El regreso de The Strokes empieza a tomar forma, pero lo hace a su manera: sin anuncios grandilocuentes, sin fechas claras, apenas dejando señales que parecen pensadas para quien quiera seguirlas.
Han pasado ya varios años desde The New Abnormal, el disco con el que la banda no solo reafirmó su lugar en el rock contemporáneo, sino que también conectó con una nueva generación de oyentes. Desde entonces, cada integrante ha explorado caminos propios, proyectos paralelos, colaboraciones. El grupo, como tal, se mantuvo en pausa, al menos en apariencia. Ahora, algo empieza a moverse:
A finales de marzo, la banda liderada por Julian Casablancas publicó una historia en Instagram que parecía un simple guiño visual: un gráfico con estética noventera, casi como salido de una computadora antigua. Pero el enlace llevaba a otro lugar. Una página con ilustraciones retro, donde cuatro caballos arrastran un casete a través del desierto. Un registro abierto. Una promesa implícita.
Quienes dejaron su número recibieron un mensaje directo: la banda “se pondrá en contacto” con novedades pronto. No hay detalles, no hay adelantos concretos. Solo una idea flotando que se replica entre fans y foros: algo nuevo está en camino.
El gesto no aparece en el vacío. Desde 2022, el productor Rick Rubin ya había confirmado que trabajaba con la banda en material inédito, tras una serie de sesiones en Costa Rica. En ese momento, habló de un proceso creativo intenso, cotidiano, casi absorbente. La banda, sin embargo, pidió paciencia. Dijeron que no había que esperar resultados inmediatos. Ese “uno o dos años” ya quedó atrás.
En paralelo, el calendario también empieza a llenarse. The Strokes tiene programados conciertos en San Francisco y su nombre aparece en festivales clave como Coachella 2026, además de otras fechas en Estados Unidos y Japón. El regreso al escenario suele ser una señal clara: cuando una banda vuelve a tocar, algo más se está gestando.
Lo interesante aquí es la forma. No se trata de una campaña tradicional, sino de una construcción lenta, casi íntima, que apela a la curiosidad más que a la expectativa masiva. Un mensaje de texto. Un sitio enigmático. Un símbolo que no explica, pero sugiere.
Para una banda que definió el sonido de los 2000, el silencio también se vuelve parte del lenguaje; y en ese espacio, entre lo que se dice y lo que apenas se insinúa, empieza a tomar forma una pregunta que ya no parece tan lejana: si todo esto es el preámbulo, entonces el siguiente movimiento podría ser un nuevo disco.