*

X
Más allá de las anécdotas y las muchas versiones, el legendario desencuentro entre James Joyce y Marcel Proust, una madrugada parisina de 1922, nos ofrece motivos para reflexionar en torno a la idea que el gran público tiene del escritor y su carácter.

Marcel Proust y James Joyce se encontraron la madrugada del 19 de mayo de 1922 en el Hotel Majestic, en París, donde se celebraba una reunión más o menos galante y pomposa en honor de Igor Stravinsky y otros personajes de la música y las artes escénicas que apenas unas horas antes, la noche del 18, habían estrenado en el Teatro de la Ópera un divertimento musical y dancístico llamado Renard (“Zorro”). La organización de la velada corrió a cargo de un matrimonio cuyo mejor talento, según parece, fue codearse con las personalidades del demi-monde de entonces, granjearse la amistad o el aprecio de los artistas avencindados en la capital francesa en tiempos de la diáspora provocada por la Primera guerra mundial y otros conflictos bélicos y sociales librados en Europa en esas primeras décadas del siglo XX. Por eso aquella noche, además de Stravinsky, Proust y Joyce, también asistió Pablo Picasso, a quien, se dice, se quiso comprometer para que pintara un retrato de Proust, sin éxito, porque por alguna razón sobre dicha velada pesó desde el inicio una especie de sombra funesta que todo lo estropeaba. Picasso no accedió a sentar a Proust delante de su caballete. Proust intentó hablar con Stravinsky y, como se dice, para romper el hielo, comenzó hablándole de Beethoven, pero Stravinsky replicó, acaso con sequedad o dureza, diciendo que detestaba a Beethoven (Proust, perseverante, no se arredró: «—Pero, caro maestro, seguramente las últimas sonatas y los últimos cuartetos… —¡Incluso más que el resto!»). Más tarde, cuando por fin coincidieron Proust y Joyce (el motivo secreto de Violet y Sydney Schiff, más que agasajar a Stravinsky y sus amigos), sus intercambios verbales fueron más bien pedestres y mundanos y, para pesar de todos los circundantes, carentes de la más ínfima partícula de inmortalidad.

Para el momento en que Proust apareció en el Majestic, a eso de las dos de la mañana, Joyce estaba ya completamente borracho, quizá porque llevaba tres o cuatro horas bebiendo champagne con entusiasmo y avidez, quizá porque, como se dice aquí, borracho estaba ya cuando llegó a la fiesta. Sea como fuere, el caso es que esta sola circunstancia, juzgada a la distancia, predispuso el desencuentro entre ambos. No hace falta ser Joyce para, ebrio, rehuir la plática con un recién llegado, ni tampoco hace falta ser Proust para entender que poco o nada se puede sacar de la atolondrada conversación de un ebrio. El sobrio y el ebrio se aburren o se repugnan mutuamente y en viceversa.

Dice el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, narrando también a partir de otras fuentes, que existen al menos seis versiones distintas sobre lo que Proust y Joyce hablaron entre sí, todas insípidas, todas triviales, todas fallidas. En consideración del propio Joyce, la palabra que dominó su anticlimático diálogo fue “no”. Proust le preguntó si le gustaban las trufas servidas esa noche, Joyce respondió que no. Proust le preguntó si conocía a uno o dos aristócratas de entonces, Joyce respondió que no; Mme. Schiff, seguramente tensa y angustiada al ver malograda la intención principal de la reunión, intentó mediar entre ambos y preguntó a Proust si conocía o había leído el Ulysses o siquiera alguno de sus capítulos, y Proust respondió que no. «La situación era insoportable», dijo alguna vez Joyce recordando el suceso.

Sin embargo, más allá de la evocación o la reseña didáctica, este incidente también nos permite reflexionar un poco en torno al concepto en que el gran público tiene al escritor.

La gente común y corriente, la gente que no escribe, la gente que piensa la escritura más como un talento que como una necesidad, tiende a considerar al escritor como un ser un poco extraordinario, uno con una cualidad especial que lo hace mejor o superior al resto, a la medianía que supuestamente lo ensalza y bebe de su boca palabras de sabiduría o de genialidad. Del escritor se espera siempre el vocablo preciso, la frase memorable, el apotegma último que remate una situación célebre destinada a repetirse y glosarse en los corrillos y los libros de historia y los anecdotarios de la vida más allá de la literatura. Se piensa además que el escritor es siempre el mismo, que no hay diferencia de temperamentos y talantes, de aptitudes y preferencias, que daría lo mismo hablar con Kafka que con Cervantes, con Faulkner que con Nabokov y que, en el mismo sentido, si se juntan dos escritores, ipso facto se llevarán bien y comenzarán a hablar entre sí y a hilar un diálogo supremo digno de transcribirse y conservarse para el regocijo y la ilustración de las generaciones presentes y futuras.

