Andrés Cota Hiriart: escribir a seis manos sobre lo que los animales nos enseñan (ENTREVISTA)

Antes de convertirse en uno de los tres autores de Una conversación animal (Almadía, 2026), Andrés Cota Hiriart dio sus primeros pasos como escritor en un lugar inesperado: Pijama Surf. Fue ahí, y también en Vice, durante la época del boom de los blogs, donde empezó a publicar gracias a su cercanía con quienes entonces dirigían el medio. Volver a conversar con este revista, dice, tiene para él un sabor particular. Y es justo esa mezcla entre memoria personal y reflexión sobre el oficio de escribir lo que atraviesa toda la conversación que sostuvimos con él a propósito de su más reciente libro.

Una conversación animal reúne las voces de Mariana Matija (Colombia), Gabi Martínez (España) y el propio Andrés Cota Hiriart (México), bajo el sello de Almadía y por invitación del editor, Guillermo Quijas-Corzo. Según la síntesis de la editorial, el libro explora "cómo los animales modelan su escritura, su memoria y su ética cotidiana", moviéndose de la observación naturalista al diario ilustrado, de lo doméstico a lo salvaje, para abrir una puerta hacia las conversaciones más urgentes de nuestro tiempo: la relación con la naturaleza, los afectos que nos sostienen y las formas más habitables de estar en el mundo.

Tres voces, seis manos

El proyecto nació, cuenta Cota Hiriart, de una invitación deliberadamente abierta por parte de Quijas-Corzo, quien propuso una entrega de esta colección de conversaciones de Almadía dedicada a la naturaleza y los animales. El propio Andrés propuso a Gabi Martínez y Mariana Matija, pensando en construir una especie de prisma: alguien de España, alguien de Colombia, alguien de México, para ampliar el cerco de lo que el libro podía abarcar. La consigna inicial fue casi minimalista: escribir un primer texto sobre la relación de cada quien con los animales. Y esa apertura, dice, fue intencional: evitar imponer un molde y dejar que cada autor llevara el ejercicio "a aguas de su propio molino".

Lo que siguió fue un intercambio epistolar entre los tres, una especie de correspondencia literaria que Cota Hiriart describe como "esta telaraña". Para él, el reto no era menor: con Gabi y Mariana ya sostenía desde hacía años una conversación pública, presencial, de esas que se retoman cada vez que coinciden en una feria o una presentación, como si fuera una sola charla perpetua. Trasladar esa dinámica al papel resultó ser un ejercicio distinto: leer las primeras entregas de sus compañeras, admite, lo llevó a sentir que tenía que "echarle más caña" a su segunda entrega.

Salir de la lógica del libro de autor único, de la voz solitaria, le parece un privilegio poco común. Lo explica con una metáfora: es como si a alguien que conoce bien un bosque le propusieran recorrerlo de nuevo, pero esta vez por la copa de los árboles. El territorio es el mismo, pero se aprecia de otra manera. Para Cota Hiriart, el resultado de este tipo de ejercicios colectivos suele ser mayor que la suma de sus partes: tres voces, seis manos, dan como resultado un collage que, cree, resulta más estimulante de leer que quedarse con una sola voz. De hecho le gustaría que este tipo de proyecto colaborativo se volviera más común, tanto en el ensayo como en la ficción.

Del monte a las letras

Uno de los hallazgos que el propio proceso le reveló tiene que ver con su lugar de origen dentro del oficio. A diferencia de Gabi Martínez y Mariana Matija, que vienen de una formación literaria y llevan mucho más tiempo pensando en el lenguaje mismo —no solo en lo que cuentan, sino en cómo lo cuentan—, Cota Hiriart dice haber llegado a la escritura casi por accidente, después de "venir del monte". Esa diferencia de origen, reconoce, le genera cierta envidia sana: la claridad con la que sus colegas reflexionan sobre el lenguaje es algo que él apenas empieza a desarrollar, en buena medida gracias a este libro y a otros procesos recientes.

