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Una reflexión comparativa entre la sutil pero sistemática violencia cotidiana en las ciudades, frente a la espectacular y cruel violencia desatada por el narcotráfico en México; poco envidiable disyuntiva

L'habitude! Aménageuse habile mais bien lente et qui commence par laisser souffrir notre esprit pendant des semaines dans une installation provisoire; mais que malgré tout il est bien heureux de trouver, car sans l'habitude et réduit à ses seuls moyens il serait impuissant à nous rendre un logis habitable.

[¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas enteras en una instalación precaria; pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!]

Proust, Du côté de Chez Swann [en la traducción de Pedro Salinas]

Hace uno o dos años, más o menos por la época en que los levantados y los decapitados y los ejecutados y los encobijados y los encajuelados y los muertos con tiro de gracia y los cuernos de chivo y el fusil M-15 y el AR-15 y las granadas de fragmentación y los casquillos percutidos y los narcomensajes y las narcomantas y las narcofosas y los narcotúneles y las narcofiestas y la Miss Narco y las matanzas por decenas y los cuerpos calcinados y los cuerpos disueltos en ácido y los cuerpos desmembrados y los cuerpos mutilados y los cuerpos vejados y los capos y los sicarios y los pozoleros y las orejas y los halcones y los zetas y los pelones y la familia y la extorsión y los ajustes de cuentas y las acciones de inteligencia y los operativos quirúrgicos y la guerra que vamos ganando aunque no lo parezca se convirtieron en motivos cotidianos de los informativos nacionales, yo también, un cualquiera, un don nadie, quedé contagiado por cierto miedo, zozobra o simple y vana preocupación por el estado del país, por esa agonía que ya entonces me parecía irreversible o al menos difícilmente remontable. Yo también me lamentaba ante las malas noticias. Yo también suponía que éstas no podían ser peores. Yo también me asombraba de que al día siguiente quedaran superados los límites del horror y la crueldad trazados apenas el día anterior. Y también, al final (o en un momento que marqué arbitraria e irracionalmente como final), dejé de lamentarme, de suponer y de asombrarme. En lugar de «esa lasitud teñida de asombro» de la que habla Camus y que todo lo perturba comenzando por la raíz misma de la existencia, quedó más bien una perversa lasitud teñida de costumbre, una suerte de pasividad airada quién sabe si auténtica, si autoimpuesta, si implantada taimadamente desde el exterior a través de argumentos falaces y ventajosos.

Tan timorata reacción obedeció, claro, a ciertas causas previsibles que vale menos la pena enumerar que concentrarlas y caracterizarlas por el tipo de violencia que representan, una violencia armada, brutal, desmedida —violencia frente a la cual, pensé entonces y pienso ahora, la única fuerza oponible es la del Estado, la de la autoridad, la de la Ley. Sin embargo, en el fondo hubo otra circunstancia que me permitió por momentos tender el manto de la indiferencia sobre toda esa podredumbre. Como habitante del DF, nunca había estado en medio de una balacera ni se había descubierto, a la vuelta de mi hogar, un cadáver sometido a los signos del narcotráfico. Sólo por mi situación geográfica concluí, cínicamente, que ese rasgo aborrecible del país en realidad no me afectaba. No sé o no quiero confesar si creí dicha tontería. Tal vez no, tal vez por un tiempo, tal vez siempre que el país se conmociona por una mala nueva yo me aferro un poco más a ese tibio clavo.

Sea como fuere, pronto entendí la nula importancia de que ese tipo de violencia distara o no cientos de kilómetros de mi entorno más cotidiano. Por su naturaleza misma (tan ubicua, tan sutil a veces como manifiesta en otras, tan parecida a la naturaleza del poder), sufría sin duda otro tipo de violencia a la que, sin advertirlo, me había acostumbrado. Violencia menos evidente quizá, pero igual de intolerable y más bien germinal.

Esa violencia persistente, mínima, que rige buena parte de las relaciones incidentales aunque necesarias dentro de esta ciudad y que nace de la nula consideración hacia el otro, de esa certeza arraigada, incuestionable, de que el otro existe y es real pero o es un autómata o un ser sin alma o, más llanamente, se le anticipa al menos una de dos inferioridades: la idiotez o la cobardía. Se le desprecia en cualquiera de los casos.

