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La gimnasia política de Alan García y la familia Fujimori fracasó. Ollanta Humala ha sido elegido presidente del Perú en las más rudas y reñidas elecciones presidenciales de las que se tenga memoria

La gimnasia política de Alan García y la familia Fujimori fracasó. Ollanta Humala ha sido elegido presidente del Perú en las más rudas y reñidas elecciones presidenciales de las que se tenga memoria. Según la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), la diferencia entre uno y otro con el 86.592 % de votos escrutados es de apenas 2 puntos: Fujimori suma 48.817% y Ollanta 51.183%. Pero ya es irreversible. Con este resultado los cambios que vienen a partir del 28 de julio del 2011 son muchos y si bien la mayoría de ellos tienen que ver con Humala, varios de ellos también tienen que ver con Fujimori.

Adiós Fujimori, hasta nunca Alan García

En las elecciones de 1990 se enfrentaron Mario Vargas Llosa contra Alberto Fujimori, ocasión en la que Alan García movió todo el aparato del Estado para favorecer a Fujimori, involucrando incluso a Vladimiro Montesinos, quien aceitó los servicios de inteligencia peruanos para ofrecer información estratégica que allanaron el camino a Fujimori para conseguir la Presidencia de la República, recurriendo al espionaje telefónico, la intimidación y al desvió de recursos estatales. Alan García esperaba contar así con un aliado que lo proveyera de la protección necesaria para cubrir los fracasos de su deplorable gobierno (1985–1990). Pero Fujimori decidió implementar su propia ruta y el 5 de abril de 1992 dio un golpe de estado que culminó con el exilio de Alan García el la puesta en marcha de una compleja dictadura cívico-militar que llegaría a su fin, institucionalmente, sólo después de ocho años. Entonces, la Dictadura Fujimorista abandonó buena parte del poder político pero conservó feudos en el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas y Policiales y en la clase empresarial. Pero no sólo eso: dejó como herencia una cultura política sostenida en el neoliberalismo económico, el miedo político y la hegemonía de Lima sobre el resto del país. Hegemonía que tuvo su punto fuerte en la alianza realizada entre las fuerzas de Alan García y el Fujimorismo durante el período 2006-2011.

En este sentido las elecciones presidenciales del 2011 significaron un fortalecimiento de la alianza García-Fujimori pero también el inicio de su declive. El avance de Ollanta en las preferencias electorales fusiono aún más sus intereses y permitió la salida del clóset de la más rancia y conservadora derecha peruana: Pedro Pablo Kuczynski (ex candidato presidencial en la primera vuelta), Jaime Bayly, El Comercio, entre otros actores, se aliaron para denostar al candidato nacionalista y comparten por ello el sabor de la derrota. Las cosas hoy en día son claras en la política peruana. Ya sabemos quiénes son de izquierdas y quienes son de derechas. Hay en el aire político peruano la sensación de iniciar una verdadera transición a la democracia, de decirle hasta nunca al autoritarismo peruano y con ello darle un adiós a Fujimori.

Otro de los grandes derrotados es Alan García. Arquitecto inicial de Fujimori mira con preocupación los resultados electorales. Su partido, el APRA, no presentó candidato presidencial y sus cuadros apoyaron a Keiko Fujimori desesperadamente. Con la derrota no tienen quién vele por su impunidad y seguramente los casos de corrupción para un gobierno que cuenta con menos del 30% del apoyo popular serán materia fresca para que Ollanta inicie por ahí su campaña contra la corrupción. Alan García y su entorno lo saben y seguramente veremos a muchos de sus colaboradores desfilar por los tribunales peruanos a partir del 28 de julio del 2011, fecha en que asume funciones el Presidente electo.

La victoria de Ollanta Humala del día 5 de Junio del 2011 en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del Perú inicia un camino inédito por la izquierda. Mientras tanto, la derecha peruana queda herida gravemente y sus líderes contemporáneos, Alberto Fujimori y Alan García, comparten el fracaso: Keiko Fujimori. Su proyecto político fue rechazado por la mayoría de los peruanos y peruanas del interior del país. Lima, el gran eje político peruano, ha sido también la gran derrotada por las provincias amazónicas y andinas.

La Nueva Concertación de Centro-Izquierda peruana

Sin duda alguna el cuadro político peruano se ha transformado radicalmente. Los partidos tradicionales hoy en día son parte del pasado o muestras museográficas de una forma de entender la acción política que ya fue. El Fujimorismo tendrá que pasar por el calvario de una justicia necesaria y el nuevo bloque en el poder integrado por personajes antaño disímiles y encontrados, deberá buscar nuevas vías de concertación y consenso para gobernar para todos y todas las peruanas. En este sentido, personajes como Mario Vargas Llosa y el ex presidente Toledo serán vitales para esta nueva configuración democrática. Ollanta, en su discurso de victoria, aceptó este reto llamando a formar una amplia concertación política que gobierne para todos los peruanos.

