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Al parecer el ajedrez político de Alán García se está derrumbando, su apuesta de apoyar a Fujimori y a Kuczynski, con la finalidad de dividir los votos y restarle apoyo a Toledo y a Humala no está funcionando
Desde hace cerca de un año la clase política del país andino ha preparado a sus ciudadanos para este crucial momento electoral. Del amplio abanico de candidatos, el primer elemento que sorprende es la ausencia de un representante del Partido Aprista Peruano. Alan García y la dirigencia aprista decidieron bajarse del protagonismo electoral a pesar suyo, las razones que los movieron a esta decisión son muchas, entre ellas tenemos un reducido apoyo de la ciudadanía a la gestión del Presidente García; escándalos de corrupciones relacionadas con su anterior Primer Ministro, Jorge Del Castillo y con miembros prominentes de su gobierno; espionajes criollos; grabaciones clandestinas a sus adversarios; el fracaso de sus políticas de gobierno en seguridad pública y transparencia; su afán privatizador de la Amazonía peruana; además de su política internacional incondicional a los intereses de los Estados Unidos. Todas ellas han armado un explosivo e indigesto ceviche político que ha hecho del Partido de Gobierno (el APRA de Alan García), la opción política más detestable para los peruanos. ¿Pero qué opciones quedan para los electores? Las respuestas son variopintas y en ellas se dibuja la mano de Alan Garcia, quién ha falta de candidato propio, promueve desde su fuego intimo y no tan intimo las candidaturas de Keiko Fujimori y de Pedro Pablo Kuczynski, personeros que también cuentan con las simpatías de Washington, aunque hay que aclarar que Alejandro Toledo sería un excelente Presidente para Obama. En el otro lado del ring mediático Ollanta Humala, figura de las pasiones nacionalistas peruanas trata de colocarse al centro del ruedo político y  aparecer como un candidato serio, maduro y responsable, lejos de las manifestaciones hormonales, populistas y antiimperialistas de Hugo Chávez. Humala lo está consiguiendo y hoy en día lidera las encuestas. Completa la lista de los protagonistas de esta conjura electoral el ex alcalde de Lima, Luis Castañeda, quién de favorito absoluto, paso a quinto absoluto, desinflado y en baja electoral, seguramente vera desde su balcón la definición de la segunda vuelta entre algunos de los primeros cuatro candidatos mencionados. El resto de los postulantes a la presidencia no cuentan salvo para la anécdota. Por otra parte, es importante tomar en cuenta las encuestas de los barómetros de la democracia peruanos (DATUM e IPSOS), cuyos resultados son no aptos para cardiacos. Humala, cuenta con una intención del voto de 21.2%, mientras que Keiko Fujimori lo sigue muy de cerca con un 20.7%, en tanto Alejandro Toledo no se queda atrás con un 20.1%, en tanto los otros dos candidatos importantes van a la baja, Pedro Pablo Kuczynski, el ciudadano estadounidense, con vocación presidencial peruana apenas alcanza el 14.6% y más atrás, Luis Castañeda con raquítico 13.9%. Así, los números nos confirman que la pelea está entre los tres primeros, en algo que los encuestologos llaman “empate técnico”. Brasil, Estados Unidos y Alan García Al parecer el ajedrez político de Alán García se está derrumbando, su apuesta de apoyar a Fujimori y a Kuczynski, con la finalidad de dividir los votos y restarle apoyo a Toledo y a Humala no está funcionando. El respaldo del Partido de los Trabajadores de Brasil a Humala y el desgaste del sueño estadounidense en el imaginario colectivo de los peruanos están encaminando a los partidarios del nacionalismo moderado a la Casa de Pizarro. No es un dato menor que el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, haya calificado este proceso electoral de una “payasada”, y que el ciudadano estadounidense, postulante a la Presidencia del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, se haya quejado de la intervención extranjera brasileña, afirmando en todo caso que: “los brasileños son mejores que la gente de (Hugo) Chávez”. Y ciertamente que George Bush. En fin, el Perú va camino hacia importantes cambios políticos, transformaciones que sin duda influirán en la relación entre Suramérica y los Estados Unidos. Solo quedan dos semanas y esperemos que gané, como diría un amigo, el menos peor. Vínculos y links: http://elcomercio.pe/politica/734073/noticia-ppk-cuestionointervencion-gobierno-extranjero-humala http://www.larepublica.pe/27-03-2011/encuesta-de-apoyo-confirma-humala-en-el-primer-lugar http://elcomercio.pe/politica/734025/noticia-ipsos-apoyo-seis-partidos-politicos-pasarian-valla-electoral  
La marcha convocada por Javier Sicilia realizada ayer en distintas partes del mundo no fue un momento crucial en la historia, no fue un épico batazo de "home run", pero, acaso, permite entrever la posibilidad del esfuerzo colectivo entre iguales