¿Las pruebas? El chicle todavía babeante arrojado a la vía pública. La música del vecino o del conductor de transporte público que escuchan los vecinos de los vecinos del vecino o los pasajeros de otro autobús. El claxonazo del impotente. Los gerentes y encargados de un establecimiento cualquiera que autorizan tremendas bocinas a la entrada de su local creyéndolas luz que atraerá polillas. Los espacios reservados para el anciano, el discapacitado o la embarazada ocupados de vez en vez por el anciano, el discapacitado o la embarazada. El automovilista. La bolsa de basura arrinconada a la mitad de una calle poco transitada. O, para rematar, esa sustitución de la civilizada costumbre de escuchar música sirviéndose de un par de audífonos por el incipiente hábito de utilizar el altavoz integrado a teléfonos celulares y ciertos dispositivos de reproducción musical.

Conforta que estas conductas, violentas a su manera, podrían menguar hasta desaparecer por la sola voluntad de sus practicantes. Decepciona que todo eso permanecerá. Entristece que la ciudad cada día se vuelva un poco más insoportable, un poco más infernal.

¿Cómo es la vida dentro de un submarino dedicado a transportar cocaína?

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/24/2010

Gustavo Alonso, ex capitán de un submarino colombiano dedicado a transportar cargamentos de cocaína, narra las infernales condiciones que se vivían a bordo de su narconave.

Sin duda una de las profesiones más extravagantes es la de piloto de un narco submarino dedicado a transportar cargamentos de cocaína con un valor de varios millones de dólares a través de las aguas intercontinentales. Tras su captura a manos de la guardia costera estadounidense, Gustavo Alonso accedió a narrar algunas de sus vivencias cotidianas a bordo de la narconave colombiana:

"Alrededor de las ocho de la noche la marea era alta y la noche lo suficientemente oscura para esconder el sumergible. Un pequeño bote remolcó la nave hasta el mar y la tripulación encendió el motor. Aceleraron a 12 nudos y marcaron el rumbo a 270 grados hacia el oeste de la costa para alcanzar mar abierto. Los guardias provistos por la mafia para resguardar cada transporte permanecieron de pie junto a la puerta del cuarto de máquinas armados con una pistola y un rifle de asalto. El interior del submarino esta increíblemente caliente. A pesar de el sistema de ventilación, las máquinas remueven el oxígeno del aire y a cambio devuelven monóxido de carbono. Constantemente sientes como si te sofocaras. Cada cuatro horas reducíamos la velocidad de 12 a 6 nudos. Luego abríamos la compuerta por exactamente un minuto para dejar entrar un poco de aire fresco y luego acelerábamos de nuevo", cuenta Alonso.

El equipo de cuatro tripulantes trabajaba por turnos mientras Alonso monitoreaba la ruta. Una vez en mar abierto, el hombre con el rifle de asalto le dio un papel arrugado en el cual estaba indicado el destino exacto. Las instrucciones advertían que debían arribar ahí en un día y hora determinados. A pesar del cansancio y la tensión permanentes era difícil conciliar el sueño tras terminar el turno, pues el ruido era una gran dificultad. Debían tomar enormes cantidades de agua para equilibrar los litros de sudor que emanaban diariamente. Su principal alimento era leche condensada producida en Perú, de la marca "Leche Gloria". Y para complementar el poco deseable escenario, el hedor de los excrementos que no podían desechar, para mantener discreción absoluta durante su trayecto, se hacía casi insoportable. Por si fuese poco, los cuatro miembros debían convivir por varios días en un espacio de 15 metros cuadrados, en el cual apenas y podías pararte de pie sin que tu cabeza chocase contra el techo del submarino.

Una vez alcanzado el destino, ubicado a 600 millas naúticas de la costa mexicana, recibieron la noticia de que el contacto mexicano que debería de recoger las 3.5 toneladas de cocaína con un valor de venta en las calles de Miami superior a los $60 millones de dólares, estaba retrasado debido a problemas técnicos con el transporte, la tensión aumentó. Cuatro días aguardaron varados en el infernal contexto, sólo jugaban cartas e inhalaban cocaína esperando a que pronto terminara la pesadilla. Eran las diez de la mañana del quinto día cuando escucharon una especie de disparo. Cuando uno de ellos se asomó comprobó que un helicóptero de la guardia costera estadounidense había lanzado una red para inmovilizar la embarcación. La nauseabunda aventura había terminado. Estaban detenidos.

via Der Spiegel