Identidades en el extrañamiento: los horrores cotidianos de Anna Starobinets y Alberto Chimal

El alma mexicana puede doblarse, humillarse, "agacharse", pero no rajarse; expuso Octavio Paz en El laberinto de la soledad. En dicha radiografía de la psique colectiva mexicana, el autor aborda también a la soledad como un sentimiento de separación del exterior, del que se protege mediante un mecanismo que se vale de máscaras de cortesía extrema, ironía y machismo para evitar ser herido. Quizás también sea cierto que el alma mexicana se encuentra marcada por la tensión constante entre el pasado indígena reprimido y las aspiraciones occidentales; el accidente histórico al que se refería el Grupo Hiperión, de donde nace una melancolía ligada a los procesos de despojo y de mestizaje.

Quizás a ello se deban el gusto y la aceptación de la literatura rusa en el público nacional, porque el alma mexicana encuentra diversos puntos en los cuales puede identificarse con el "alma rusa". Pues, mientras que la russkaya dusha evoca una melancolía mística, una dualidad entre la compasión y la violencia y una profunda resignación espiritual ante el sufrimiento, el alma mexicana se ha estructurado alrededor de los traumas históricos (Conquista, intervención extranjera, Revolución, movimiento del '68) y el sincretismo. De este modo, el alma rusa encuentra su redención en el sufrimiento y la fe, mientras que la mexicana lo hace en la fiesta y en el desdén humorístico de la tragedia. La muerte no se oculta en el sótano de la psique, sino que forma parte de la vida y se le dedica su celebración respectiva.

Sin embargo, Juan Villoro advierte que la mexicanidad no debe verse como un tótem inmutable, sino como una identidad híbrida, múltiple y fragmentada en constante evolución. Quizás ello explique la transición del análisis existencial de ambas almas a través del puente que la obra de Anna Starobinets ha tendido entre las pesadillas del totalitarismo burocrático del siglo XX y los horrores tecnológicos de la era digital del siglo XXI. Lejos están los tiempos de Dostoyevski donde el hombre buscaba a Dios, seguidos por el testimonio de la experiencia de control del estado soviético y las secuelas de la Gran Guerra Patria; al final, el trauma fue relevado por el horror cotidiano, la crueldad burocrática y la deshumanización del cuerpo femenino. En la ficción de Starobinets, al ciudadano ya no le queda intimidad que proteger: las tecnologías totalitarias, la presión social del conformismo y las cirugías de control le arrancan la máscara y la individualidad por completo. El alma muta así de una melancolía trágica a una parálisis existencial inducida.

Para comprender la arquitectura de esta parálisis, podemos acudir a la noción del espacio liminal. Este se define, en su origen antropológico y arquitectónico, como un lugar de transición; un umbral físico o psicológico que se encuentra "entre un estado y otro", desprovisto de su función habitacional o de tránsito habitual, cuyos ejemplos más claros son un pasillo de hotel vacío a mitad de la noche, una sala de espera desierta o un centro comercial clausurado. En los últimos años, este concepto ha adquirido una relevancia masiva en la cultura contemporánea, transformándose en un replanteamiento de la realidad y en un objeto de goce estético a través del internet y el arte visual; estas atmósferas de familiaridad perturbadora fascinan al espectador moderno porque suspenden el tiempo, materializan el aislamiento y convierten la nostalgia en una melancolía visual que cuestiona los límites de lo real. Es precisamente en esta suspensión de la certeza donde la obra de Anna Starobinets encuentra su hábitat perfecto, pues la autora rusa despoja a los espacios cotidianos y burocráticos de su supuesta seguridad para convertirlos en auténticos purgatorios liminales, donde sus personajes quedan atrapados en pasillos interminables de hospitales, oficinas impersonales o dinámicas familiares fracturadas, transformando el no-lugar físico en una parálisis existencial donde el horror no proviene de lo desconocido, sino de la imposibilidad de escapar de ese “entre-dos” que, como en un scroll infinito, pareciera no tener final.

Y es en ese mismo tenor como esta experiencia de desolación encuentra eco en la obra de Alberto Chimal, quien en el primer cuento de su más reciente publicación Las máquinas enfermas plantea a la imperfección humana como el último refugio de la libertad en un mundo donde la inteligencia artificial ya ha creado todo el arte y la literatura; donde los seres humanos se reúnen en secreto para aprender a escribir a mano y contar historias, tratando de mantener viva la tradición oral.

De esta manera, ambos autores transitan las periferias de los grandes monopolios del realismo en sus respectivos países. Chimal encuentra el terror que habita en los entornos ordinarios —un departamento, una oficina o una videollamada— e invoca a un pequeño elemento discordante que parecía olvidado pero que, al hacerse presente, rompe la normalidad y expone la fragilidad de la mente. Por su parte, la lectura de Starobinets expone la idea de la falsa seguridad, hallando el horror en la intimidad de las dinámicas familiares, en hospitales y en la burocracia, confirmando que el verdadero peligro habita en los entornos que nos habían enseñado que debían protegernos. Ambos universos comparten atmósferas asfixiantes, tecnófobas, así como imágenes psicológicamente perturbadoras, donde la tecnología se revela como una trampa psicológica y el horror cotidiano echa mano de una sutil paranoia para transformar relaciones desgastadas y llamadas telefónicas en disparadores que logran hacerte cuestionar la inestabilidad de la realidad que dábamos por sentada; todo aderezado de obsesiones destructivas, imposturas y percepciones distorsionadas que desdibujan el sentimiento de familiaridad y autoconocimiento, evocando así evocar al extrañamiento y a la desesperanza.

Por consiguiente, la desarticulación de los monopolios del realismo y el cuestionamiento del entorno tecnológico no son fenómenos aislados en las obras de Chimal o Starobinets, sino un punto de interés colectivo que recorre la literatura especulativa de nuestra región; síntoma que el editor colombiano Rodrigo Bastidas ha identificado al estudiar cómo la ciencia ficción latinoamericana ha dejado de imitar las utopías anglosajonas para hurgar en nuestras propias heridas históricas. Es bajo dichas anotaciones donde cobra un sentido orientador la publicación de El día después del eclipse, una antología de ciencia ficción latinoamericana escrita por mujeres que, bajo la compilación de Gabriela Damián Miravete y las voces de autoras de múltiples países de la región, busca arrebatarle el anonimato histórico a la creación femenina. Las escritoras de este volumen expanden el puente especulativo ya trazado, habitándolo con las atmósferas apremiantes y paranoicas de la era digital, y echando mano de la especulación científica y el horror sutil para resignificar traumas tan nuestros como las dictaduras, el control de los cuerpos, las maternidades impuestas y el despojo territorial; demostrando así que la verdadera resistencia de la identidad híbrida latinoamericana radica en su capacidad para imaginar, colectivamente, el día después de sus propios silencios.

Esta compleja conversación transfronteriza correrá a cargo de Anna Starobinets y de Alberto Chimal, llevándose a cabo el próximo domingo 11 de octubre a las 17:00 horas en el Auditorio de Humanidades Digitales de la Feria Internacional del Libro Monterrey, contando con la moderación de la escritora mexicalense Elma Correa. ¿Estás listo para enfrentar los miedos que aún no sabes que tienes? ¿O preferirás el sutil adormecimiento del scroll infinito?

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