Rescata, en particular, una idea de Mariana Matija: que las palabras son, al mismo tiempo, "jaulas y mapas". Jaulas porque de alguna manera constriñen las posibilidades de lo que se puede decir; mapas porque son, también, la única herramienta que tenemos para explorar dimensiones que de otro modo nos resultarían inhabitables. Nombrar el mundo de cierta manera, dice Cota Hiriart, es imprimirle una forma de relación con él.

Nombrar el mundo también es una postura política

De esa reflexión sobre el lenguaje se desprende uno de los pasajes más contundentes de la conversación. Para Cota Hiriart, llamar "recursos hídricos" a un río, o "recursos naturales" a un bosque, no es un gesto neutral: es convertirlos, desde el nombre mismo, en mercancía. Es preguntarse cómo aprovechar esa energía eléctrica o hacia dónde desviar el desagüe de las fábricas, en lugar de reconocer ahí un ecosistema o un ser vivo. A su juicio, ese tipo de nomenclatura es parte de lo que él llama "este capitalismo volcánico", uno que busca generar ganancia de todos lados, y que empieza, precisamente, en la manera en que nombramos los entornos y a los seres que los habitan. Pensar con cuidado el lenguaje que usamos para hablar de lo vivo, concluye, no es un capricho estético: es parte de cómo decidimos relacionarnos —o no— con el mundo natural.

La libertad que no se permite

Sin embargo, Cota Hiriart también identifica los límites que su propia formación le impone. A diferencia de otros autores de temática natural que no vienen de la ciencia y que se dan una libertad conceptual mayor, él se resiste a ciertas romantizaciones. Pone como ejemplo la polinización: en lugar de describirla como una relación recíproca y armoniosa entre flores y animales, prefiere verla como una forma de manipulación vegetal, ya que las plantas tienen 200 millones de años más de existencia que los animales. La pregunta que le interesa, entonces, no es qué tan bonita es esa relación, sino quién trabaja, en realidad, para quién.

Esa misma resistencia aparece cuando habla de la llamada "narrativa no humana", esa tendencia literaria a interpretar un paisaje como si fuera un texto escrito por la naturaleza misma. A Cota Hiriart, con lo que describe como una mente "un tanto rígida", le cuesta trabajo darse ese permiso: la escritura, razona, tiene apenas cinco mil años de existencia, mientras que el paisaje geológico tiene cuatro mil millones. Suscribir lo que ocurre en la roca y el tiempo profundo a las reglas de la escritura le parece, cuando menos, desproporcionado. Aun así, admite que ese juego —si el objetivo es hacer literatura— abre oportunidades genuinamente interesantes. Es, dice, un ir y venir constante, particularmente presente en la no ficción, donde a diferencia de la ficción —que necesita ser verosímil para sostenerse— no existe esa obligación: la intención, ahí, es simplemente hablar del mundo. En ese tira y afloja permanente entre qué tan literario se puede ser sin perder la esencia de lo que se cuenta, ubica la búsqueda continua de una voz autoral propia.

No ficción entre la divulgación y la literatura

Cota Hiriart reconoce tener cierta intención divulgativa en su escritura —aunque, aclara, detesta esa palabra— porque le interesa comunicar teorías o puntos de vista sobre los seres vivos que a él mismo le resultan excitantes. Pero insiste en que esa no es su única motivación: lo que persigue, en el fondo, es una búsqueda de lenguaje y una búsqueda literaria, porque le interesa tanto la capa intelectual como la emocional de quien lee, además de cierta tensión narrativa que sostenga el interés. Sobre las etiquetas de género —qué es ensayo, qué es crónica— prefiere no pronunciarse demasiado: así como los organismos vivos no siempre encajan en las taxonomías biológicas, cree que las obras literarias tampoco tienen por qué encajar en las clasificaciones del mercado editorial. Si tuviera que fijar una sola condición para el ensayo, la resume así: "No aburrir."

