La más reciente película de Alejandro G. Iñárritu acaba de llegar a salas y lo hace con una combinación de elementos que deja ver lo consagrado que se encuentra el director dentro de su carrera como cineasta. Digger es una película ambiciosa y abiertamente satírica, pero también una cinta en la que prácticamente cada elemento de su construcción visual parece estar al servicio de lo que Iñárritu quiere decir.
En esta nueva entrega, Iñárritu trabaja con uno de los rostros actorales más reconocidos de Hollywood: Tom Cruise. Después de Leonardo DiCaprio, Cruise se convierte en uno de los actores más grandes con los que el director ha trabajado y, curiosamente, ambos llegan a esta colaboración después de haber construido buena parte de sus carreras alrededor de personajes mucho más reconocibles.
Desde BARDO, Falsa crónica de unas cuantas verdades (2022), Iñárritu había mostrado interés por reunir una enorme cantidad de temas, críticas, sátiras y paralelismos dentro de una misma película. En aquella ocasión, la acumulación de ideas terminó resultando abrumadora para algunos espectadores, quienes calificaron la cinta de pretenciosa.
Con Digger, sin embargo, el director parece encontrar un ritmo mucho más preciso. La película sigue siendo excesiva, pero ahora ese exceso forma parte de su propio lenguaje. Iñárritu construye una sátira sobre el poder político, empresarial y religioso, y lo hace alrededor de Digger Rockwell, interpretado por Cruise: un hombre multimillonario, anciano y completamente desconectado de la realidad que lo rodea.
Digger —el personaje— vive literalmente dentro de su propio mundo. Su mansión, sus objetos, sus empleados y hasta los espacios que lo rodean parecen formar parte de un escenario que puede desmontarse y transformarse en cualquier momento. Y es justamente ahí donde comienza una de las lecturas más interesantes de la película.
La mansión está llena de trofeos de animales, pieles y animales disecados. No se trata de una decoración puesta al azar. El espacio funciona como una extensión del personaje y como una representación de una clase de empresarios cuyo poder económico les permite convertir prácticamente cualquier cosa en un objeto de consumo.
La cacería, los animales y la naturaleza aparecen convertidos en decoración. El mundo exterior deja de ser algo que Digger habita para convertirse en algo que posee. Iñárritu no presenta esta idea de manera particularmente sutil: la coloca frente a nosotros, dentro de los propios espacios que habita el protagonista.
Aquí el trabajo del diseño de producción resulta fundamental. Dennis Gassner, junto con Richard Johnson, construye unos escenarios que no funcionan únicamente como fondos para los personajes. Los espacios explican quiénes son. La producción trabajó los sets de manera física y artesanal, con una atención particular a los objetos, colores y texturas que forman cada habitación.
La idea también coincide con una de las búsquedas visuales de Iñárritu: que el cuadro pueda leerse prácticamente como una pintura. En lugar de dirigir constantemente nuestra mirada hacia un único punto, los espacios están cargados de información. Cada rincón puede revelar algo sobre el personaje que los habita.
Y si Digger representa el poder empresarial, tampoco está solo. A su alrededor aparecen las representaciones del poder político y religioso, tres esferas que, aunque operan desde lugares distintos, terminan conectadas por una misma necesidad de controlar y decidir sobre el mundo desde una posición privilegiada.
Lo interesante es que la película no presenta estas formas de poder como estructuras perfectamente organizadas. El poder corporativo y el religioso pueden terminar sucumbiendo ante el político, pero este tampoco parece responder a una lógica particularmente racional. Muchas de sus decisiones nacen del capricho, el ego y el impulso.
En ese sentido, Tom Cruise encuentra aquí un personaje bastante alejado del héroe que durante décadas ha construido en Hollywood. Cruise suele interpretar al hombre que corre contra el tiempo para salvar el mundo en el último momento. Digger es prácticamente lo contrario. Y ahí está uno de los mayores aciertos de su interpretación.
Digger no es el típico villano que quiere destruir el mundo. Es, en muchos sentidos, algo más interesante: un hombre capaz de destruirlo sin proponérselo realmente. Su indiferencia hacia los demás, su aislamiento y la forma en que entiende el mundo terminan generando consecuencias que escapan de su control. Todo esto está envuelto en una sátira que por momentos resulta grotesca, absurda y deliberadamente exagerada.
El apartado actoral y la dirección encuentran otro de sus grandes respaldos en la fotografía de Emmanuel “Chivo” Lubezki, colaborador habitual de Iñárritu. Para Digger, ambos vuelven a trabajar con VistaVision, un formato que permite construir una imagen amplia y con gran profundidad dentro del cuadro. La intención no parece ser únicamente conseguir una imagen espectacular, sino permitir que el espectador recorra visualmente los escenarios.
Lubezki toma este mundo frío, desolado y aparentemente sin vida y consigue que los escenarios cambien constantemente frente a nosotros. La iluminación se transforma de acuerdo con el tono de cada momento, mientras que la cámara encuentra planos que pueden ir de lo grotesco a lo monumental. Hay incluso momentos en los que la composición parece acercarse a la pintura y al muralismo, con personajes y escenarios distribuidos dentro del cuadro como si estuviéramos frente a una obra que puede recorrerse visualmente.
Esto también explica por qué los sets tienen tanta importancia. La película fue construida para que el espacio y los personajes dialoguen constantemente. El mundo de Digger no solamente está alrededor de él: es una representación de su manera de entender la realidad.
Digger es, finalmente, una sátira sobre un mundo que conocemos demasiado bien. Un mundo en el que el dinero y el poder permiten construir burbujas completamente alejadas de la realidad del resto de la población.
Iñárritu lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias: un universo donde los ricos y poderosos pueden convertir la naturaleza en decoración, la política en espectáculo y la comodidad en una justificación para continuar destruyéndolo todo.