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Los medios mainstream pueden instalar sus propias ideas en nuestra mente sin que lo advirtamos, utilizando sutiles maniobras con las que nos pierden en el laberinto del sofisma y la falsa conclusión.

Recientemente Ted Rall realizó en Al-Jazeera un interesante ejercicio que quizá cada uno de nosotros debería replicar por su cuenta y en su propio contexto. El columnista de la agencia árabe notó que en los medios mainstream estadounidenses —periódicos como The New York Times o cadenas como Fox— es sumamente recurrente y constante que al hablar sobre política se tienda a desdeñar posturas alternativas a las dos que se consideran no solo dominantes o usuales, sino las únicas a las que se tiene por verdaderamente sensatas en el sistema político estadounidense, la de centro-derecha del Partido Demócrata o la de derecha de los Republicanos.

Poco o nada sabemos de esas otras opciones que intentan distinguirse claramente de dicho binomio al que casi siempre se reduce la política en Estados Unidos o, mejor dicho, al que pretenden reducir los informantes oficiales, aliados del status quo que prefieren simplemente ignorar a otros líderes y corrientes políticas o, si alguno de estos cobra eventualmente demasiada notoriedad, tanto como para que la omisión se haga sospechosa, ridiculizarlos, disminuirlos hasta la mofa o la idiotez, como si todo aquello que escapa de la ideología Demócrata o Republicana —proyectos, propuestas, críticas, etc.— fuera materia de fantasías vanas e irrealizables o de nulo amor por la patria.

Sin embargo, las prácticas con que se cumple esta marginación de las alternativas políticas no son burdas y obvias, no es que el presentador de un noticiero o el articulista del periódico tracen una caricatura grosera de, por ejemplo, el dirigente del Partido Comunista de Estados Unidos, Gus Hall, o de los miembros del Partido Verde. Nada de eso. Como mencionamos antes, la manera más inmediata de empujar a este tipo de personajes e ideas fuera de la discusión pública predominante es ignorarlos: simplemente no hablar de ellos, pretender que no existen. Claro que esto no puede mantenerse por siempre. Determinado movimiento político puede ganar la simpatía de numerosas personas y, con el tiempo, obtener presencia pública nacional. Entonces, si ignorar a todas esas personas puede minar la credibilidad de la agencia periodística, basta con operar una sutil maniobra que desactive la importancia de tal o cual corriente política en el sistema estadounidense.

¿En qué consiste esta pronta, efectiva y mínima técnica? Bastante sencillo: en introducir en el discurso pequeñas fórmulas que echan sobre cierta idea o persona un manto de duda o de franco descrédito, retórica pedestre que pierde al espectador en el laberinto del sofisma y las falsas conclusiones. Al-Jazeera pone el ejemplo de la secuencia “Hay quienes piensan que…” [some people say] a la que la cadena Fox acude siempre que complementa sus noticias con opiniones sin fuente reconocible. Asimismo, con “Personas sensatas aseguran” [Serious people say] o “Nadie piensa seriamente que…” [no one seriously thinks], Fox y otras agencias no menos corporativas descalifican con dichas fórmulas toda opinión contraria a aquella que difunden: si alguien piensa lo contrario a las “personas sensatas”, entonces ese disidente, ese raro que excede los límites de la normalidad, no es una persona sensata, normal, seria, sino un insensato, quién sabe si solo un niño o un loco o un idiota, en cualquier caso, alguien que necesita corregirse si aspira a convivir entre “personas sensatas”. Lo curioso es que en algunos temas —e. g. si el ejército estadounidense debe retirarse de Afganistán— esas personas que piensan lo que “nadie piensa seriamente” alcanzan casi la mitad de la población de Estados Unidos. «Con todo, para “sus” reporteros de periódico, radio o televisión, todas esas personas […] no cuentan. Todos ellos son “nadie”. Ciertamente no son “gente seria” que pensó detenidamente el asunto. Ninguno de ellos es, según otros de sus motes favoritos, “realistas” o “pragmáticos”», escribe Rall.

El ridículo es otro recurso siempre a la mano de los medios mainstream. Al susodicho Gus Hall no se le menciona sin un epíteto burlón que quizá a algunos lectores les suene conocido: “el eterno candidato a la presidencia” [perennial presidential candidate]. Curiosamente, estas pullas se reservan casi exclusivamente a personajes relevantes de la izquierda estadounidense. Los de derecha reciben un trato totalmente opuesto. La peligrosa extravagancia y radicalidad de políticos como Sarah Palin y Michele Bachmann es para algunos analistas “refrescante” o “excitante”. Esto, además, nos revela las inclinaciones con que los grandes consorcios se manejan, la esfera de poder que anhelan compartir periodistas y políticos.

Así las cosas, el artículo de Ted Rall nos sugiere poner más atención en lo que escuchamos y leemos, con el fin de que seamos capaces de discernir cómo los grandes medios —y en general la cultura mainstream— juegan con nuestra mente, la moldean a su gusto y conveniencia, cómo la habitan a sus anchas y desde dentro nos programan para hacer o dejar de hacer algo, para hacernos creer que decidimos libremente, que por nuestra propia razón llegamos a determinada idea que no es otra más que la que ellos habían previsto de antemano.

[Al-Jazeera]

En un hobby que algo tiene de enternecedoramente anacrónico, un canadiense de 58 años lleva un par de décadas arrojando botellas al mar con mensajes de amistad en su interior, acaso un método mucho más efectivo y sincero que las actuales redes sociales.

Para Harold Hackett, un canadiense que habita en la isla Prince Edward, en la costa atlántica, la expresión “arrojar una botella al mar” es más que una metáfora, es una realidad ritual cotidiana que ha hecho de él un personaje singular.

Durante casi veinte años Hackett se ha dedicado a confiar sus solicitudes de amistad no a Facebook, sino al vaivén y el humor de las aguas océanicas, esperando que su modesto pero resistente transporte llegue hasta la persona indicada —quienquiera que esta sea.

Desde 1996 ha arrojado 4800 botellas y recibido más de 3100 respuestas (algunas incluso varios años después de que hubiera lanzado su botella), más de 3000 desconocidos destinatarios de todo el mundo que repentinamente se convirtieron en remitentes, comenzando así a establecer con el canadiense una relación única y enternecedoramente anacrónica en estos tiempos en que la comunicación global se consigue con unos cuantos clics y los dispositivos apropiados.

“Nunca creí que tendría tantas de regreso”, dice Hackett, “Simplemente adoro hacerlo al viejo estilo”.

Pero si ya es, de alguna manera, recompensa suficiente saber que alguien allende el mar y las fronteras será feliz por un momento al recibir unas cuantas palabras suyas, Hackett confiesa que también ha obtenido de esto que él considera un hobby algunos beneficios adicionales: “Usualmente me llegan unas 150 tarjetas navideñas, regalos navideños, souvenirs”.

Quién sabe, quizá rescatar algunos de esos viejos métodos de comunicación nos acarrearía más y mejor compañía que las redes sociales que tanto nos han fascinado en los últimos años.

[BBC]