Escribir para descubrir lo que ya se sabía

Una de las certezas que Cota Hiriart repite a lo largo de la charla es que buena parte de lo que cree o afirma sobre el mundo vivo no lo descubre antes de escribir, sino durante el proceso mismo de escritura: es ahí donde conecta lo que investigó alguna vez con lo que acaba de aprender y con lo que observa, hasta llegar a una intuición o teoría propia. Cita, en este sentido, la conocida frase de Augusto Monterroso —"escribo para descubrir lo que sé"— y reconoce: a veces no sabemos lo que sabemos hasta que lo ponemos por escrito, y ahí ocurren esos pequeños momentos de revelación que, después, resulta grato compartir.

Memoria, mirada e imaginación

Al revisar el resultado final del libro, Cota Hiriart nota que su primer texto quedó anclado en la memoria: ahí buscó explicar cómo se cimentó su interés por el mundo animal, casi como un ejercicio autobiográfico. Mariana Matija, en cambio, optó por un acercamiento más contemporáneo, más anclado en el presente inmediato. Esa diferencia, dice, habla de formas distintas de ser y de intereses personales, y es apenas uno de los múltiples hallazgos que le dejó el ejercicio: entiende la escritura, en su caso, como un juego entre memoria, mirada e imaginación, un territorio donde puede macerar distintas dimensiones del conocimiento —el científico, que es su principal llave de acceso al mundo, pero también nociones ancestrales o ajenas a la visión occidental, mezcladas con su propia experiencia y reflexión. Aunque no cree que la existencia tenga, en general, ningún sentido inherente, encuentra en la escritura una manera de dotar de sentido su propio andar, algo que describe como reconfortante.

¿Una conversación con el presente?

Sobre si Una conversación animal se inscribe en las discusiones contemporáneas que cuestionan el antropocentrismo, Cota Hiriart prefiere no cerrar el libro a una sola lectura. Le gusta pensar que, como toda conversación, el proyecto no busca un punto final, sino abrir la mesa: quien lo lea con más referencias previas lo leerá como un comentario de fondo dentro de un debate más amplio; quien no, encontrará ahí una puerta de entrada. Destaca, en particular, el trabajo de Gabi Martínez por fortalecer lo que llama la corriente de la "liternatura" —la literatura de naturaleza—, sacándola del margen para convertirla en una corriente cada vez más central, ampliando así el canon con nuevos autores y autoras. Para Cota Hiriart, mientras más perspectivas sume el pensamiento colectivo sobre estos temas, más probable es que ese pensamiento nos lleve a algún lugar.

El motor debe ser la curiosidad

Para cerrar, Cota Hiriart reflexiona sobre el propósito último de la escritura. No cree que las expresiones artísticas necesiten una finalidad utilitaria, de la misma manera en que la ciencia básica no siempre sabe, en el momento en que ocurre, para qué servirá después. El motor de la literatura, dice, debe ser la creatividad misma, el juego con el lenguaje sin necesidad de que sirva para algo, aunque eso no significa que carezca de peso. Cree que la ficción tiene la capacidad de iluminar la condición humana, ayudándonos a entendernos a través de las vidas de otros. Y ve en este tipo de no ficción —de pensamiento ambiental, de filosofía natural— un intento por ir más allá de las relaciones estrictamente humanas, poniendo a protagonistas no humanos en el centro del relato, o revisitando al ser humano bajo una idea distinta: la de que somos primates, sujetos a los mismos procesos que el resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta.


Una conversación animal de Mariana Matija, Gabi Martínez y Andrés Cota Hiriart editado por Almadía (2026) ya se encuentra en librerías y en la tienda en línea de la editorial.


Ficha del libro

  • Título: Una conversación animal
  • Autores: Mariana Matija, Gabi Martínez y Andrés Cota Hiriart
  • Editorial: Almadía
  • Año: 2026
  • Editor: Guillermo Quijas-Corzo

© 2017 - pijamasurf.com Todos los derechos reservados