Hace tiempo, en septiembre de 2009, fui con un par de amigos al Foro Sol para ver jugar a los Diablos. Recuerdo la fecha con tanta precisión, entre otras razones, porque pocas semanas antes se había celebrado el Mundial de Béisbol en ese mismo parque, torneo en el que el equipo mexicano tuvo un desempeño más bien mediocre a pesar de dos o tres condiciones que parecían, de inicio, favorables para superar al menos la primera ronda de clasificación.

En aquel partido contra los Sultanes, en alguna de esas entradas intermedias del béisbol mexicano en que la emoción por lo que hacen o dejan de hacer los jugadores disminuye un poco, pedí a uno de mis amigos, el de afición deportiva más sólida, su opinión sobre el entonces reciente fracaso nacional. México no avanzó, me dijo, porque nadie quería batear sencillos, todos se creían capaces de grandes batazos, de home-runs que dieran la vuelta al marcador, el que bateaba quería convertirse en el héroe que salvara de último minuto la inminente derrota del equipo.

Traigo a cuento esta anécdota por la marcha a la que convocó Javier Sicilia hace unos días y que se efectuó ayer seis de abril y, en especial, por las opiniones escépticas o francamente contrarias que pude leer y escuchar sobre la misma. Opiniones que bien pueden resumirse en una pregunta que admite variaciones: ¿Para qué hacerlo?

Supongo que el rechazo de estas personas se basa en la certeza de que gestos y manifestaciones de este tipo son rotundamente inútiles, que si estos actos generan algún impacto éste es ínfimo y prácticamente imperceptible. Y la verdad es que no se equivocan. No se necesitaron los dones del profeta o del visionario para afirmar que antes de la marcha la situación del país sería más o menos la misma que después de la marcha. Del mismo modo, bastó asistir a la de la Ciudad de México —una marcha discreta, desangelada, inferior en varios aspectos a lo esperado o lo deseado— para darse cuenta de que sus asistentes no seríamos testigos de un momento crucial de la historia patria, de que esa noche ningún régimen caería ni ningún rey sería capturado como un ladrón que huye amparado por las sombras y el caos y que después es llevado por la muchedumbre al pie de la guillotina.

Si todavía resulta admisible hablar del “carácter nacional”, de ciertos rasgos compartidos que unifican algunas actitudes del mexicano en situaciones muy específicas, quizá pueda señalarse la tajante radicalidad con que juzga una opinión o un suceso que contradice sus creencias más personales. Para muchos no existe otro marco de comprensión más allá del folclórico volado: águila o sol, todo o nada. Así, una marcha como la de ayer debe resolverlo todo en esa ocasión única; si no es así, mejor no hacer nada. Lo mismo para las personas que encarnan dichos eventos: es común escuchar que se exija de los manifestantes una actitud recta en todos los ámbitos de su vida, una congruencia férrea entre la prédica y las acciones; cual santos en camino a la perfección, se les presume observantes de todas las leyes existentes, las escritas y las no escritas, y ay de ellos si se atreven a comprar un disco pirata o a sonar el claxon indiscriminadamente, a beber una coca-cola o comprarse unos converse, porque entonces todas sus proclamas se vuelven polvo y su reputación queda reducida a la nada.

Tal vez la marcha de ayer haya sido una buena oportunidad para empezar a comprender que los cambios que duran no son cosa de un día, de un batazo, de una rebelión que levanta en su violencia a los pocos que se retrasan en la superficie. Tal vez esta marcha nos permita entrever las posibilidades del esfuerzo colectivo realizado entre iguales, entre personas, débiles y temerosas y desconfiadas, las diferencias positivas de esa hipotética comunión frente a la estéril esperanza en la renovación repentina, milagrosa, arrostrada por un solo hombre, que tanto caracteriza nuestro comportamiento político.

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