los personajes aprendían artes marciales, a conducir un helicóptero o cualquier otro conocimiento con solo descargar la información de un disco en su mente.

Pero, como bien dice Michael Hanlon, “parece claro que si quieres crear un hombre sin escrúpulos, que sienta poco dolor y nada de miedo, tendrías una excelente máquina de guerra, pero quizá este sería uno de los ejemplos en que hay que tener cuidado en lo que se desea”. Y concluye:

Quítenles su humanidad a los soldados y ahí hay un peligro de que las batallas y las guerras que peleemos se vuelvan inhumanas también.

[The Independent]