Un último punto para reflexionar es el terremoto, en términos de la geopolítica andina,  que significa el triunfo de Ollanta. Se quiebra la columna internacional de apoyo para los Estados Unidos y Obama en los Andes. El eje Colombia, Perú y Chile se dislocó y solo quedan dos gobiernos de derechas en la región: Chile y Colombia. Seguramente el Perú de Ollanta Humala virará hacia Brasil. Esa vieja frase de que cuando hay un gobierno demócrata en los Estados Unidos se incrementan los gobiernos de derechas en América Latina es parte del pasado y lanza una señal de alerta para otras elecciones importantes que se vienen en el 2012: las elecciones presidenciales de México. La izquierda en América latina no estaba muerta ni andaba de parranda, supo aprender de sus errores y ya está gobernando la mayor parte de la región. Mientras que la derecha no salga de su lógica de más mercado y más marketing político, seguirá perdiendo terreno político.

En fin: las elecciones peruanas han concluido y desde la posición de este articulista el Perú salió ganando, un Fujimori en el poder hubiera significado un desastre terrible y, según dijo nuestro Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, la opción era darle más democracia al Perú. Hoy no ganó el menos peor y si Ollanta cumple con su promesa de más crecimiento económico con más distribución e inclusión social, el gran ganador será el Perú. Su camino está por iniciarse y ya veremos qué pasa. De momento, lo cierto es que la ilusión de muchos peruanos pobres brilla más que nunca. Ollanta Humala es el presidente electo, pese a quién le pese.

Links

http://www.larepublica.pe/05-06-2011/patricio-navia-el-desafio-de-ollanta-sera-convertir-los-temores-en-esperanza

http://www.larepublica.pe/06-06-2011/mario-vargas-llosa-hay-que-cicatrizar-heridas-y-reconciliar-la-familia-peruana

http://www.larepublica.pe/05-06-2011/ollanta-humala-el-pueblo-ha-emitido-su-veredicto-sin-miedo

http://elcomercio.pe/politica/771342/noticia-mapa-electoral-humala-se-impuso-centro-sur-selva

http://elcomercio.pe/politica/770539/noticia-mvll-mi-trabajo-ha-terminado-victoria-ollanta-humala

 

Algunas consideraciones en torno a la militarización del ciber-espacio

Política

Por: Gabriela Nava - 06/06/2011

La nueva estrategia militar del Pentágono clasifica todo ataque cibernético deliberado por parte de otras naciones como un acto de guerra.

Pocos días después de que el ataque cibernético a Lockheed Martin Aeronautics (el contratista militar más grande de los Estados Unidos fabricante, entre otras cosas, del avión de combate F-16) accionara las alarmas del establishment militar en Estados Unidos, altos funcionarios del Departamento de Defensa adelantaron al periódico Wall Street Journal que la nueva estrategia militar del Pentágono —de inminente presentación oficial— clasifica todo ataque cibernético deliberado por parte de otras naciones como un acto de guerra.  El portavoz del Pentágono, Coronel Dave Lapan, dejó muy en claro que los Estados Unidos considerarían todas las opciones —incluso las militares— para responder a una agresión de esta naturaleza.

Las invasiones de piratas cibernéticos con fines ideológicos, estratégicos o simplemente criminales no son nada nuevo. Con todo, las dimensiones casi épicas de algunos de los incidentes más notables del último año han subrayado la urgencia de invertir en el desarrollo de mejores sistemas de protección y han intensificado el debate en torno a la potencial militarización del ciber-espacio.  El asalto a la Red PlayStation comprometió la información financiera de aproximadamente 70 millones de usuarios y exhibió a Sony en una situación de fragilidad muy embarazosa. Pero los repetidos intentos de invasión a los sistemas de organizaciones militares (y sus contratistas) por parte de agencias de inteligencia o sus operadores en diversas partes del mundo , así como la propagación de gusanos cuyo objetivo es destruir (o por lo menos dañar) recursos estratégicos del enemigo, apuntan al ciber-espacio como el nuevo campo de batalla entre naciones.

