Hay una pregunta que las recomendaciones de salud pocas veces hacen y no es cuánto ejercicio haces, sino cuánto tiempo pasas sin moverte del todo. Un estudio publicado en PLOS Medicine y retomado por el medio británico The Guardian sugiere que esa pregunta importa más de lo que se pensaba, y que treinta minutos es el umbral a partir del cual el cuerpo empieza a pagar una factura.
Un equipo liderado por el doctor Frederick Ho, de la Universidad de Glasgow, dio seguimiento durante un promedio de doce años a más de 91 mil participantes del Biobanco del Reino Unido, todos con dispositivos portátiles que registraron sus patrones reales de movimiento e inactividad.
El hallazgo central fue que pasar más de 30 minutos seguidos sentado o acostado mientras se está despierto se asocia con un mayor riesgo de muerte por cáncer, y ese riesgo crece con cada hora adicional de inactividad ininterrumpida. Según el estudio, cada hora extra de sedentarismo prolongado representa un aumento del 10% en ese riesgo.
Los investigadores encontraron que interrumpir esos bloques largos de inactividad con movimiento, incluso ligero, reduce el riesgo de manera medible. Sustituir una hora diaria de sedentarismo por actividades como planchar o lavar los platos se relacionó con un riesgo 12% menor. Cambiar apenas 30 minutos de inactividad por una caminata a paso normal bajó el riesgo un 8%, y sustituir cinco minutos de quietud por cinco minutos de actividad vigorosa lo redujo hasta en 22%.
"Nuestros datos demuestran que permanecer sentado durante más de 30 minutos seguidos está particularmente relacionado con un mayor riesgo de cáncer. La buena noticia es que interrumpir el tiempo que pasamos sentados con algo tan sencillo como un breve paseo podría ser beneficioso".
El estudio también apunta a un punto ciego en las guías de salud pública actuales, enfocadas casi siempre en acumular cierta cantidad de ejercicio moderado o intenso a la semana, sin prestar atención a cómo se distribuye el tiempo sedentario del resto del día.
Una persona puede cumplir con esa cuota de ejercicio y aun así pasar horas seguidas sin interrupción frente a una pantalla, y esa continuidad, según esta investigación, tiene un costo propio, independiente del ejercicio que haga en otro momento.
Como toda investigación observacional, el estudio tiene límites que sus propios autores reconocen, pues el diseño no permite establecer causalidad, solo asociación. Kevin McConway, profesor emérito de estadística aplicada en la Open University y ajeno a la investigación, consideró los resultados interesantes pero señaló que se necesita profundizar antes de convertirlos en recomendaciones definitivas.
Aun con esa cautela, el mensaje práctico del estudio es simple: la próxima alarma que vale la pena poner no es la que recuerda hacer ejercicio, sino la que interrumpe la quietud cada media hora.