Plantar millones de abetos cambió el equilibrio de los Alpes italianos

A primera vista, algunas laderas de los Alpes italianos parecen bosques completos, densos, estables, como si el paisaje hubiera recuperado su equilibrio natural con el paso del tiempo. Árboles altos, cobertura continua, una sensación de orden verde que transmite la idea de un ecosistema sano. Sin embargo, lo que ocurre debajo de esa superficie cuenta una historia distinta.

Una reforestación con lógica de control

Durante la década de 1930, el norte de Italia vivió una de las campañas de reforestación más extensas de su historia. El objetivo era claro en términos prácticos, estabilizar montañas, reducir la erosión del suelo y proteger las laderas de desprendimientos. También había una dimensión económica y política, ligada al aprovechamiento de la madera y a una visión de control del territorio. Para ello se plantaron millones de abetos rojos, una especie de crecimiento rápido que podía formar masas forestales homogéneas en poco tiempo.

Con los años, esos bosques fueron vistos como una solución exitosa. Cubrieron amplias zonas de montaña y dieron la impresión de haber restaurado la naturaleza. Pero casi un siglo después, una investigación publicada en la revista Ecosystems revisó esos paisajes con otra pregunta en mente, qué pasó con la vida que existía antes de los árboles.

Lo que hay debajo del verde

El estudio comparó plantaciones de abeto con bosques nativos y praderas cercanas en zonas como Monte Bisbino y Alpe del Vicerè, cerca del Lago de Como. Lo que encontraron fue una diferencia profunda en la biodiversidad, especialmente en las plantas. En las plantaciones dominadas por abetos se registró una mediana de apenas siete especies vegetales por parcela. En los bosques caducifolios cercanos la cifra subía a 18,5 y en las praderas alcanzaba 37.

No se trata solo de números. La composición del ecosistema también cambió. Las especies presentes bajo los abetos no formaban una comunidad nueva adaptada a ese tipo de bosque, sino una versión reducida de la vegetación que sobrevivía en los entornos cercanos. En lugar de diversidad reorganizada, lo que apareció fue una simplificación del paisaje biológico.

Sombra constante, vida limitada

Una de las razones está en la forma en que crece el abeto rojo. Al ser una especie perenne, mantiene su follaje todo el año y genera una sombra constante que reduce la luz que llega al suelo. En ecosistemas de hoja caduca, muchas plantas aprovechan la primavera para crecer antes de que el dosel de los árboles cierre la luz. Bajo los abetos, esa ventana desaparece. El suelo queda en sombra durante largos periodos y muchas especies no logran desarrollarse.

Un suelo que cambia lentamente

El cambio no se detiene en la superficie. Las agujas que caen de estos árboles se acumulan durante décadas y alteran el suelo de manera gradual. La investigación encontró suelos más ácidos y con mayor cantidad de carbono orgánico, aunque esto no implica mayor fertilidad. En realidad, la descomposición es más lenta, los nutrientes circulan con menor rapidez y el sistema pierde eficiencia para reciclar la materia orgánica.

Este proceso afecta la estructura del ecosistema. Los científicos observaron una reducción de alrededor del 30 por ciento en la uniformidad funcional, un indicador que mide cómo se distribuyen los roles ecológicos entre las especies. Cuando ese equilibrio se rompe, el ecosistema pierde capacidad de respuesta frente a cambios como sequías, plagas o variaciones climáticas.

Un ecosistema que no termina de recuperarse

Aun así, no todo el sistema responde de la misma manera. Los artrópodos del suelo, por ejemplo, no mostraron diferencias claras entre los distintos tipos de vegetación. Su movilidad y capacidad de recolonización parecen haber suavizado el impacto visible en otros niveles del ecosistema. Pero esto no significa que el sistema esté intacto, solo que el daño no se distribuye de forma uniforme.

La lección de los Alpes italianos

El hallazgo central del estudio no apunta a rechazar la reforestación, sino a cuestionar su forma. Plantar árboles no es lo mismo que reconstruir un ecosistema. Un monocultivo puede cubrir el suelo y producir madera o capturar carbono, pero no necesariamente recupera la complejidad biológica de los paisajes que reemplaza.

Noventa años después, la lección que dejan estos bosques es incómoda. Un paisaje puede verse verde y completo desde lejos, mientras en su interior la diversidad sigue ausente. La naturaleza no se mide solo en cobertura forestal, sino en la red de relaciones que sostienen la vida bajo los árboles.


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Imagen de portada: RTVE

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