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Francisco Oliveira Silva "Tiririca", el payaso más votado de la historia

Política

Por: Gabriel Soma - 03/28/2011

Brasil estrena diputado federal: Tiririca. No sabe absolutamente nada sobre leyes, pero podemos garantizar que te hará reír a carcajadas.

Francisco Oliveira Silva, mejor conocido como Tiririca, es el payaso más famoso de Brasil. Sus programas televisivos cautivaron a la audiencia brasileña con su humor sencillo e irónico, y sus composiciones musicales interpretadas por él mismo, le situaron como uno de los personajes más queridos de la televisión. Lo que nunca se imaginó este antiguo maestro circense, fue que llegaría a convertirse en un personaje de la política de su país.

Las elecciones federales llevadas a cabo en octubre del 2010 arrojaron resultados que dejaron boquiabiertos a los políticos brasileños, cuando el payaso Tiririca, adoptado por el recientemente conformado Partido Republicano de Brasil, obtuvo la segunda mayor cantidad de votos para diputado federal registrada en la historia de esta nación.

A pesar de que en uno de los spots más difundidos del humorista, este declara  “¿Ustedes saben lo que hace un diputado en el Congreso? Yo tampoco. Pero ya se lo contaré”, al abrirse las urnas por lo menos 1.3 millones de personas acudieron a apoyar la reciente carrera política de Tiririca, demostrando que el pueblo de Brasil está suficientemente desilusionado de las corruptas elites gobernantes como para incluir a un amigable payaso sin absolutamente ningún conocimiento del funcionamiento de la política  en la cámara.

Por esto mismo, el 11 de noviembre del año pasado, Tiririca fue sometido a un examen en el Tribunal Regional Electoral de Sao Paulo para demostrar que no era analfabeta, debiendo leer el título y el subtítulo de dos páginas de un diario de Sao Paulo. También fue sometido a la lectura de una frase del libro "Justicia Electoral - Retrospectiva”.

Una vez superados estos obstáculos, el señor Francisco Oliveira comenzó sus actividades como diputado federal el pasado mes de febrero. En sus primeros días, el acto más significativo llevado a cabo en la cámara fue firmar la solicitud de apertura de la DPVAT IPC (para investigar las denuncias de irregularidades en el seguro obligatorio de vehículos de motor). Él no recuerda el contenido del documento. Firmó porque los demás estaban firmando, dijo.

En una entrevista realizada para su página de internet,  el diputado fue cuestionado sobre sus primeros días como representante político, y estas fueron sus respuestas:

¿Ha descubierto ya lo que hace que un congresista?

Todavía no. Estoy un poco perdido todavía. Es todo muy nuevo, pero poco a poco  voy a adaptarme, si Dios quiere ...

Pero ya se han inscrito para solicitar la apertura de la CIA, ¿no?

He firmado algunas cosas, pero con la cabeza así no puedo decir lo que era. Fue mucho lo que los otros chicos estaban firmando, es decir, otros diputados.

¿Usted quiere trabajar para poner fin a la corrupción?

No pensé nada sobre esto todavía.

Tiririca durante su primera sesión en la cámara legislativa

¿Cómo la elección cambiado su vida?

Todo cambió. Yo nunca había vestido con un traje y corbata, ahora tengo que usarlos. Todo es muy nuevo para mí.

La elección del diputado Tiririca se vio acompañada de otras elecciones que reflejan de un modo claro la apatía por parte del pueblo brasileño hacia la política. El legendario boxeador “Popo” (Acelino  Freitas) fue también elegido por parte del Partido Republicano, así como el ex participante del programa Big Brother, Jean Wyllys.  Los legendarios futbolistas Romario y Bebeto forman ahora también parte de la cámara, así como muchos otros novatos que ingresaron sin ningún tipo de actividad legislativa previa.

Esto puede comprenderse al recordar que apenas en diciembre del 2010 los diputados rechazaron el aumento del salario mínimo y sin embargo se adjudicaron a sí mismos un aumento de casi el 60% en sus salarios, lo que recuerda a la población general que en los círculos políticos existe una predominante corrupción que les mantiene ya constantemente desilusionados de las actividades políticas del país. Ante este rechazo al paradigma del personaje político con antecedentes de abogados, administradores, economistas, politólogos, etc., el pueblo Brasileño ha optado por delegar la toma de decisiones a personajes que representen más el sentir popular, como boxeadores, cómicos y futbolistas.

