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Un astronauta se somete a un régimen de yoga dentro de la sonda Lotus 1 y descubre que la asana sideral es un poderoso mecanismo para expandir la conciencia, tal que el espacio mismo es el yoga

La industria del turismo espacial probablemente tenga un boom en las siguientes décadas, llevando primero a millonarios al espacio sideral por unas horas, en un viaje principalmente de contemplación turística y de estatus. Surgirán también los recorridos lunares y seguramente se establecerán hoteles de lujo con vista a la Tierra y a otros cuerpos celestes. Pero quizás lo más interesante de esta crisálida terreste, de este rompimiento de la placenta azul (más allá de la cópula ingrávida), tenga que ver con una exploración de la conciencia y una posibilidad de elevar la misma. Como aquel astronauta de 2001: Una Odisea en el Espacio que después de atravesar los límites de Júpiter, rector planetario, vio su conciencia automágicamente estimulada por una especie de portal panpsíquico, las condiciones del espacio exterior podrían prestarse para ciertos ejercios destinados a expandir la conciencia del hombre, de tal manera que ir al espacio pueda ser, en sí mismo,  hacer yoga.

Robert Mcoy ha realizado un viaje imaginario más allá de la atmósfera de la Tierra para narrar el experimento de un astroyogui en una sonda espacial. Orbitando nuestro planeta pero fuera de su campo magnético en la nave Lotus 1, un yogui e ingeniero de la NASA, capaz de operar una serie de aparatos —incluyendo una especie de telaraña-yoga-mat para flotar y practicar  en microgravedad y una serie de lectores electroencefalográficos— experimenta las vicisitudes de meditar y hacer una asana de yoga constante.

Escribiendo en su diario, el sujeto del experimento descubre que "space is the place": «Simplemente no importa [...] "mi futuro" no importa como la realidad de la realidad que me mira fijamente cada vez que veo hacia afuera. Me pone en mi lugar [...] y luego regreso a trabajar». Evidentemente nuestro cosmoyogui empieza a enfrentarse con lo que Blaise Pascal llamó "el silencio eterno de los espacios infinitos", una sensación que puede asustar hasta el pánico o extasiar, pero que seguramente es un escenario apropiado  para trabajar la mente, como una de esas cámaras de aislamiento que John Lilly utilizaba para desprogramarse y entrar en contacto con el "centro de control cósmico" o un gigantesco ashram donde la flor de loto de los mil pétalos no tiene forma, es el pantano todo.

Sobrecogido por esta inmensidad silenciosa e informe, el astronauta decide tocar cintas de la Tierra. Sonidos grabados de eones atrás: un catálogo medicinal de manantiales, cascadas, océanos. Un poco de la esencia maternal de nuestro planeta para zanjar los momentos difíciles:

«Solo energía [...] energía compacta [...] lista para consumirse. Una orgía de algas. Y agua. Agua viva... energetizada con los sonidos abordo [...] ¡Los sonidos de la Buena Tierra!».

Relajándose poco a poco («Respira el universo, el silencio del sol, los planetas con sus vahos gravitacionales, deja que entren a tus pulmones y se expandan por tu abdomen, los vientos de las estrellas, los cometas de colas doradas [...]»), nuestro yogui cósmico comparte en su diario que llegar finalmente y lograr la posición del muerto, savasana, con tal inmutabilidad, literalmente flotando en la inmensidad, «es para morirse».  

«Así que hasta cierto punto nos convertimos en nuestra propia fuente de energía cuando hacemos nuestra asana —somos nuestra propia luz. En un lugar tan remoto como este, esto se vuelve aún más evidente».

Nuestro yoganauta descubre cada vez más las posibilidades que brinda el espacio para la auto-observación. Dentro del Lotus 1 llega a una casi epifanía.  La ausencia del campo electromagnético de la Tierra es una carencia energética que sin embargo puede usarse para convertirse en un ser autosustentable o tan siquiera para apreciar esta munificencia hogareña (y el paraíso es la gratitud).

