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Bailándole a la muerte: la tradición de llevar strippers a funerales en Taiwán

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/13/2011

Por más de dos siglos las familias de Taiwán han contratado bailarinas para realizar bailes erótiocs a sus muertos, una tradición cuestionada por algunos pero que toca una profunda fibra de identidad entre Eros y Thánatos.

En Occidente la muerte está envuelta en un aura lúgubre de sufrimiento y agonía, pero esto es solo una convención. La muerte puede ser también una fiesta de liberación, y, como toda buena fiesta, debe de incluir un factor erótico. Ya lo decía Freud: el impulso de la vida y el impulso de la muerte en el fondo son dos caras de la misma moneda. Y esto es algo que, consciente o inconscientemente, entienden en Taiwán.

Lejos de la solemnidad occidental, en las procesiones fúnebres en Taiwan desfilan eléctricas carrozas florales con jóvenes strippers bailando a la muerte,  girando eróticamente al sonido de música pop que, en esas condiciones, se vuele surrealista, con el fin de enviar el espíritu de la persona fallecida al siguiente mundo con una sonrisa.

Marc L. Moskowitz, profesor asociado del Departamento de  Antropología de la Universidad de California del Sur, acaba de estrenar un documental que explora la cultura popular taiwanés y especialmente esta práctica, la cual data de hace por lo menos 200 años —aunque quizá en aquella época las chicas eran un poco más recatadas.

Moskowitz dice que hizo el documental para mostrárselo al público estadounidense que "tiene una idea muy cerrada de lo que es la cultura y de lo que debe de ser un funeral y cómo se debe de velar al muerto". La intención de Moskowitz también es contrarrestar la percepción negativa que se tiene entre algunos naturales de Taiwán que se avergüenzan de dicha tradición.

Según el director del documental existen varias fases del baile. La primera incluye minifaldas reveladoras, las cuales se tornan en bikinis mientras las artistas bailan y cantan, y la última es la desnudez total, momento que no pudo grabar en su documental debido a la prohibición de hacerlo ante las cámaras.

[Taipei Times]

Aunque habitualmente Watson y Crick se llevan el crédito por descubrir la estructura del ADN, la historia secreta de este hallazgo está poblada de mujeres.

Con cierta frecuencia la manera en que recordamos los grandes nombres —aquellos que se colaron a la posteridad por un libro, una pintura, una partitura, un descubrimiento notable— suele ser injusta. Es bastante común que se les mencione a solas y se soslaye a quienes de alguna manera, a veces decisiva, contribuyeron en su éxito y su celebridad. Hace poco, por ejemplo, el escritor mexicano Heriberto Yépez refirió el caso de “la mujer que escribió el Manifiesto Comunista”, refiriéndose a Jenny von Westphalen, la aristocrática esposa de Karl Marx, a quien quizá deberíamos concederle al menos la co-autoría de algunos «textos que hoy atribuimos exclusivamente a Karl». Y al parecer esta circunstancia se repitió con la hija menor del matrimonio Marx y también con la segunda hija, Laura, casada con Paul Lafargue, cuya autoría del sugerente panfleto El derecho a la pereza se pone en duda a favor de Laura.

Pero esta historia de los Marx es solo el preámbulo para referir el verdadero asunto de esta nota, que involucra a uno de los dos descubridores —o que se les tiene por tales— de la estructura tridimensional del ADN: Francis Crick. No porque se le regatee a Crick su participación en el descubrimiento, sino porque el consabido dibujo de la hélice genética fue obra —también en este caso— de su esposa, Odile, cuyos trazos recogieron a la perfección la ideas y las descripciones de Francis, yendo a parar tanto al número de Nature en el que se dio a conocer el suceso (en 1953), como a las mentes de quienes tenemos tan hipnótica escalera, casi escheriana, bien grabada en nuestras impresiones. Este es el dibujo original de Odile:

 Y esto no es todo. Es necesario mencionar también que con toda probabilidad Watson y Crick no hubieran pasado a la historia de no ser por la información que Rosalind Franklin consiguió obtener en sus pruebas con rayos X. Se dice que gracias a los resultados de sus experimentos en difractometría, Watson y Crick encontraron la ruta que por fin los conduciría a la infinita hélice del ADN. Por desgracia Rosalind Franklin no fue suficientemente laureada en vida: primero, porque la Universidad de Cambridge, que no admitía mujeres entonces, le negó la posibilidad de obtener su grado universitario; en segundo lugar, porque Franklin murió demasiado joven, a los 37 en 1958, víctima de un cáncer de ovario probablemente causado o vuelto fulminante por su trabajo con la radiación.

Es cierto, como se dice que dijo Newton aludiendo a Galileo y Kepler, que quienes ven más lejos que los demás pueden hacerlo porque están parados en hombros de gigantes. La creación o los descubrimientos, sin importar en qué disciplina se realicen, son siempre una rara especie de obras colectivas, sedimento de tradiciones que alguien —a veces de indudable inteligencia, en otras por afortunado oportunismo— sabe recoger y mostrar como una obra novedosa e inédita.

Sin embargo, más allá de invitarnos a reflexionar sobre el concepto de autor y autoridad, estos dos ejemplos también nos sugieren algo que tal vez parezca menos apropiado para la elucubración teórica, una cuestión de equidad elemental que haga de las páginas de la historia espacios más justos. Si ponemos atención, algo tienen en común todos esos personajes marginados de la celebridad y las letras de oro, cuyas aportaciones son objeto de discusiones y debates y solo recientemente se les restituye su valor. Si nos damos cuenta veremos que Odile, Rosalind, Jenny y Laura son todas mujeres.

[HiLobrow]