El cinismo de Tiririca en cuanto a su manifiesta ignorancia sobre asuntos políticos podría ser en realidad una represalia a los diputados brasileños; una llamada de atención que parece declarar: ¿Quieren payasos tomando decisiones de gobierno? ¡Pues ahí les va el mejor!

 
La marcha convocada por Javier Sicilia realizada ayer en distintas partes del mundo no fue un momento crucial en la historia, no fue un épico batazo de "home run", pero, acaso, permite entrever la posibilidad del esfuerzo colectivo entre iguales

Hace tiempo, en septiembre de 2009, fui con un par de amigos al Foro Sol para ver jugar a los Diablos. Recuerdo la fecha con tanta precisión, entre otras razones, porque pocas semanas antes se había celebrado el Mundial de Béisbol en ese mismo parque, torneo en el que el equipo mexicano tuvo un desempeño más bien mediocre a pesar de dos o tres condiciones que parecían, de inicio, favorables para superar al menos la primera ronda de clasificación.

En aquel partido contra los Sultanes, en alguna de esas entradas intermedias del béisbol mexicano en que la emoción por lo que hacen o dejan de hacer los jugadores disminuye un poco, pedí a uno de mis amigos, el de afición deportiva más sólida, su opinión sobre el entonces reciente fracaso nacional. México no avanzó, me dijo, porque nadie quería batear sencillos, todos se creían capaces de grandes batazos, de home-runs que dieran la vuelta al marcador, el que bateaba quería convertirse en el héroe que salvara de último minuto la inminente derrota del equipo.

Traigo a cuento esta anécdota por la marcha a la que convocó Javier Sicilia hace unos días y que se efectuó ayer seis de abril y, en especial, por las opiniones escépticas o francamente contrarias que pude leer y escuchar sobre la misma. Opiniones que bien pueden resumirse en una pregunta que admite variaciones: ¿Para qué hacerlo?

Supongo que el rechazo de estas personas se basa en la certeza de que gestos y manifestaciones de este tipo son rotundamente inútiles, que si estos actos generan algún impacto éste es ínfimo y prácticamente imperceptible. Y la verdad es que no se equivocan. No se necesitaron los dones del profeta o del visionario para afirmar que antes de la marcha la situación del país sería más o menos la misma que después de la marcha. Del mismo modo, bastó asistir a la de la Ciudad de México —una marcha discreta, desangelada, inferior en varios aspectos a lo esperado o lo deseado— para darse cuenta de que sus asistentes no seríamos testigos de un momento crucial de la historia patria, de que esa noche ningún régimen caería ni ningún rey sería capturado como un ladrón que huye amparado por las sombras y el caos y que después es llevado por la muchedumbre al pie de la guillotina.

Si todavía resulta admisible hablar del “carácter nacional”, de ciertos rasgos compartidos que unifican algunas actitudes del mexicano en situaciones muy específicas, quizá pueda señalarse la tajante radicalidad con que juzga una opinión o un suceso que contradice sus creencias más personales. Para muchos no existe otro marco de comprensión más allá del folclórico volado: águila o sol, todo o nada. Así, una marcha como la de ayer debe resolverlo todo en esa ocasión única; si no es así, mejor no hacer nada. Lo mismo para las personas que encarnan dichos eventos: es común escuchar que se exija de los manifestantes una actitud recta en todos los ámbitos de su vida, una congruencia férrea entre la prédica y las acciones; cual santos en camino a la perfección, se les presume observantes de todas las leyes existentes, las escritas y las no escritas, y ay de ellos si se atreven a comprar un disco pirata o a sonar el claxon indiscriminadamente, a beber una coca-cola o comprarse unos converse, porque entonces todas sus proclamas se vuelven polvo y su reputación queda reducida a la nada.

Tal vez la marcha de ayer haya sido una buena oportunidad para empezar a comprender que los cambios que duran no son cosa de un día, de un batazo, de una rebelión que levanta en su violencia a los pocos que se retrasan en la superficie. Tal vez esta marcha nos permita entrever las posibilidades del esfuerzo colectivo realizado entre iguales, entre personas, débiles y temerosas y desconfiadas, las diferencias positivas de esa hipotética comunión frente a la estéril esperanza en la renovación repentina, milagrosa, arrostrada por un solo hombre, que tanto caracteriza nuestro comportamiento político.

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