Por qué el nacionalismo vuelve cuando juega la Selección Mexicana

Cada cuatro años, el fútbol introduce una especie de suspensión emocional en la vida pública mexicana. Algo se acomoda distinto en el aire. Personas que durante el resto del tiempo mantienen una relación distante con el país, que lo cuestionan, que lo observan desde la crítica o desde la distancia geográfica, terminan compartiendo una misma escena afectiva: un partido de la Selección, un gol celebrado como si se tratara de algo propio, un himno que reaparece en la memoria sin pedir permiso.

No hay ahí una contradicción simple ni un cambio repentino de postura. Lo que aparece es una activación. Algo que estaba en segundo plano y que de pronto toma el centro.

La identidad mexicana ha sido pensada más como un proceso que como una forma fija. Para Octavio Paz, esa identidad se construye desde una interioridad tensa, marcada por una historia que no termina de resolverse y que deja una sensación de distancia con uno mismo. Roger Bartra, lo mexicano no es una esencia, sino una narrativa cultural sostenida en el tiempo, una especie de estructura simbólica que organiza lo que se entiende como pertenencia. Por su lado Samuel Ramos, aparece una dimensión psicológica donde la identidad se forma desde la comparación constante, desde una autopercepción que nunca termina de estabilizarse.

Lo que conecta estas lecturas no es la definición de México, sino su inestabilidad. Una identidad que no se sostiene de manera uniforme, sino que cambia de intensidad según el contexto en el que se active. Y es justamente ahí donde el fútbol entra como un dispositivo cultural que reorganiza esa sensibilidad.

Michael Billig plantea que la nación no necesita aparecer solo en los grandes momentos históricos, sino que se sostiene en la repetición cotidiana de símbolos que parecen mínimos: una bandera que está ahí sin ser mirada, un “nosotros” que se dice sin explicarlo, una idea de país que circula de forma casi imperceptible en el lenguaje diario. Ese nacionalismo, que permanece en estado de baja intensidad, no desaparece. Se acumula.

El Mundial modifica esa escala. Lo que era discreto se vuelve visible, lo que era rutina se vuelve emoción compartida. La identidad nacional deja de ser un trasfondo y se convierte en experiencia.

Desde la psicología social, Henri Tajfel y John Turner muestran que la pertenencia no es una estructura rígida, sino una activación contextual. Las personas no operan desde una sola identidad permanente, sino desde múltiples marcos que se encienden según la situación. Basta una clasificación mínima para que aparezca un “nosotros” frente a un “otro”. En un partido de México, esa división se vuelve inmediata, casi automática, y reorganiza la forma en que se experimenta lo colectivo.

Por eso alguien puede sentirse distante del país en su vida cotidiana y, aun así, vivir un gol como algo propio. No porque haya una incoherencia, sino porque la pertenencia no desaparece, cambia de lugar.

Robert Cialdini lo observa desde un mecanismo distinto: la tendencia a apropiarse del éxito de un grupo con el que se comparte alguna forma de identificación. El triunfo deportivo no se queda en los jugadores. Se distribuye emocionalmente entre quienes reconocen, aunque sea de forma parcial, esa pertenencia.

Pero lo que vuelve este fenómeno masivo no es solo lo individual, sino lo colectivo. Émile Durkheim lo llamó efervescencia colectiva: momentos en los que la emoción compartida produce una forma de unidad que excede a los individuos. En el Mundial, esa unidad no es abstracta. Se vuelve cuerpo. Se escucha en el mismo grito repetido en distintos lugares al mismo tiempo, en la misma reacción ante una jugada, en la sincronía de una emoción que no necesita explicación para existir.

En ese punto, el fútbol deja de funcionar únicamente como espectáculo y se convierte en un ritual laico, donde la pertenencia se siente más que se piensa.

Benedict Anderson ayuda a entender por qué ese efecto tiene tanta fuerza. La nación, como comunidad imaginada, existe porque sus miembros construyen una imagen compartida de pertenencia entre personas que nunca se conocerán entre sí. El fútbol condensa esa abstracción en una figura concreta: un equipo, once jugadores, un nombre que representa algo mucho más amplio que el resultado de un partido.

Ahí ocurre un desplazamiento importante. Lo nacional deja de ser una idea distante y se vuelve una experiencia compartida en tiempo real. Incluso para quienes viven fuera del país o han construido una relación crítica con él, ese momento no exige coherencia ideológica. Solo exige participación emocional.

Por eso el Mundial no redefine la identidad mexicana. La reorganiza temporalmente. Durante noventa minutos, lo que estaba disperso se alinea. Lo que estaba en pausa se activa. Lo que parecía lejano se vuelve presente.

Y en ese breve intervalo, el grito colectivo no solo responde a un gol. También muestra algo más silencioso: la forma en que la pertenencia, incluso cuando se cuestiona o se aleja, sigue encontrando maneras de reaparecer cuando el contexto la convoca.


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Imagen de portada: Prensa Ibero

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