«La interacción con este campo es claramente parte de la magia de la vida en la Tierra. No solo somos "jalados hacia abajo" por la gravedad [...] interactuamos con un campo electromagnético. Quiero decir los llamados "efectos de la gravedad" ni siquiera empiezan a describir la magnitud del problema. En todo caso, estoy apostando que deben de haber beneficios a posiciones que surgen naturalmente [en el espacio] sin importar la fuerza del campo y estoy determinado a explotarlos  en toda su extensión [...] maximizar su beneficio para compensar la pérdida. Para mi la pérdida de este campo [electromagnético] es mayor razón aún para trabajar con  la energía que tenemos —maximizarla para compensar la pérdida del flujo desde la fuente».

Así, en el espacio vacío, el hombre busca minar su cuerpo para obtener la energía que antes le otorgaba un planeta, pero recuerda que su cuerpo es su templo y está hecho en semejanza del universo:

«Una forma de pensar en esto es pensar en la asana como una especie de "geometría sagrada del cuerpo" y los efectos de esta geometría sagrada es producir una experiencia energética equivalente al de una catedral cuando practicamos. Las posiciones individuales producen tipos de energía específicos y predecibles y estas energías tienen un efecto en nuestra conciencia. Resulta que este cambio en la conciencia a partir de las diferentes formas que tomamos con el cuerpo es influenciado por los cambios en las 'formas' de las ondas energéticas sutiles de bajísima amplitud dentro del cuerpo».

Y he aquí el descubrimiento de nuestro yogui, que es ante todo un científico:

«En realidad la mente no solo "piensa" [...]. La mente es una colección de frecuencias discretas, cada una de ellas con una longitud de onda única (una forma mental), pero actuando en concierto [...], cada una en su propia dimensión y sin embargo ocupando el mismo espacio [...]. Grabo estas "formas mentales" electrónicamente y la razón por la cual hago esto es precisamente por la falta de un campo externo de fondo. Así el campo energético nativo de nuestro cuerpo —estos campos mentales— sobresalen con mayor claridad en nuestros aparatos de grabación».

Sin la interferencia de otros organismos que emiten estos campos mentales, nuestro yogui se da a la tarea de medir sus propios psicoplasmas, leves emanaciones de su mente en comunión con su cuerpo, las frecuencias de su organismo en movimiento y en meditación que componen su álgebra ontológica. El espacio sideral se convierte en el espejo negro de la luz interior.

De esta minuciosa observación ºel yoga como microscopio cósmico del cuerpo— brotan algunas perlas en el loto del espacio (mani padme sunyata):

«Gracioso cómo cuando estás quieto, la suerte te encuentra más fácil».

«Hay veces cuando pensamos [...] y hay veces cuando pensar solo sucede. Y aquí arriba es más fácil pensar y observar porque hay menos "pensamiento" en acción "sin mí", por decirlo de alguna forma. Creo que puedo observar con mayor profundidad porque hay menos pensamiento sucediendo. Aquí arriba, me doy cuenta, pensar es más una opción que una carga».

Y el samadhi de que en realidad el camino es el destino, el medio el fin, la experiencia de ir al espacio no es llegar a ningún lugar: es simplemente estar en el espacio. Y la transparencia del significado del yoga: la unión —con la totalidad que se mimetiza con la nada.

«Tal vez era inevitable que tuviéramos que ir al espacio exterior para darnos cuenta de lo que siempre estuvo ahí [...], lo que estaba dentro de nosotros todo el tiempo [...]. Así que en el futuro quizás el espacio será más un retiro a un ashram que un destino en sí mismo [...], un retiro a un espacio interior consciente [...] y no al espacio exterior».

Y no es casualidad que los átomos hayan sido por años representados como planetas: en esa correspondencia está el secreto de la flor de loto de oro.

[Reality Sandwich]

 

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Por: pijamasurf - 10/08/2011

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