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Un nuevo pasatiempo, además del sexo intrépido y el vodka, se vuelve popular entre las adolescentes de Rusia: retar a los trenes acostándose en las vías mientras estos pasan por encima.

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Mundialmente famosas por su intrépida apertura sexual y por su afición casi mística por el vodka, las niñas de Rusia parecen haber encontrado un nuevo pasatiempo que les permite liberar sexy adrenalina en los suburbios de las grandes ciudades.

El nuevo hobbie, un arriesgado subdeporte urbano, consiste en acostarse entre las vías del tren, acomodando su cuerpo en forma paralela a estas y esperar a que pase el ferrocarril. Es importante colocarse en posición poco antes de que la máquina pase por el lugar elegido para vivir la aventura, ya que de esta forma el conductor no podrá intentar frenar la locomotora.

La experiencia puede considerarse un triunfo si son capaces de resistir ahí acostadas, con sus cuerpos ocultos en el nicho formado entre ambas vías, mientras el tren pasa por encima de ellas. Una vez que el tren se ha ido, se levantan inmersas en un trance adrenalínico y sonríen, liberando un etílico pero inocente aliento a victoria.

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Con un bizarro sentido arquitectónico se levantan palacios y fortalezas de los traficantes de amapola en las ciudades de Afganistán

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La euforia sutil del sueño inducido por la amapola, construido alrededor de poéticas avenidas metasensoriales, puede tornarse en una especie de carnal pesadilla cuando se trata del millonario tráfico de esta planta. El procesamiento de la amapola da vida a la heroína y otras substancias hermanas que son la materia prima de un mercado tan obscuro como redituable.

Como una de las bizarras manifestaciones de la vulgarización del plácido sueño opiáceo, se erigen en Kabul, y algunas otras ciudades afganas, una especie de fortalezas o castillos de notable mal gusto que se conocen como “los palacios de la amapola”. Estas edificaciones son el hogar, o centro de operación urbano, de algunos de los más exitosos pimps o traficantes de amapola en Afganistan, país considerado como el segundo más corrupto del mundo, según el índice de desarrollo humano de la ONU.

Los palacios de amapola son mansiones torpemente lujosas, muy bien resguardadas, que buscan imponer en una combinación entre palacetes nuevo ricos y fortalezas militares, un respeto frente a la población afgana. Cínicamente varias de estas casas son propiedad de oficiales del gobierno en una descarada prueba de su relación con el tráfico de heroína.

Las estrafalarias estructuras, que se multiplican en esta tierra invadida por Estados Unidos (país que seguramente se beneficia en alguna medida del mercado de heroína) encarnan la nemesis de la ternura metafísica del sueño opiáceo y nos recuerdan una triste y antionírica realidad.