Pero, como lo demuestra un poco esa reunión del Majestic, lo cierto es que fuera del lugar y el momento en el que escribe, el escritor es un ser como tantos otros, uno bastante común y corriente y quizá tan aburguesado, tan hecho a la época en que vive, a sus manías y sus trivialidades, como ese matrimonio Schiff cuya ridícula frivolidad les hizo esperar de la entrevista Joyce-Proust una colisión cósmica o titánica, un tête-à-tête exultante y henchido de ingenio y lucidez incomparables, y al mismo tiempo los exhibió en su esnobismo más naïf al ocultarles la evidente disparidad entre ambos y las muchas circunstancias que volvieron inevitable el de por sí previsible desencuentro.

Cómo no recordar, con estos antecedentes, uno de los últimos cuentos de Borges, «La memoria de Shakespeare», incluido en el tomo homónimo. En la narración, un especialista en Shakespeare, un soso académico alemán, recibe de un personaje enigmático la memoria del poeta inglés a través de un conjuro simplón y una ceremonia insulsa, no obstante, eso que al principio creyó un tesoro precioso e invaluable, con el tiempo se le revela anodino y al final amenazante para su propia razón e integridad personal. Como bien apunta Juan Villoro, el cuento se propone, principalmente, mostrar que «escribir como Shakespeare es una desmesura, ser Shakespeare es banal».

En cierto sentido podría pensarse que Borges intentó nombrar eso que en el desencuentro Proust-Joyce quedó suelto y sin nombre, sujeto al vaivén de los gestos y los silencios incómodos y las negativas rotundas, de los rumores y los cuchicheos, de la anécdota y la tergiversación: el abismo interior existente entre el creador y el ser humano, entre el artista y el hombre, entre ese exceso del sujeto que, a la manera lacaniana, “en él es más que él mismo”, y el sujeto a secas, sumido en sus miserias y su podredumbre, enfangado y recubierto del limo y los afanes del mundo.

Twitter del autor: @saturnesco 

La evidente cortedad de recursos de J. K. Rowling terminó por conducir a sus entusiastas seguidores al callejón sin salida del fraude y el lugar común. Un buen momento para dejarla y descubrir que hay libros y películas más allá del bestseller y las superproducciones del momento.

Acudí al cine, lo confieso, intrigado por el fracaso. Algunos días antes escuché o leí algunos pocos comentarios desfavorables sobre la película y otros de abierta decepción sobre el final. Alcancé a entender que el desenlace definitivo era, para decirlo pronto, un timo. Una vez en la sala lo comprobé: la película dista mucho de las expectativas generadas en torno suyo e incluso se distancia cobardemente de una culminación épica para una historia que tuvo sus episodios destacados; los mejores, la tercera y cuarta películas, Harry Potter y el prisionero de Azkabán y Harry Potter y el cáliz de fuego: Azkabán por la utilización de un recurso (el viaje en el tiempo) si no novedoso, sí notablemente ejecutado; y El cáliz de fuego por el tono francamente siniestro que domina el filme hasta el final y, sobre todo, porque me parece que es la única que intenta jugar con los matices existentes entre la maldad absoluta y la bondad absoluta, que sume en la ambigüedad a los buenos y a los malos para regresarlos confundidos y dudosos. Pero incluso las otras películas tuvieron lo suficiente para lograr el entretenimiento y una recompensa de satisfacción mínima.

Cabe preguntarse entonces qué le pasó no al director, sino a la autora en este último capítulo. Porque si bien la pericia del cineasta es cuestionable, la responsabilidad mana de esa otra fuente original que es J. K. Rowling. Cabe preguntarse por qué en el minuto final de este maratón la escritora británica sucumbió, quebrándose ante las muchas presiones que, es del conocimiento público, sobrevolaron en torno suyo como aves rapaces o carroñeras en espera de su tajada. La repuesta, me parece, es sencilla: a pesar de todas las páginas escritas, de un cierto nivel de erudición literaria y de otras disciplinas, del éxito comercial y la fama pública, Rowling no es una escritora de genio y como tal, en un momento crítico, ante el problema sumamente peliagudo de rematar dignamente su historia, la única solución que pudo idear fue una que muchos otros también pensarían, una trillada, pedestre, de cliché y lugar común, en suma, la solución fácil. ¿Qué distingue al escritor de genio del que no lo es? Su capacidad para evitar la solución fácil.

Pongamos por ejemplo el caso de Shakespeare, sin duda ni rebatimientos el escritor más genial que haya existido nunca. Quizá una comparación desmesurada e injusta pero que, por ese mismo exceso, mostrará mejor lo que quiero decir.

