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El origen del bosque de pinos oblicuos en Gryfino, Polonia, es un misterio, ¿era su destino ser muebles para el servicio secreto alemán o son parte de una secreta danza curvilínea de la naturaleza?

 

Como si quisieran mostrar una inclinación estílistica,  400 pinos en un rincón del oeste de Polonia crecen con una curvatura de 90 grados en su base, dándole un toque femenino y agraciado a la generalmente excrecencia faliforme de los coníferos.

Existen varios mitos alrededor de este bosque ubicado en Gryfino y poca información fidedigna, pero la versión más repetida es que fueron plantados en la década de los 30 con intervención humana con el fin de ser convertidos en muebles; se dice incluso que fueron los carpinteros del servicio secreto alemán los que curvaron los árboles con dispositivos mecánicos. Sin embargo, los pobladores locales señalan que los troncos no son adecuados para fabricar muebles, y que se debe a un extraño patrón natural. De lo que no hay duda es que este bosque es un gran escenario para jugar "encantados" con un spin.

 

FORESTA-STORTA-1

in-the-mysterious-crooked-forest-of-western-poland-roughly-400-pine-trees-all-grow-with-a-90-degree-bend-at-the-base-the-reason-behind-the-curved-trees-remains-unknown-to-this-day

 

[Discovery]

En un insólito equilibrio entre naturaleza y cultura, murciélagos que habitan dos de los recintos bibliotecarios más antiguos de Portugal garantizan la conservación de los libros gracias a su dieta insectívora.

Aunque Drácula y otros filmes y relatos de vampiros nos acostumbraron a pensar que el murciélago se alimenta únicamente de sangre, lo cierto es que solo unas pocas especies de este mamífero volador basan su dieta en el más vital de los líquidos corpóreos. La mayoría, un 75% de las especies, se alimenta de frutas, néctar de las flores y especialmente insectos.

En Portugal, esta preferencia entomófila ha rendido un inusitado beneficio a las dos bibliotecas más antiguas del país luso, la que resguarda la Universidad de Coimbra y la del Convento de Mafra, la primera asentada definitivamente en dicha ciudad desde 1537 y el Convento fundado en 1715.

Aunque se sabía ya de la presencia de los murciélagos en la biblioteca universitaria (también llamada “Joanina” en honor al rey D. João V, el “Rey Magnánimo”) solo hasta hace poco un investigador de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Lisboa, Jorge Palmeirim, se apostó una noche en el recinto llevando todo tipo de aparatos de medición sonora para conocer con certeza qué variedad reside entre las bóvedas y los anaqueles desde hace al menos doscientos años. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, Palmeirim tuvo que conformarse con evidencia recogida posteriormente: «No pude ver, solo oír, pero llegué a la conclusión, por los excrementos que encontré, que ahí habitan al menos dos especies de murciélagos».

Por su parte el director de la biblioteca, Carlos Fiolhais, aseguró que los murciélagos han vivido ahí desde siempre, por lo que las mesas del lugar se recubren con pieles que las protejan de las excreciones de los animales. “Los murciélagos vuelan libremente, comiéndose los insectos”, dijo Fiolhais, a quien parece ya no sorprender el contraste entre la fastuosidad barroca (que se puede apreciar aquí con mayor detalle) y la singular fisonomía de los quirópteros.

En el Convento de Mafra esta peculiar relación se refuerza gracias al revestimiento de madera antigua de las altas paredes que rodean la biblioteca, condición que se cree sumamente propicia para que los murciélagos hayan elegido este lugar como guarida y al mismo tiempo se resistan a abandonarla y mudarse. Además, ese mismo material ha permitido la óptima conservación de los libros, según Teresa Amaral, la responsable del recinto.

La capacidad de caza y alimentación de insectos de un solo murciélago ronda los 500 diarios, de ahí que se crea sumamente posible que a pesar de las hendiduras y ductos de ventilación y comunicación comunes en este tipo de edificios antiguos de Portugal, los libros ahí resguardados no hayan sufrido hasta la fecha ningún deterioro que pudiera achacarse al efecto voraz de insectos que, como los psocópteros, tienen fama de devorar bibliotecas enteras —literalmente.

[Diário Digital]