Durante buena parte del siglo XX, volar no era solo un medio de transporte: era una promesa de modernidad que había que enseñar al público a desear. Pocas historias ilustran mejor esa construcción cultural que la de Air France, una aerolínea que desde su fundación en 1933 encontró en el cine no un vehículo publicitario cualquiera, sino una forma de convertir el vuelo comercial en mitología popular.
Esa relación no fue accidental desde el inicio. Air France contó en sus primeros años con el asesoramiento artístico de Antoine de Saint-Exupéry, quien antes de escribir El Principito trabajó como piloto de correo aéreo para Aéropostale, la compañía que años después se integraría a Air France. Esa doble condición de aviador y escritor lo convirtió en el puente ideal entre la aerolínea y el cine francés de los años treinta: bajo su influencia, la compañía participó en más de una decena de largometrajes, entre ellos Courrier Sud (1936), adaptación de una novela del propio Saint-Exupéry inspirada en su experiencia como piloto.
Un cameo que nadie pagó: Casablanca y el poder de la imagen involuntaria
Si hay un episodio que resume cuánto se había infiltrado la aviación comercial en el imaginario colectivo para 1942, es la escena final de Casablanca. Cuando Ilsa Lund (Ingrid Bergman) y Victor Laszlo (Paul Henreid) abordan el avión que los llevará a Lisboa, la aeronave porta visiblemente el logotipo del hipocampo alado de Air France. No existió ahí un acuerdo comercial: la escena simplemente reflejaba que, para el público de la época, ese símbolo ya representaba la posibilidad de escapar hacia la libertad a través del cielo. El cine no necesitó publicidad para convertir a la aerolínea en parte del lenguaje visual de una época.
Tras el paréntesis forzado por la guerra, el cine de posguerra retomó esa función casi documental: retratar aeropuertos, cabinas y tripulaciones como escenarios de una modernidad que el público todavía estaba aprendiendo a habitar. Figuras como Jean Marais, Michèle Morgan, Édith Piaf y Brigitte Bardot aparecieron en pantalla rodeadas de esa iconografía aérea, ayudando a normalizar algo que hasta entonces resultaba lejano para la mayoría: la idea de subirse a un avión.
El Concorde como símbolo, antes que como avión
Para cuando llegó la era de los aviones a reacción, el cine ya no solo retrataba la aviación: la usaba como abreviatura visual del progreso tecnológico. Ningún ejemplo lo demuestra mejor que Moonraker (1979), la entrega de James Bond dirigida por Lewis Gilbert, donde el Concorde —desarrollado conjuntamente por Francia y el Reino Unido, y operado comercialmente por Air France hasta su retiro en 2003— aparece no como un simple medio de transporte de la trama, sino como un objeto de fascinación tecnológica en sí mismo. Los aeropuertos, en ese punto, ya se habían consolidado como escenarios narrativos por derecho propio: lugares de tránsito que el cine usaba para hablar de un mundo cada vez más interconectado.
De la pantalla como escenario a la pantalla como servicio
Esa relación con el cine no se limitó a la ficción: Air France también fue pionera en llevar el cine literalmente a bordo. En 1966 ofreció el primer programa de entretenimiento fílmico completo en un vuelo comercial, el llamado "Festival en plein ciel", transformando temporalmente la cabina en una sala de proyección. Con el tiempo, esa apuesta evolucionó hacia sistemas de entretenimiento individual, y hoy se traduce en más de 1,500 horas de contenido disponible en pantallas propias, además de acuerdos con plataformas de streaming que dan a los pasajeros acceso anticipado a estrenos.
Esa trayectoria —de aparecer en el cine a ofrecerlo como servicio— culmina simbólicamente en una alianza que ya lleva 46 años consecutivos: la de Air France como socio oficial del Festival de Cine de Cannes, con un espacio propio junto al Hôtel Martinez que se ha convertido en parte del paisaje habitual del festival.