Gracias a quienes han estudiado sus obras, sabemos que casi ninguna de estas es netamente original de Shakespeare, que incluso para sus más grandes y mejores dramas, para sus personajes más paradigmáticos, el poeta tomó las anécdotas seminales de otros libros y autores. Othello, por ejemplo, se dice que salió de una colección de cuentos italianos; Hamlet, de viejas sagas escandinavas y danesas; El mercader de Venecia, también de otra narración italiana, y así sucesivamente. Sin embargo, ahora, casi quinientos años después, leemos a Shakespeare y no a esos oscuros escritores medievales o renacentistas, sobreviven (y no como meras piezas de museo) Othello y Hamlet y no “Un Capitano Moro” de Cinthio o la Gesta Danorum de Saxo Gramático. Entre otras razones, porque Shakespeare tomó dichas historias, las tensó trágica o cómicamente, hizo de cada una un problema y, al llegar el momento de distender todo, de devolver los acontecimientos a un curso más humano, de resolver su problema, rehuyó la solución fácil y optó por una que nunca nadie hubiera imaginado. Esa es la marca del genio.

No menos cierto es que esto es más bien extraordinario. Casi todos, nos pese o no, pertenecemos a la medianía, recibimos una educación común, leemos más o menos los mismos libros o vemos las mismas películas, usamos las mismas palabras y vestimos del mismo modo, tenemos conductas similares y gestos compartidos, respondemos ante una misma situación más o menos de la misma manera. En dos palabras, somos normales. Eso, la supresión de las particularidades y los detalles únicos, permite la convivencia cotidiana, la realización del mundo tal y como lo conocemos. O, si lo pensamos con un poco más de profundidad, hace que algo tan fundamental como el lenguaje sea posible —como bien demuestra Borges en Funes el memorioso y quizá también en otros lugares de su obra: «No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)».

Sin embargo, soy de los que piensan que el arte (si es que se me permite, a estas alturas, usar semejante vocablo), nació para distinguirse de ese mundo mediano y trivial —aunque quizá también para volver y resignificarlo. El escritor, el músico o el pintor, aunque parten de su cotidianeidad para la creación artística, en cierto momento están obligados a abandonarla o, para decirlo con mayor precisión, a extirpar su obra del seno de comodidad familiar que la envuelve. Esto es, a buscar una solución distinta a la que dictan la época o la tradición.

Si Shakespeare —o Dante, o Cervantes, o cualquiera de esos grandes nombres y también otros que a primera vista parecerían indignos para codearse con ellos— hubiera condescendido a utilizar las formas en uso, el léxico habitual y la retórica consabida, quizá sería un autor más del teatro isabelino o de literatura inglesa, una de las muchas entradas de una enciclopedia más o menos exhaustiva.

Rowling, creo que está claro, no es Shakespeare, y quizá nunca intentó serlo. Cualesquiera que hayan sido sus aspiraciones al comenzar a escribir la historia de Harry Potter, evidentemente estas resultaron sobrepasadas, aunque no podemos saber si cumplidas. Como enigma más bien adecuado para una fantasía contrafáctica, me pregunto qué hubiera sido de la saga Potter si su autora hubiera decidido darla a la publicación solo cuando estuviera totalmente terminada, si acaso así hubiera tenido el coraje para no oír otra voz más que la de su juicio y parecer que, sincera y justamente, poseen un grado de talento considerable, tan inglés en su facilidad para contar eficazmente una historia y enganchar al lector en ella.

Pero no fue así, ni para uno ni para otro: Shakespeare escribió de tal manera que se convirtió en Shakespeare y Rowling… bueno, Rowling es otro capítulo en la historia de los libros (que no de la literatura), uno que por su extravagancia y peculiaridad seguramente merecerá análisis y estudios que expliquen sus causas y efectos, pero solo como un fenómeno social de los últimos años del siglo XX y la primera década del XXI. Me atrevo a suponer, con un prejuicio irrazonable para el que no tengo ningún sustento más allá de mi intuición, que con el fin de las películas se acabaron los lectores febriles de Harry Potter. O quizá me equivoco y, con el tiempo, sus siete tomos se convertirán en la primera empresa más o menos seria y de importancia para un adolescente que se inicia en la lectura.

Por lo pronto, sin embargo, lo único que tenemos es esto: una buena historia con un final mediocre. Como partida de ajedrez de amateur, Rowling inició bien, continuó con decoro, hizo dos o tres movimientos interesantes al medio, pero terminó hecha un lío, aturdida y aventajada por su voraz y proteico contrincante: el gran mundo y sus demandas.

Quién sabe, tal vez fue mejor de este modo. Tal vez lo mejor que le podría pasar a un entusiasta de Harry Potter —como lector o como espectador de cine— sea el desengaño, la repentina conciencia de los recursos limitados de su autora y la (es de desear) consecuente curiosidad por buscar más, por encontrar otros libros y otras películas más allá de este ingenuo escarceo juvenil.

Twitter del autor