Antes de que se descubriera que una nación enemiga podía ser saboteada enviándole un gusano cibernético, quedaba más o menos claro bajo qué condiciones un ataque armado se considera legítimo. Y habría que decir que, incluso en esos casos, el margen para la interpretación era bastante amplio. En el ciber-espacio la indefinición es todavía mayor. Lo anterior no solo torna mucho más difícil la regulación de este tipo de conflictos; también pone en entredicho las ventajas del ciber-espacio como campo de batalla.  Después de todo, si bien la protección del interés nacional puede tener prioridad sobre la legalidad de los actos bélicos, la mayoría de los países preferiría que la comunidad internacional reconociera la legitimidad de sus actos.

La Carta de las Naciones Unidas sugiere que la primera condición para declarar una guerra en legítima defensa se da cuando una nación ataca o agrede el territorio de otra utilizando cualquier tipo de arma. Los gusanos cibernéticos, virus y demás formas de malware son, para efectos prácticos, armas. Durante la guerra entre Rusia y Georgia en 2008 provocaron la caída de los sistemas del gobierno georgiano y obstaculizaron la comunicación entre éste y los ciudadanos.  Stuxnet trastornó las operaciones de la planta nuclear de Natanz y si bien no acabó con el programa nuclear iraní, lo retrasó, al tiempo que infectaba miles de computadoras en lugares tan distantes como Azerbaijan, Alemania y los Estados Unidos, entre otros.

Sin embargo, no es del todo claro cuándo un ataque cibernético justifica una respuesta bélica. Primero, porque estamos muy lejos de definir el tipo de ataque cibernético que calificaría, siguiendo los lineamientos de la ONU, como uso de la fuerza o agresión armada. Hasta donde se sabe, las intrusiones en los sistemas del Departmento de Defensa norteamericano han sido maniobras de espionaje que en ningún caso han producido daños de gran consecuencia o pérdidas humanas.  Por otro lado, si los incidentes del 11 de septiembre hubieran sido producto de sabotaje cibernético a las torres de control aéreo que dirigían los vuelos que chocaron contra el Pentágono y las Torres Gemelas, no cabe duda de que el ataque habría calificado como agresión armada.  Sin embargo, imaginemos un escenario en el que un virus colapsa temporalmente el sistema de pagos o entorpece el funcionamiento de la industria energética: los daños económicos y financieros serían sin duda, en estos casos, enormes. ¿Justificaría esto el uso de la fuerza?

Al final del día, es posible que consideraciones de índole mas pragmática sean las que dominen este debate. En el caso de Stuxnet, por ejemplo, Irán no demoró mucho en responsabilizar a los gobiernos de Estados Unidos e Israel por el ataque a Natanz, aunque insistiendo reiteradamente en que los daños causados fueron mínimos y la operación en general un fracaso.  Con todo, queda la duda de si Irán habría buscado algún tipo de sanción contra los perpetradores incluso en el supuesto de que los daños hubieran sido significativos,  pues corría el riesgo de exponer un programa nuclear en verdad encaminado a la fabricación de armas (objetivo que el gobierno iraní siempre ha negado).

Quizá de mayores alcances es la dificultad práctica para identificar al o los perpetradores de estos ataques en el ciber-espacio y atribuirles responsabilidad más alla de toda duda razonable. Lo anterior es pre-requisito para la planificación de cualquier represalia que busque minimizar daños colaterales. Las intrusiones de hackers pueden ser más o menos obvias al ojo entrenado pero siempre dejan rastros. El problema con gusanos como Stuxnet o los famosos botnets lanzados contra Georgia es que los rastros no apuntan hacia ninguna nación específica —la genialidad de estos artefactos, como explicaron recientemente expertos de Symantec, el Departmento de Defensa de EU y la Universidad de Toronto, es que utilizan código desarrollado y probado por criminales cibernéticos alrededor del mundo y que se encuentra ampliamente disponible.   Así pues, mientras que alguna evidencia circunstancial (que el periódico New York Times y otros espacios difundieron en su oportunidad) sugiere la participación de Estados Unidos e Israel en Stuxnet, el proceso de neutralización reveló que parte del código empotrado en el gusano bien podría ser de orígen ruso. En el mejor de los casos, los fragmentos residuales pueden ser rastreados hasta un código numerico (IP address) asignado a todas las computadoras con acceso a internet, pero el ataque pudo haberse generado a miles de kilómetros de ahí, en un país neutral o dentro del mismo territorio de la nación agredida.  Está por verse si en estos casos las nociones tradicionales de soberanía nacional y neutralidad no se revelan anacrónicas, obsoletas y rebasadas en este contexto de operaciones digitales.

Este es, sin duda, un tema fascinante con muchas dimensiones aún inexploradas.  Por lo pronto, habrá que esperar por la respuesta del Pentágono, su manera de aborda los detalles de esta nueva estrategia y hasta qué punto serán de conocimiento público. Será tambien muy interesante observar la reacción internacional al respecto.